domingo, 20 de marzo de 2016

Luces rasantes.



     Cuando la noche y el día se igualan en duración. Eso viene a significar la palabra equinoccio, aplicada a las fechas 20-21 de marzo y de septiembre, respectivamente.


    Durante generaciones, nuestros antepasados observaron con gran atención todo tipo de fenómenos naturales, incluyendo los astronómicos. Llevaron registros puntuales de las alineaciones de astros y estrellas, reconocieron constelaciones, previeron eclipses y crearon calendarios. 

     Este tipo de observaciones astronómicas repetitivas, como los movimientos de las estrellas, los solsticios o los equinoccios, fueron práctica habitual desde el paleolítico superior. Medir el tiempo implica, simbólicamente, controlarlo:  tener la capacidad de predecir y de organizar las actividades económicas, sociales, religiosas.

     Podemos ver muchos de esos lugares en los cuales las luces rasantes siguen marcando el tiempo astronómico y el mágico. Los enlaces que os propongo se refieren a sitios menos famosos, todos igualmente dignos de visita.


Santa Marta de Tera (Tera, Zamora)



Abu Simbel (Egipto)


Artáiz (Navarra)


San Juan de Ortega (Burgos)



Imagen: Wikimedia Commons.

sábado, 12 de marzo de 2016

Vamos a dar un paseo.



Echo una ojeada a los encabezamientos de noticias de Facebook. Para ser correcto, a lo que la gente comparte como noticia por mil razones. Se va enrareciendo el aire con tantas presuntas ofensas y contraofensas a propósito de la próxima Semana Santa. Forma parte de un montaje de tirios y troyanos, cada bando haciendo el  necio; dudo mucho de que una amplia mayoría de quienes toman partido, menores de treinta años, sepan tan siquiera a qué caballo apuestan. En este caso, porque hacen banderías de lo que jamás vivieron. Y aquello de ‘Banderas de nuestros padres’ es un título precioso y una gran película, si se ve desde fuera. De modo que demos un paseo juntos. Un paseo por la niñez de otros, donde sólo hay imágenes que fueron y un mundo que era así. Sin más.


Se preparaba la maleta para las vacaciones de Pascua, diez días imprevisibles. Podía ser primavera temprana, invierno tardío o esa tregua mágica, sagrada, que inventaba un tiempo propio hecho de refranes. Siempre llovería en los días más tristes. Siempre volvería la luz uno de los tres jueves del año que relucen más que el sol, y luego, ese mismo jueves, bajaría la niebla para ocultar la traición de Judas. Semana Santa. Vacaciones. Programadas eternamente para ajustarse al ritual.

El ritual empezaba bien. Domingo de los Ramos, dedicado a los niños. Festivo, hubiera o no mucho que ver. Aquello de acudir a la iglesia para mirar, o con un ramo de olivo a hacer de extra sin guion. Con suerte, dependiendo de dónde vivieras, había espectáculo en directo. Mucha gente en la calle y una imagen de Jesús montado en una burra que llevaba al lado a su cría.  Con menos suerte te dabas una vuelta, comprabas un cucurucho de pipas y luego se veían en la tele –en blanco y negro-  otras burras con su cría y Jesús encima, y niños con unas palmas muy largas y música.

Ese domingo tenía su parte sospechosa, porque ya sabías el resto. No habría cine, ni tan siquiera matiné. La tele sólo pondría procesiones, misas y música siniestra. Para quienes la encendían. Mi abuela era preconciliar. Ni Tv, ni radio, ni risotadas, ni gritos, ni juegos ruidosos. El lunes llegaba el silencio. Carallo vacaciones.

Los niños no ayunábamos, claro. Sin embargo, lo cotidiano se iba volviendo gris. Nada de festivo. Lentejas, o garbanzos con bacalao. Y cuando amanecía el jueves aquel que reluce como el sol, a lustrar los zapatos gorila y a ver altares. De iglesia en iglesia con parada para volver a comer a casa, inapelables las espinacas, y prepararse para la maratón. Los Oficios de Jueves Santo, esos en los que el cura lavaba los pies (un solo pie, para ser exacto) a doce mendas.

Yo no tenía nada en contra de las iglesias, en especial porque  para mi suerte eran antiguas y podías mirar muchas cosas extrañas en sus paredes y retablos. Pero las vestían con colgaduras de terciopelo negro como en un funeral, solía hacer mucho frío si estás dos horas quieto y callado escuchando el relato de la última cena y la historia de Judas y toda la movida. Al salir era de noche, y antes habían matado las luces de la iglesia en señal de duelo. No se con qué soñaban otros niños, pero a aquellas alturas a mí volver con la maleta al internado me parecía el mejor de los destinos. Mucho mejor que la sopa, la fruta y el irse a la cama entre un silencio de cementerio. Iba cumpliendo años. Cuanto más creces, menos comes. Rituales de Semana Santa.

Viernes de sin manteles. Y como además de la tradición pesa mucho –mucho- el ser solidario, y la abuela ayunaba, pocas más opciones quedaban. La vieja y pulida mesa de madera, limpia y reluciente. Vaso de agua y bollo de pan para mí. Vaso de agua, otro vaso de agua y dale agua de la fuente para ella. Y los Oficios del Viernes Santo, que para rematar el cuento incluía tragarse a palo seco el juicio de Jesús, y la crucifixión y la muerte y aquella de Nicodemo y todo a oscuras y con alevosía enterrar al difunto. Volvías a salir de noche, más triste que el carallo, y solía llover. Hasta nevar, con mala suerte. Chirriaban los zapatos gorila, te metías en la cama oyendo el péndulo del reloj de pesas de la casa y fuera el obsesivo matraqueo de la carraca. No se tocaban campanas. La carraca era un artefacto de madera que giraba sobre un eje, cuyas tres caras golpeaban monótonamente nueve mazos de hierro a cada giro completo del artilugio. Montada en lo más alto de una torre, quien nunca la ha oído se perdió una más de esas cosas que ya no existen. Reconozco que también se libró de un sonido al más puro estilo Lovecraft.

Sábado de Gloria, el día tonto. Y luego sí atronaban las campanas desde medianoche. Jesús ha resucitado. Pues que le den de comer, pensaba yo rozando la blasfemia, porque sin duda debe tener más hambre que yo. Y el domingo de vestirse por la mañana de bonito, comer que ya era hora, y hacer la maleta para volverme a media tarde. Así giraba la rueda del año. Y no había más.



Imagen: Nikolai Ge, 'La Última Cena', 1861.

jueves, 10 de marzo de 2016

Marzo nuboso.







Febrerillo el loco nos dejó
con un marzo zumbado,
que tiene de noviembre
y de mayo acortado.

Un azul infinito sin nubes
estampa de nieves eternas,
entre arboles que florecen
antes de que el frío perezca.

Salí con gorro, guantes y bufanda,
a mediodía me los quité,
a la hora me los puse,
 por la noche me constipé.

En las tiendas el infierno,
en la calle el polo frío
y nosotros un todo gratis
de virus y otros turistas.

Con fiebre, estornudos,
 otros regalos, 
me voy a hibernar 
hasta que llegue el verano.






Imagen propia bajo la misma licencia que el Blog.