martes, 1 de octubre de 2013

Fast food: una moda milenaria.




Lo llamamos ‘comida rápida’, pero lo que en realidad queremos decir es que se trata de comidas que no hemos cocinado nosotros en casa. Nada nuevo. Todo lo contrario.

Hoy creemos que para vivir en un hogar ante todo son necesarias tres cosas. Por orden. Una cocina, un baño, una cama. Ya hemos olvidado que un hogar era un techo bajo el cual se cobija una familia y puede cerrar la puerta. Nada más.

En la Roma del siglo II de nuestra era, estar ‘empadronado’ daba derecho a ración diaria de pan y vino a los miembros de cada familia. El desarrollo urbano de una capital imperial había convertido las siete colinas en un terreno tan codiciado como puede serlo hoy Tokio o Manhattan. Y, por supuesto, encontraron mucho antes la misma solución. Crecer en altura. Alquilar.

Le llamaban ‘insulae’. Islas. Eran grandes bloques de apartamentos y comercios situados estratégicamente, propiedad de un empresario-constructor. Se parecían, a su manera, a las casas de fines del siglo XIX e inicios del XX que con suerte podemos ver aún en nuestras ciudades. Abajo, talleres artesanos y comercios. Una planta principal, la más cara, para la familia propietaria de los negocios de abajo en subarriendo. Cuanto más arriba, espacios más pequeños y más oscuros. Hasta llegar a ras de azotea, cubículos. Augusto había prohibido mucho antes que las insulae superaran las seis alturas. En cierta manera uno no sabe si sonreír o no. Te lo juran los bomberos, hoy: por encima de siete plantas, nadie puede garantizar nada. Aquellas seis plantas eran de adobe barato y de madera de tercer uso.

No había cocinas a partir de la planta principal de las insulae. Ni agua corriente. Ni letrinas. Sobre todo, cocinar estaba prohibido completamente, bajo pena de muy severa multa. Para un hombre que sobrevivía, una multa podía llegar a convertirlo en esclavo si no podía pagarla. Estaba prohibido. Sin más.
¿Dónde comían, entonces? ¿Dónde bebían? ¿Dónde acababan sus heces domésticas?

En las insulae había un patio comunal. Con letrinas. Acababan siendo abono. Cerca de cada esquina había una fuente pública surtida por acueductos. Quedaba subir seis plantas con agua para beber, sólo para eso. Las lavanderías eran muy baratas, como los baños públicos populares.  Y casi (un casi que rondaba el 90 %) podía comer comida rápida, no cocinada en casa, y aun así ganar un salario y que le sobrara un poco.

Comida para llevar. Ya tenías el trigo (para hacer tu pan, para revenderlo, atesorarlo, cambiar tanto por tantos panes, hacer negocios). Tenías tu vino. El hombre tenía un trabajo, o buscaba muchos esporádicos. La esposa podía tener un huertecillo fuera, el resto de un legado. Vendía. O se acomodaba a trabajos como tejedora, tintorera. O podía dar con un golpe de suerte. Sin duda hubo de todo, menos cocina. Hemos encontrado insulae cavando. Es significativo lo hallado en ellas, normalmente tras uno de los miles de incendios. Lámparas, ánforas (‘hidrias’) para agua, objetos personales. Nunca nada que indique una cocina. Ni fuegos, ni ollas, ni trébedes, ni instrumentos. Nada.

Se nos suele olvidar que para quienes rediseñaron las ciudades medievales Roma era el Paraíso Perdido. Leían. Eran monjes. Eran eruditos, eso no es discutible en su mundo. Todos se sentían exiliados, traicionados, cercados. Pero, tercos, se empeñaban. La ciudad medieval suele ser una mezcla. Al inicio eran iguales, los moradores y los que venían. Luego la balanza se inclinó.

En la ciudad medieval también estaba prohibido cocinar. Al menos lo estaba en la inmensa mayoría territorial del islam, y por las mismas razones que tuvieron los paganos romanos. Incendios.

Nos habituamos. A comer comida no cocinada en casa. Al final, hasta a eso que llamamos cattering. Tampoco nos parecería tan raro. Empanadas. Tortas (más o menos, como una pizza). Carne en pan (una hamburguesa). Obleas (talos, o tortillas, o filloas, o más de lo mismo) rellenos de…

¿Por qué lo sabemos, en lo relativo a la Edad Media?

Porque, como en Roma, en el medio urbano barato no hay ningún registro arqueológico que asocie  cocina como resto real ni utensilios con personas del común, como entonces  se llamaba.  No hay ajuares, platos, calderos. No había cocinas.  No las había. La gente vivía en la calle. Iba a la letrina, se bañaba, hacía negocios, en la calle. Y antes de ponerse el sol pasaba por la taberna. Subía a casa una olla para sentirse parte de algo, del rito, cenar bajo tu techo y en familia.


Bibliografía.






Imagen: Wikipedia.

6 comentarios:

  1. De verdad es muy curioso comprobar cuanto nos parecemos siempre, o importa el tiempo que haya pasado.

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  2. Como suele decirse, 'ya está todo inventado' XD

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  3. No me había parado yo en esa "de romanos" tan buena...

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  4. Me pareció interesante. Me alegra que a tí también.

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  5. Es buena, Lucas (es buena, Thorongil Gilraenion). Otra vez lo mismo: nunca pensamos sobre lo que tenemos delante.

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    1. Digamos que tenemos que detenernos. Lo que vemos cada día es invisible. Hay que detenerse un rato, y pensar. Cualquiera puede hacerlo. Es gratificante. Gracias por tu cometario, Alodia.

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