miércoles, 25 de enero de 2017

Una cabezada



Sentado en una incómoda silla de plástico rígido, en una antesala de semisótano, ante una lámina muy bien enmarcada que muestra la entrada al templo de Abu Simbel. En la fotografía va a amanecer, la luz rosada y tenue promete una destellante oleada de sol sobre el desierto. Lo ha visto tantas veces que se fija en los detalles. Hay una sombra sinuosa. Insignificante. Apenas una curva entrevista en una esquina.



La lámina enmarcada se diluye, como una puerta. Y el detalle es una serpiente, esa curva que ha marcado la arena y sigue su camino huidizo, asustada, buscando esconderse. Continúa dejando marcas sobre la arena naranja. Pero hace frío. Marcas en forma de s. Marcas de patines viejos. Está buscando a Annemarieke y se ha equivocado de cuadro. Tras la siguiente puerta siguiendo a la serpiente que hace dibujos en forma de s, lleva patines para hielo. De los antiguos, con cuchilla de hueso. Se agacha para atárselos al borde del lago helado mientras el vaho le sale de la boca. En la capa de cristal grueso se refleja el mundo al revés. Y a su lado, sobre el hielo, una niña juega con un trompo que deja marcas con su punta de hierro. Marcas en forma de s.


De repente hace menos frío. Puede ver más allá del mundo invertido en hielo, puede desear que los árboles se vistan y los campos retoñen. Levantando la oreja casi oye música. Gaitas. Cantos. Panderos. Entrechocar de jarras. Annemarieke ya se ha casado, parece muy satisfecha. En una esquina de la sala engalanada se escabulle una lagartija, una pequeña serpiente con patas dejando un rastro en forma de s. Se escabulle por la bodega, tras un paño gris. Y se mira los pies. Ya no lleva patines de hielo. Ni falta que hace. Ahora está en otra esquina, justamente en la inferior derecha de otro cuadro.



-¿Eres capaz de dormirte con el frío que hace y en esa silla?
Abre los ojos y mira. Al fisioterapeuta, a la enorme lámina enmarcada del templo de Abu Simbel y a la huidiza sombra de la serpiente.
-¿Te has fijado en esa sombra de ahí?
-Lo veo todos los días.
-Qué va. Lo miramos cada día. No lo vemos.






Imágenes Wikipedia Commons.

viernes, 20 de enero de 2017

Frío








Miraba tras los cristales
al otro lado de la frontera
a su lado oscuridad, frío 
llantos y en la madrugada 
el silencio.

Al otro lado luces destellantes
calles cuidadas, farolas encendídas,
se volvió hacia la habitación
en la penumbra una voz
respondía a una pregunta
no hecha.

Simplemente nacimos 
en la parte incorrecta. 


Imagen propia bajo la misma licencia que el Blog. 


lunes, 2 de enero de 2017

Lagrimas blancas.


La campana había dejado de doblar a muerto cuando el sol se ocultó, el viento barría las  hojas y jugaba con la triste letanía haciendo aun más oscura aquella noche. Habían atado  bien la soga, pero el metal sonaba incitado por el viento bravío que  nada tenia de juguetón.

Dos coches cubiertos se detuvieron en la entrada de la casa. Dentro se escuchaban voces rezar y se adivinaban velas que chisporroteaban. Seis figuras enlutadas y cubiertas por un largo velo tocaron el llamador. La casa quedó en silencio hasta que alguien abrió la puerta. Entraron en parejas mientras el viento cerraba la puerta tras ellas. La mayor se acercó a los finados y sus ojos brillaron detrás del velo. Tuvo unas palabras con una de las vecinas y después se colocaron entre las beatas y comenzaron a rezar haciendo su trabajo diligentemente: lloraban mientras recordaban las bondades del matrimonio, con tanta certeza como si fueran sus hijas, nueras, sobrinas, o nietas. La mayor de ellas no se quitaba el velo, las mas jóvenes la llamaban madre y no se lograba ver nada de ella que no fueran sus ropas.

Manuela, la más anciana de la comarca, no se perdía ningún funeral ni evento social que ocurriera en el pueblo: conocía cualquier historia o acontecimiento que hubiera pasado  desde hacía un siglo. Entre rezo y rezo la buena mujer miraba a la mayor de las plañideras como si hubiera algo en ella que le resultara familiar. Las horas de la madrugada fueron pasando mientras las lágrimas se secaban y los susurros traían recuerdos. Algunos dormitaban mientras otros salían fuera a tomar un poco de aire, las suspirantes se fueron turnando en la cocina para servir algo caliente y  de comer a los asistentes al velatorio.

Algunas de las vecinas cuchicheaban, la anciana Manuela les mandó callar varias veces. Cuando alguien moría y no tenia familia cercana los vecinos mas próximos se ocupaban de todo. Con la llegada de las seis mujeres el trabajo dejaba de ser tal, por lo que  les dijo la anciana a sus convecinas que no tenían de qué quejarse.  Quedaban tan solo algunas horas para que amaneciera, desde donde estaban sentadas se veía el sueño eterno de la pareja. Sus rostros mostraban el paso de los años y el peso de  problemas y  trabajos. Tomados de la mano comenzaban su último viaje en este mundo, con una muda despedida.  

- Sabían que algún día regresarías, las recibieron todas: María, la hija del boticario se las leía y ellos le pedían que escribiera algunas palabras por si alguna vez las llegabas a tener - le susurró Manuela a la mayor de las plañideras, entregándole una caja.

 La acarició  con sus manos enguantadas, mientras por primera vez las lagrimas asomaron en sus ojos. La abrió,  leyó en voz baja las anotaciones de los márgenes. Era una letra femenina aprendida en un colegio religioso. Reprodujo las palabras y expresiones una por una, eso trajo el eco de conversaciones y vidas del pasado que regresaron a sus retinas.

Le dio las gracias a Manuela y salió, las nubes oscuras amenazaban lluvia y la noche retozaba todavía sin querer marcharse amparando a los suyos. Los caballos piafaban calle abajo en un descampado donde los cocheros los habían dejado pastar.

Se acercó y conversó con ellos antes de entrar  en uno de los coches para estar un rato a solas. Había pasado más de un cuarto de siglo, nunca pensó en regresar, las viejas historias de venganza nunca acaban bien. El pequeño espejo le devolvía la imagen de su rostro y mientras miraba recordaba las Sagradas  Escrituras:  "Aquel hombre o mujer en cuya piel aparezcan las manchas blancas de la lepra"

Las palabras resonaron en la iglesia varias veces cambiando su vida por siempre. Grabó en su persona el pecado de la lepra condenándola al ostracismo a ella y los suyos, todo por no haber cedido a sus chantajes y mantener relaciones sexuales con él.

Durante más de un mes permaneció encerrada sin querer ver a nadie, huyendo de todos y de la sombra del párroco. Él nunca se acercó a la casa, pero desde el púlpito sus palabras iban contra ella y los suyos acusándolos de ser la fuente de todos los males que ocurrían en el pueblo. Se encerró y comenzó a languidecer.  Se alejó de sus amigas y de su novio. Las cosechas fueron malas y varios robos e incendios  en la zona trajeron escasez y hambre al pueblo. En la familia de la "leprosa" la miseria pasó de largo, cosa que levantó envidias e ira contra ellos, y comenzaron a culpar a la joven de sus desgracias. Les tiraban huevos y piedras y más de una mañana la casa amanecía pintada con amenazas.

Pocos días antes de la noche de difuntos la joven desapareció de su casa, apareciendo  la mañana de los fieles difuntos en uno de los pozos del pueblo hinchada y con el rostro desfigurado. El pozo se selló y la enterraron rápidamente cerrando el caso como un triste suceso.

Entonces nació su otra yo, se despidió de sus padres, viajó a la ciudad con ayuda del boticario, le diagnosticaron  vitíligo: se trató y su pena la convirtió en  forma de vida. En unos pocos años se convirtió en una respetada plañidera. Velada siempre, su misterio y sus lloros enternecían al más duro de los corazones.

Con los años sus apariciones fueron mermando, ya que solo asistía a contados sepelios. Abrió una escuela donde aceptaba a cinco muchachas nada más para adiestrarlas en el arte del plañir.

Los baños de sol y la playa hicieron su trabajo, le aconsejaron utilizar cosméticos para poder tener una vida más normal, cosa que nunca hizo. Aquel sería el último de sus trabajos y el culmen de su obra. Por la mañana las mujeres de negro descansaron y la casa permaneció tranquila, tan solo algunas de las vecinas y la incombustible Manuela seguían allí a la espera del último viaje de los finados.

La campana tocó a muerto, acompañando al cortejo fúnebre: los zapatos sobre el camino de grava, los rosarios en las manos y las voces susurraban y tiritaban a causa del frio. El párroco los esperaba en la puerta de la Iglesia. Con el hisopo bendijo los féretros mientras el órgano comenzaba a sonar. Las lloronas abrían la comitiva, los lamentos y lloros se hicieron más tenues y bajos. Ya en el altar comenzó la despedida de la pareja.

La anciana Manuela desde su lugar vio en primera fila a las plañideras pero no a la madre de todas ellas. Era el momento  de tomar camino hacia el cementerio cuando el órgano debía sonar de nuevo. El padre miró hacia arriba esperando que el organista comenzara a su señal y se encontró con el rostro de la muerte.

Llevó su mano al pecho sin dejar de mirar aquel rostro blanco, emergiendo de la semipenumbra que lo señalaba como culpable de sus muchos pecados. Un grito ronco salió de su labios, y cayó fulminado al pie de las escaleras del altar. Los que se acercaron a socorrerlo levantaron la vista hacia donde estaba el órgano, donde el párroco había mirado. El pobre organista se levantaba del suelo llevándose la mano a la cabeza en la que había recibido un golpe.

Se llevaron al cura mientras el coadjutor tomaba el lugar de  su compañero, el funeral siguió su curso no sin los murmullos de los feligreses, que recordaban perfectamente los perjuicios y daños que había causado el cura a  aquella familia que se había cobrado su venganza.

La muerte del párroco no se investigó, nadie pareció echarlo de menos, los años y que Dios así lo quiso fueron las palabras desde el obispado. El joven coadjutor se convirtió en cura del pueblo  y la vida siguió su curso.

La casa de los labriegos y sus tierras fueron compradas o heredadas, según la versión de quien lo contara, por la plañidera quien la utilizó como casa de verano. Las malas lenguas decían que la señora que andaba ya sin velo recordaba a la hija del matrimonio que había muerto. Nadie removió tierra ni hablo sobre el asunto, sobre todo desde que la buena mujer invirtió en el pueblo y se convirtió en su benefactora. 




Imagen de Wikipedia 

Autor:Rama.

Bajo la misma licencia que Wikipedia.