lunes, 28 de octubre de 2013

Vísperas.



La noche llegó, pronto
Amanecerá.

Nada presagia un cambio:
Los mismos sueños
los mismos deseos
ahora más cerca.
Aunque los sintamos
más lejos.

El cambio puede ser
un dígito
ser dos en vez de
uno, o quizá tres
o una docena.

Un hasta luego,
un hasta pronto.
Un nuevo horizonte,
un renovado recuerdo.

Todo esto todavía
no llegó.
Esperamos con
Miedo
Esperanza
Alegría
Ilusión.

Sabiendo que ya
no seremos los mismos.
Sabiendo que es otro
paso en el camino.

Ahora amanece.

Ahora llego el momento.


Fuente Imagen: Propia bajo la misma licencia del Blog. 

Caminos de Santiago: Los espías, callado, en la sombra.



Los espías. O los miras. Callado, invisible, en la sombra.  Son los peregrinos más jóvenes, los que lo aguantan todo. Muchos aún estudian. La mayoría vive en casa de sus padres. Para casi todos, es una aventura.

Los miras. Ves cómo se miran entre ellos, cada quien con su compañero, apurando los días tan breves del verano. No van muy matados. Son jóvenes, rebosan vida, fuerza. Se esconden a veces en veredas y vuelven con la cara colorada, la ropa llena de churretes y una sonrisa como un rompehielos. Vuelven con los ojos destellando, las bocas húmedas, las manos entrelazadas, latiéndoles la sangre en las mejillas. Sudorosos. Inmortales.  


Los miras sin envidia. Tú has gastado ya más de la mitad de la vida: envidiar sería vano. Sólo los miras, hasta les dedicas una sonrisa partida. Oblicua, sí. Tan oblicua como quien sabe que cada vez le quedan menos movimientos que hacer sobre el tablero de ajedrez. Pero no eres cruel, sonríes: pasadlo bien, que el sol os de en los ojos, que echéis un rato en una era. Pasadlo bien, mientras yo finjo que no os miro.


Imagen: Wikipedia.

sábado, 26 de octubre de 2013

No hacen falta celosías.



Se subía en una banqueta y miraba por el balcón que daba a la calle, a la plaza donde otros niños jugaban. Los miraba durante largas horas hasta que en ocasiones llegaba la noche.

A veces la despertaban muy de mañana. La vestían de domingo, y la puerta que significaba libertad se abría. Todavía no había amanecido y acompañada de mamá subían a un coche que los llevaba a la estación para irse a visitar a los abuelos al campo.

Anhelaba aquellos días en los que aunque fuera bajo la atenta mirada de las señoras del caserío podía andar a sus anchas y ser lo que era, una niña.

Después todo aquello quedaba como un sueño y los años pasaban, sus hermanas y hermanos fueron creciendo, iban al colegio y salían de allí a diario mientras  ella se escondía entre el reloj del salón y los sillones de la biblioteca.

Entre semana venía un profesor que le enseñaba a leer y a escribir, y cuando aprendió comenzó a leer sobre todo lo que había fuera de aquellas paredes. Preguntó una y mil veces el motivo por el que tenía que estar en casa y no podía salir. Las razones eran siempre las mismas: era muy pequeña, estaba enferma, se cansaría…

La mirada inquisidora de papá, como si lo molestara con una pequeñez y la mirada de tristeza que tenía su madre cada vez que la observaba. Eso veía cada día.

Prefería el balcón y ver la gente pasar, se conocía los nombres de todos gracias a María la cocinera, con la que pasaba largas horas en la cocina. Con el tiempo perdió la vergüenza y comenzó a hablar con todo el mundo que pasaba por la plaza. Sus padres estaban demasiado ocupados: en su trabajo en el ayuntamiento él, y ella en sus obras de caridad de la parroquia.

Consiguió que la dejaran salir a los mandados con María prometiendo portarse bien y no molestar a nadie, y así pudo descubrir qué había más allá del tic tac del reloj y el sonido del rasgar de la pluma de papá sobre el  papel.

Nunca supo qué fue mejor, si el remedio o la enfermedad. Nunca entendió muy bien lo que ocurrió en realidad, tan solo que después de un año saliendo con María una mañana un joven muy simpático al que ya había visto varias veces le entregó un papel para que se lo diera. Ella, cumplidora, se lo dio y un par de días después la cocinera se marchó para no volver.

La siguiente cocinera no era tan simpática y aunque siguió mirando por la ventana del balcón de la cocina, aquella antipática señora no permitía que la acompañara a los mandados. Las otras chicas de la casa eran muy secas y además tan solo estaban durante el día en la casa. Volvió a sentirse sola.

Sus hermanos se fueron marchando, algunos a estudiar otros a trabajar y los cabellos de sus padres  encanecieron. A veces bajaba sola a la plaza cuando María la llamaba para que viera a sus hijos pequeños.

Comenzó a ir a misa los domingos con sus padres y eso al principio fue una novedad. Su madre en ocasiones la llevaba a la parroquia, donde estaba con otras señoras que hablaban sobre cosas aburridas. A ratos algunas se acercaban a ella mirándola con pena y hablándole como mamá les hablaba a sus perros.

Se aburría tanto que acabó por conseguir que no la llevara, tan solo había obligación de la misa dominical. Prefería quedarse en casa, mirando y leyendo despacio los libros de la biblioteca.

El tiempo pasó y primero se fue papa, como hacía tiempo se habían ido al cielo los abuelos. Mamá se vistió de negro y se encerró más en sí misma, la casa se volvió más sombría y lúgubre. Sus hermanos a veces venían a visitarlas con sus sobrinos, con los que a ella le gustaba jugar.

Algunos días recibían visitas de amigas de su madre, y se ponían los manteles buenos y se vestían de bonito como decía ella. Volvía a aburrirse: hablaban de dolores, de gente muerta y de lo triste que era todo.

Una mañana de enero mamá se durmió para siempre acompañada de sus perros, y entonces su vida cambió de nuevo.

Ahora en la casa entraba el sol, las ventanas permanecían abiertas y había flores en macetas en el balcón. María venía a visitarla todos los días y le hacía compañía, salían a la plaza, daban largos paseos y cuando miraba al balcón de su casa la niña que se asomaba por él ya no estaba triste: le sonreía.

Fuente imagen: nuestra, bajo la misma licencia del blog. 












viernes, 25 de octubre de 2013

La cacería de Helle.



Las apariciones de fantasmas o espectros de los muertos son muy frecuentes en la narrativa de la Edad Media. Se relacionan con la creencia en el purgatorio como un lugar de expiación, en el cual se ha de pasar un tiempo más o menos largo antes de poder entrar en el Paraíso. Sin embargo, muy raras veces las apariciones medievales pretenden asustar, atormentar o causar daño a quienes visitan. Lo normal es que se trate de familiares o amigos cercanos a los que se les pide un favor. Rezar por ellos, hacer decir misas, cumplir algo que el difunto prometió hacer y no pudo. Es decir, acciones que acortan la estancia en el purgatorio y permiten al muerto acceder al Cielo.

Orderic Vitalis, monje del siglo XII del que ya hablamos en otra entrada a propósito de su crónica sobre el naufragio de la Nave Blanca, dejó un relato muy diferente. En el Libro VIII de su ‘Historia Eclesiástica’ nos cuenta lo que le sucedió a un párroco de Lisieux en una fecha muy concreta, el 1 de enero de 1091.

El párroco se llamaba Walchelin, y según Orderic era ‘joven, fornido, valeroso y muy activo.’ La noche del primero de enero regresaba a la casa parroquial después de haber visitado a un enfermo que vivía en el otro extremo del territorio de su iglesia. Volvía tal como había ido, a pie, por el lateral del camino, muy lejos de cualquier granja o aldea. Entonces oyó lo que le pareció el estruendo de un gran ejército acercándose en su dirección.

Creyó sin dudar que se trataba de parte de las tropas que combatían en el marco de las guerras entre la emperatriz Matilde y su oponente Esteban I, de modo que decidió meterse en la espesura y esconderse entre los árboles hasta que pasaran. Orderic Vitalis cuenta lo que sucedió entonces:

“Un hombre de enorme estatura que llevaba una pesada maza se interpuso entre el sacerdote que huía y el bosque. Blandiéndola sobre su cabeza, gritó: ‘¡Quieto! ¡No des un paso más!’. El párroco obedeció, y el hombre de la maza se colocó a su lado sin hacerle ningún daño, aguardando a que pasaran las tropas.

Ambos estaban quietos al borde del camino. El sacerdote Walchelin vio pasar primero a un sinnúmero de campesinos cargando al cuello todas sus pertenencias, y pensó que huían de las aldeas. Tras ellos iban mujeres cabalgando, pero sus sillas tenían hierros al rojo que les causaban gran dolor y quemaduras. Detrás venía una multitud de sacerdotes, monjes, abades y obispos todos vestidos de negro y encapuchados, aullando y lamentándose. Finalmente Walchelin vio un inmenso ejército sobre grandes caballos, envuelto en oscuridad y fuego. Totalmente armados, los jinetes cabalgaban a la batalla portando estandartes negros.

Lo que asustó a Walchelin fue que conocía a muchos de aquellos que estaba viendo, sobre todo a parroquianos suyos y sacerdotes que habían fallecido en los últimos años. Eran personas que él mismo consideraba buenos cristianos, algunos incluso con fama de santos. Y ahora los veía allí, cabalgando y atormentados.

Comprendió que lo que pasaba ante él era la Cacería de Helle, el Ejército de los Muertos. El párroco conocía el viejo cuento que siempre le había parecido superstición. Nadie iba a creerle si lo contaba. Decidió entonces que debía hacerse con una prueba, y esperó hasta que pasó un caballo sin jinete. Montó de un salto. Sintió un calor como fuego bajo sus pies, mientras la mano que sostenía las riendas se le helaba. Cuatro de los caballeros muertos lo rodearon, recriminándole que intentara robarles y ordenándole que cabalgara con ellos, porque nadie le haría daño.”

En ese momento, Walchelin se encomienda a la Virgen, y otro caballero sale en su auxilio amenazando a los cuatro que tratan de llevárselo. Le cuenta que es su hermano Robert, que dentro de un año terminará la maldición que pesa sobre él a causa de sus muchos pecados, y también le ruega que rece y oficie misas por su alma. Robert debe seguir inexorablemente al ejército. La conversación es breve.

Otros autores del siglo XII además de Orderic Vitalis escribieron sobre el mismo tema, sin decir nunca tanto. Mencionan que la leyenda, o la superstición, o ‘lo que tantos creen’ se da en un área geográfica muy amplia. Lo que en Francia es la Cacería de Hellequin es en España ‘el Ejército Viejo’, con numerosas variantes. ‘Hueste Antigua’ se le llama en el poema de Fernán González. ‘Estantigua’, ‘Huéspeda’, ‘Güestia’, ‘Estadea’, ‘Hoste’ o ‘Santa Compaña’ son sinónimos, como las leyendas catalanas del cazador maldito, el conde Arnau, o el Eiztari-Beltza, el Cazador Negro vasco.

El mito se cristianiza, olvidando así a Helle: la gran diosa antigua en su aspecto funerario que reina lejos en el norte, en los pantanos del país de la niebla, rodeada de sus perros, lobos y serpientes. Y tras ella cabalga en los cielos otoñales el ejército de los muertos.



Bibliografía.

The Ecclesiastical History of Orderic  Vitalis, Vol.4 , edited and translated by Marjorie Chibnall (Oxford, 1973)

The Written World: Past and Place in the Work of Orderic Vitalis, by Amanda Jane Hingst (Notre Dame, 2009)

Ghosts in the Middle Ages: The Living and the Dead in Medieval Society, by Jean-Claude Schmitt (Chicago, 1998)

La Edad Media, Vol.2: El final del pensamiento salvaje, por Robert Fossier (Ed.), capítulo de Jean-Pierre Poly (Barcelona, 1988)


Imágenes: Wikipedia.

martes, 22 de octubre de 2013

Despedidas.



Algunas son en silencio,
otras son calladas.
Las hay de segundos,
las hay eternas.

Andenes de estación
que se quedan vacíos
casas que se quedan
en penumbra, sueños
que se comparten
con más energía.

Un hasta luego
un hasta pronto
nunca se desea
un adiós.

Despedidas que esperan
reencuentros y bienvenidas. 


Fuente Imagen Wikipedia, articulo gota de lluvia, user Urcomunicacion.

viernes, 18 de octubre de 2013

Mochila azul, mochila verde: Alguna vez hay que dejarlo.




 Todo lo que tememos es muchísimo peor que la realidad. Alguna vez hay que dejarlo. En aquel entonces yo padecía  una sinusitis de troll –lo de troll, por los mocos y demás- y me pareció buena idea acudir a la sauna una vez en semana, por lo de los vapores y el alivio, mientras me tocaba pasar por quirófano. Buena idea. Para las narices.

Claro que en la sauna había personas. Normal. Y era la caldera de Pedro Botero, y la ducha helada, y se salía bien de allí, todo rosa y respirando. Ya. Hubo un intervalo, el clínico ya citado, y llegó el otoño temprano y yo le seguía dando vueltas.

Entonces decidí que antes de que el breve otoño me diera una excusa convirtiéndose en invierno me piraba una semana a un camping nudista. Me había sentido incómodo en la sauna un día tras otro, entre doñas y doños en bolas. Y nadie me había mirado ‘especialmente’. Era yo, que tenía el cuerpo como un mapa de cicatrices y me daba vergüenza. Pues si era yo, arreglo tenía.

Te haces esas preguntas que respondes tú mismo. ¿Es buena idea? Un poco de relax siempre lo es. ¿No necesitarías ayuda profesional? Claro, la mía propia. ¿Alguna de tales hazañas ha acabado mal? Alguna. ¿Alguna ha acabado como el culo? No. Ninguna.

Hice la mochila azul y me planté allí tras informarme de las normas de convivencia. Pedí prestado un bolsopaja. Yo fumo, hay que guardar el tabaco y el mechero. Y además el sol me mata, para meter el bote de pantalla total. Y todavía moqueaba, los moqueros. Y la toalla sobre la cual has de sentarte en los lugares públicos del camping nudista. Vale, fue la primera vez que entendí en primera persona para qué sirve un bolso enorme, de paja. Y me lo aprendí como la tabla del nueve.

Con un sombrero de paja, el bolso de paja más grande que el del teletubbie morado, la mochila y los aperos llegué. Y con una cara de novicio pardillo de las que se notan y mucho, así que mejor que se notara. Había elegido lo que menos me gusta y lo que pensé más instructivo. Bungalow compartido de literas. Al menos habría otras y otros –seis por bungalow- despelotados, y lo mismo contaban cosas interesantes. De todos modos, una vez que se ha cruzado un puente ya no hay más, y eso relaja.

Un camping y playa nudista estaba a una distancia… ¿’prudencial’? del pueblo. Pero la gente tenía auto, y así nos movimos un poco por el entorno. Vistiéndonos antes, claro. En realidad eso de ir a ver lugares o a tomar una cerveza en este pueblo o aquel me daba lo mismo.

 Mi problema era otro. Duró unas cuarenta y ocho horas, y tampoco puedo decir que se tratara de un reto, de una batalla, de una victoria o de un mérito personal. No. En 48 horas me había olvidado. Veía a las personas y veía sus cuerpos sin pensar en nada salvo en aquello que decían en cada momento. Como haber borrado la Tv, las opiniones, las tendencias, el tiempo mismo. Todo el mundo tenía una historia, en bolas o vestido. Yo tenía un mapa de cicatrices. Y ya no había ninguna diferencia. Alguna vez hay que dejarlo. En serio. Las obsesiones irracionales que tenemos, que cada cual tiene la suya.



Imagen propia, bajo la misma licencia que el blog.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Arcos que llevan a ninguna parte.


Nadie llama ya
 a aquellas puertas
de negro metal,
de esperanzas  muertas.
Solo son armazones
de historias olvidadas
tapadas por tierra;
 guardadas entre rejas,
como hace décadas.
Arcos que llevan a ninguna parte
de romances y condenas
de presidios que sólo son
Naturaleza muerta.









Imagen de la wikipedia Autor: Lionni. 
Bajo la misma licencia que la wikipedia.

https://commons.wikimedia.org/wiki/File:C%C3%A1rcel_de_cabeza_de_partido.jpg?uselang=es


martes, 15 de octubre de 2013

Balanza.





Todavía podía oler los pábilos de los velones recién apagados, el humo, la cera de abeja y el calor que los cuerpos habían dejado en el coro. De columna en columna, de sombra en sombra, llegó hasta el muro y desapareció dentro de él, cruzando una puerta estrecha camuflada tras un estandarte que alguien dejara como exvoto muchos años atrás.

No necesitaba luz. Sacudió las ropas de burgués acaudalado que ahora vestía y puso, como siempre, la mano en el muro. Fuera haría frío. Era jueves.

Lo esperaban en una barca, cuatro remeros y dos hombres discretos bien armados. Lo que cabría esperar de un burgués que navega de noche por el Sena atento a sus asuntos.

Ahora oía sus tripas protestar de hambre. Llevaba una peluca italiana con un mechón de canas elegante bajo el sombrero. Había dado cabezadas en el coro mientras rezaba completas con el resto del cabildo,  y no estaba muy seguro de si su sueño fue agradable o descorazonador. Era joven soñando. Estaba en un campo de centeno antes de la cosecha, antes de saber quién era su padre, mucho antes de ser tonsurado y llevado a París. De aquello hacía más de treinta años. Estaba con la hija del molinero, haciendo planes de futuro. Ambos estrenándose como hombre y mujer. Acababa de morir el rey Felipe, el tercero, el hijo de Luís el Santo. El viento de octubre ondulaba el centeno, y las palomas se iban ya buscando calor. El molinero había levantado dos molinos a cambio de cuidarlo desde niño y hacer que fuera cada día a casa del cura, a aprender las letras y los números. No miraba mal su interés por su única hija. Hacía sus cuentas, y había sido un tutor simple, pero honrado.

Su única hija y él araron con sus cuerpos el campo que en breve molería el molinero. No recordaba frío, ni nubes, ni lluvia. Sólo las palomas yéndose. Eso había soñado.

Hacía frío. La barca le recordó a la de Caronte, hundida en niebla blanca mientras se acercaban al desembarcadero de la marisma. Detrás, enormes y afiladas, se levantaban hasta clavarse en la noche las torres del Temple y su muralla. Y fuera de ellas, hasta rozar el pantano y el río, hervía de luces mortecinas un barrio que era como un puerto franco. Nunca dormía. De día, un inmenso mercado. De noche, un mercado inmenso.

Bajó con sus dos hombres. Cada uno llevaba un hachón en una mano, y la otra disimulada agarrando la porra y el látigo de nervios de toro. Era jueves, así que no había que preguntar nada. Al final de una calle cuesta arriba estaba el mesón de la Magdalena. Dejaron salir a un par de clientes, y vieron echar a otro en mitad de la calle, al albañal bien encauzado. Se levantó blasfemando, sin dejar un santo al que no nombrara. Apaleado.

El blasfemo ya subía la calle. Los ojos entrenados para no tener nunca reposo vieron un cilindro de cuero en el desaguadero de piedra. Los de sus hombres habían seguido los suyos, y se lo entregaron tras sacudirlo un poco. Dio a cada uno una moneda, el mejor remedio para aguzar la vista. Uno se quedó delante de la puerta, el otro torció el callejón para hacer guardia en la trasera. Y él, ocultando el cilindro, entró sin hacerse notar pero con la seguridad que da años de clientela.


Marina repasó con la mirada la mejor sala privada de su casa. Mantel blanco, dos velones de bronce, los cristales emplomados de la ventana claros de tanto frotarlos. Olor a limpio, baldosa roja cubierta de plantas olorosas recién pisadas. El aguamanil con su toalla y un cojín mullido sobre el centro del banco. Y la clepsidra. Marina no tenía apellido conocido, aunque sí muchos nombres. Con respeto y en voz alta le llamaban doña, o el ama, o la patrona. Bajando el tono algunos hombres y todas las mujeres decían La Madre. En susurros, ciertos clientes ya canosos, Marina la Paloma, o la rubia de Tortosa. Una vez un hombre de bolsa llena, de aquellos que tienen la lengua más larga que el entendimiento, llamó a voces a Marina la hereje de Magalona, la nieta de María la judía y la puta más grande de toda Francia. De aquello hacía años. Acabó el escándalo como solía, con dos buenos mozos de la casa cobrando lo bebido al deslenguado, ni moneda más ni menos, y luego arreándolo a palos hasta el albañal de la calle. Pasó un mes, y una noche como otra cualquiera la ronda del barrio lo encontró en el mismo desaguadero, muy lindamente muerto y tan bien hecho el trabajo que dio para hablar meses. Vinieron los justicias, enseñó Marina su contrato y sus cuentas, y concluyeron que el bocazas debía haber ofendido mucho a algún físico o médico de respeto, porque la tarea estaba hecha no a puñaladas ni con prisa, sino de manera tan cumplida que fue en carreta el muerto al cementerio tan lindo como si fuera un obispo. Y ya no se habló más. Ni en voz alta, ni a media voz ni en susurros.




Había sido jueves de mercado. La posada estaba llena. Marina saludó al canónigo. La misma Marina de siempre, con su vestido y sus tocas blancas de viuda, tan sólida como la gran casa de buena piedra y mejores vigas de la cual era señora. Sin duda. Ella no servía a nadie. Supervisaba a sus pupilas con palabras concisas. Amables sin familiaridades. Marina sugería la cena sin demostrar preferencia, segura de que todo sería impecable. Siempre lo era. El canónigo se lavó las manos, tomó asiento e hizo algo poco frecuente. Preguntó a doña Marina si había cenado, rogándole que lo acompañara si le parecía.

Marina no modificó el gesto. Tardaría un poco, advirtió. El hombre no tenía prisa, solía beber una copa de vino o dos, cena apresurada siempre es mala cena. La mujer inclinó muy poco la cabeza y sus dos pupilas hicieron la reverencia. Cenaría con él.

Le trajeron en silencio el vino. El ruido de la gran sala llegaba amortiguado, hacía compañía. Le parecía siempre alegre y lo bastante discreto. Le gustaba la posada. La limpieza, el olor, el calor justo. Era un refugio cómodo, seguro. Sobre todo, cómodo.

Recordaba al detalle la cara y las ropas del borracho blasfemo. Lo que le llamó la atención fue la calidad del cilindro de cuero que perdiera en la refriega. Lo sacó y lo abrió, curioso. Extrajo el pergamino que guardaba. No era un asunto de tahúres ni un negocio de burgueses. Pensaba enterarse de alguna novedad, porque saber siempre otorga ventajas y el cabildo de Notre Dame no era precisamente un coro de ángeles. Casi empezaba a divertirse imaginando sacar provecho de una noticia bien guardada cuando palabras concretas saltaron a sus ojos. Leyó de nuevo, despacio, mientras una parte de él deseaba reírse y los pelos de los brazos se le erizaban. Apuró la copa del trago. Respiró hondo. No era una broma. Rellenó el vino y dejó que sus ojos vagaran por el brillo de los cristales emplomados de la ventana, calmándose.



Marina estaba segura de que no había negocio alguno que tratar. Muy de tarde en tarde, el canónigo la invitaba a cenar. Cuando algo le preocupaba. Hablaba cortésmente con ella, como si él mismo no fuera un tonsurado sino un hombre de gran mundo, inteligente, conocedor de secretos y miserias. Lo era, en cierto modo. Y ella hablaba con él como si fuera la mujer que todo lo ha visto, la sabia y la poderosa. Lo era, en cierta manera. Los dos inventaban un mundo privado durante unas horas, un mundo real y compartido, pero ilusorio. Él no le hablaba a ella, ni ella a él. Cada uno le hablaba al otro de lo que no podía hablar con nadie más. Y a los dos les sentaban bien esas cenas larguísimas, parcas en comida, mediadas en vino, sosegadas. En realidad, ambos se confesaban. Uno con otro. Se eran leales. Nunca se absolvían. Y el juguete de los dos era la clepsidra. La que medía gota a gota el tiempo que se concedían.




Doña Marina se hizo preceder por un mozo que espabiló los velones, le trajo un cojín mullido y le ofreció otro aguamanil para lavarse las manos. Se sentó, se acomodó y le indicó que se retirara. El canónigo observaba el ritual, como siempre.

 -Me haces un gran honor, doña Marina, cenando conmigo.
 -El honor es mío, Eudes.  Suelo ser más discreta, pero tienes la misma    palidez de quien ha visto la muerte llamando a la ventana.¿Puedo serte útil?      
- ¿Recuerdas al borracho blasfemo que habéis echado a la calle?
- No lo recuerdo, se quién es. Un correo, dicen que de los más rápidos.  Cuando desmonta bebe de más y busca pendencias. Se llama Pierre sin apellido, un occitano de los que maneja el canciller.

Eudes volvió a sentir frío. Doña Marina sirvió dos copas, y dejó pasar el tiempo. Le gustaba ver las inexorables gotas lentas de la clepsidra. Imparciales.

-Lee esto.
-¿Se le cayó a Pierre?

-Sí.
-¿Es un comadreo para que seas Deán? No me aburras.
-Lee.
-¿Por alguna razón de hombres, o de canónigos, o de curas?
-Hay cosas que jamás te he preguntado, doña Marina. Te las pregunto ahora. Mira el sello del Canciller. Y dime si sabes quién es Guillermo de Nogaret.

Les trajeron una fuente .de verduras y setas. Y una jarra a la que sacaron el lacre. Media hora, dijo la pupila, para tener en su punto la cena. Mientras, Marina leía. Leyó dos veces, recordándolo todo. Levantó el rostro.

-No es una broma.
-No lo es.
-Alguna vez hablamos de eso, Eudes. Inclinamos la balanza y buscamos la buena vida. Ahora, parece ser, tenemos un día para que la misma balanza no nos aplaste. Guillermo de Nogaret hará cualquier cosa para lavar las cenizas de hereje de su abuelo. Cualquier cosa. Si creo en esta carta, mañana mi casa no será mía, y yo no seré quien soy. No tenemos tiempo. Piensa en quien quieres salvar.

-A ti.
-Necio, piensa. Tienes un hijo, y un día. ¿Cómo es de despierto?
 El canónigo resopló, contrariado.
-Es idiota.
-Nada que no se arregle con un buen garrotazo, Eudes. ¿A dónde  huirías?
-A Inglaterra.
-Mal consejo. Detengámonos y pensemos. Quieres salvar a tu hijo. Lo entiendo. Pagaste y mentiste dándole una carta que juraba que sus padres eran nobles sin mancha, y eso lo convirtió en un caballero templario. No puedes enmendar la mentira.

-Todo es mentira.

-Claro que lo es, hasta que deja de serlo. No somos responsables de lo que nuestros padres hicieron. Cenemos en paz. Luego, busca a tu hijo y haz que venga a la Iglesia de la Magdalena. Y ahora, decidamos. Yo mañana no tendré casa, tú eres un canónigo. Si te ves mezclado en este asunto, no doy un cobre por tu vida.



Tuvieron suerte. Doña Marina vendió, un poco a la baja, su hacienda y su contrato al alba. Pagó y dio palabras de recomendación a todos los de la casa. Antes de que se pusiera el sol gris del vienes trece de octubre un joven iba en barca, con un chichón, dormido. Y faltaba en el coro un canónigo de Notre Dame. A esa hora habían entrado en el barrio y en la fortaleza. El mundo se les había hundido, una vez más. Pero algunos huyeron. Un viernes, trece de octubre de 1307.


jueves, 10 de octubre de 2013

Caminos de Santiago: El que salió un momento.





El ramal del Camino que parte de Jaca serpentea en  etapas muy largas, accidentadas y matapiés hasta cierto valle en el que se esconde un monasterio. Agazapado entre sierras, asomado a la canal de Berdún y el pantano de Yesa, cuesta un poco verlo en su conjunto hasta que se está lo bastante cerca. Yendo a pie, quiero decir.

Como no suelo prodigar el adjetivo "muy viejo”, advertiré que en verdad lo es. Debajo del cenobio actual hay otro, cebolla con muchas capas, que ya estaba plantada en el siglo IX. Eulogio de Córdoba, monje inquieto, erudito, tan testarudo y cabezota que por ello acabó justamente perdiendo la cabeza, pasó por allí. Y dijo maravillas de sus moradores, por cierto. Era un reformador avinagrado con la locura de los mártires, de modo que no solía dedicar cumplidos a nada. Ni a nadie.

La vejez del asunto permite colocar un poco mejor el decorado. El pantano no estaba, por supuesto. Los monasterios visigodos tendían a situarse en sitios remotos, y sin duda lo que hoy son restos muy reconstruidos de un bosque debió ser entonces una selva. Riscos serranos, sotobosque apretado volviendo impracticables muchos accesos, y un mar oscuro de árboles hasta el horizonte. Quedaban calzadas romanas, claro está. Unos y otros las utilizaron para la paz y la guerra. Pero Roma era ya sólo una palabra (añorada hasta la veneración, en especial por los monjes) y sus blancos caminos habían dejado de ser una red compacta con un centro desde el cual irradiaba todo. Ahora unían pequeñas ciudades que se vaciaban, cuyos muros eran aprovechados para trabajos menores;  para moler mármoles paganos y hacer cristiana cal, o para obtener una pieza tal vez que añadir a la propia vivienda. Quizá un alero de tejas. O un par de capiteles en buen uso. O el brocal de un pozo. O las piedras miliarias, que resultaban eficaces para marcar lindes. 

Tenemos la impresión de que las historias de ese pasado han sido exageradas. Nos parece imposible que quienes escribieron  -los monjes, de nuevo- detallaran paisajes tan apocalípticos. Orgullosas ciudades blancas como huesos calcinándose al sol. Foros y basílicas y mercados convertidos en guarida de lobos y alimañas. Un mundo de oscuridad, en el que una vez caía la noche no había ni una luz. Ni una atalaya. Ni tan siquiera el resplandor tímido que antes envolvía los campamentos. Un mundo muerto que les causaba miedo e inseguridad. Espectral y vacío.



En ese mundo que se batía en retirada hacia ninguna parte dicen que vivió Virila. Monje o abad de San Salvador de Leyre, depende de quien lo cuente. Al menos se diferenciaba un poco de sus coetáneos. Estaba más preocupado por imaginar (mejor, saber) cómo era el Otro Mundo que por llorar las ruinas de en el que vivía. Se cuenta que un día paseaba por el bosque que casi rozaba los muros del convento. Quizá fuera primavera, porque oyó cantar a un ruiseñor. El sonido se le antojó tan bello que lo siguió, internándose en la espesura. Y allí, escuchando y viendo al pájaro tuvo una visión, o una experiencia de lo que era la eternidad y la beatitud inefables. Dando gracias por un don que pensaba inmerecido, regresó al convento. Pero la misma espesura y los senderillos que había caminado tantas veces se le hacían ahora extraños, más amplios. El bosque había retrocedido y su convento era distinto: mucho más grande, de piedras nuevas recién labradas. Oyó una campana y las voces de sus hermanos en el coro (muchas voces, pensó) y realmente desorientado fue a llamar a la puerta.

No reconoció al monje que abrió. Ni fue reconocido. A la pregunta de rigor respondió que se llamaba Virila, y se había extraviado en su paseo tal vez unas cuantas horas. Trescientos años, eso le dijeron que había pasado desde que un tal Virila desapareció y jamás volvió a ser visto, y al final se había convertido en una leyenda de algo imposible.



Quedan senderos callados en el bosque de la abadía. Por si alguien quiere atreverse con la experiencia. 









Imágenes: Wikipedia. Entorno de Leyre (Foz de Lumbier), cripta y torre.

Un instante, o un eón.



Las leyendas e historias  se cuentan de abuelos a nietos cerca del hogar, o son aprendidas por juglares y cuentacuentos para el disfrute del pueblo. Muchas andan los caminos sin importar el tiempo pasado. La historia que vamos a relatar en esta ocasión ha recorrido el camino de Santiago y se cuenta que ocurrió en lugares fuera de nuestras fronteras y dentro de ellas.

Virila vivía en el monasterio de Leire en compañía de  sus hermanos de fe, siendo el abad de todos ellos. Contaba con muchos años y entre los suyos era tenido por hombre de respeto y sabio.
Había una pregunta que rondaba  su mente, a la que no encontraba una respuesta satisfactoria. No comprendía como podía vivir alguien eternamente en la gloria del Señor y ser feliz.

Entre sus rezos le pedía a Dios que le diera una respuesta a aquella pregunta. Salió una mañana como solía a recrear su alma  y su mente en los bosques que rodeaban el monasterio antes de dedicarse a los quehaceres del día.

Solía detenerse en una fuente a descansar y escuchar los sonidos de la naturaleza, en aquella ocasión la de una naciente primavera en su cenit. En algún lugar no muy lejano el trino de un ave sonó, sembrándolo, y el fraile se abandonó ante aquel sonido que lo llenó de paz y sosiego.

Dando gracias al Señor por aquel momento único, se dispuso a desandar el camino. No sabía si el canto del pájaro lo había embrujado ya que los arboles le parecían más crecidos,  y el camino no era el mismo que había recorrido anteriormente.

El convento parecía haber crecido y los hermanos no eran los que él conocía. Llamó a la puerta  y el hermano portero después de que contara su historia y ver su aura de paz y santidad, lo llevó ante el abad que regía el monasterio  entonces.
Buscaron entre las crónicas y encontraron que había existido trescientos años antes un abad llamado Virila, que había desaparecido un día sin regresar.

El abad al entender que había pasado tanto tiempo, encontró la respuesta que tanto buscaba. Si habiéndose quedado embelesado durante unos segundos ante el canto de un ave habían pasado tantos años, entendió que el tiempo no pasaba de igual manera en el reino de los cielos que en la tierra, por lo que no había que preocuparse de dejar de ser feliz.

Unos dicen que murió entonces feliz de entregarse a la gloria de Dios, otros  que vivió muchos años entre sus nuevos hermanos haciéndose más extensa su fama de sabio místico y santo. Convirtiéndose de nuevo en abad de todos ellos.
Con el tiempo la fuente en la que ocurrió el milagro recibió el nombre del Santo, y junto a Alodia y Nunilona se convirtió en santo venerado del Monasterio de Leyre.

Fuente Imagen: Wikipedia, articulo monasterio de Leyre usuario: GFreihalter. 


sábado, 5 de octubre de 2013

Una vez fui inmortal.





Los niños  y los jóvenes juegan fuera ríen, y gritan como si no hubiera un mañana, como si ese momento en el que viven fuera eterno y nada más importara. Sus mayores sentados a la sombra de los árboles, los miran hablando sobre ellos. Algunos recuerdan vagamente su niñez y adolescencia.  Otros recuerdan que ellos también en alguna ocasión fueron iguales y sólo vivieron aquel instante como eterno y verdadero por siempre.

 Tenemos uno o varios momentos en nuestra vida en los que hemos sido los reyes y reinas del mundo, en los que el pasado no importaba  y el incierto futuro podía esperar. Tan solo el presente continuo era el que nos acompañaba en nuestros juegos y nuestros secretos.

Muchas terapias y teorías psicológicas, filosofías abogan por el vivir el momento como motor de la vida. Dejar de lamentarnos por el pasado y temer el futuro, curiosamente todos en algún momento lo hemos puesto en práctica. Simplemente lo hemos olvidado o por lo menos no lo utilizamos tanto como deberíamos.

Cuando tenemos niños alrededor ya sean sobrinos hijos o nietos, nos acabamos contagiando de esa magia y en nuestro interior vuelve a despertarse en algún lugar la creencia y el  deseo de que el tiempo que vivimos sea para siempre.

Cuidar y mimar a nuestro niño interior, dejar que fluya que sea libre y que nos contagie la inmortalidad es uno de los mejores ejercicios que podemos hacer. Que la alegría, la inocencia, la creatividad se renueven día a día, sorprendiéndonos a nosotros mismos.


Que cada nuevo amanecer  sea un mundo por descubrir, una vida por vivir y que amemos a los que nos rodean iniciando así el sendero de la inmortalidad. Dejando de lado  lo de una vez fui inmortal para quedarnos con el soy inmortal viviendo plenamente.