martes, 19 de enero de 2016

Jedediah McIntire.



Muchas personas han hecho cosas inusuales que aún perviven. Casas imposibles, reconstrucciones a su manera, novedades insólitas o sueños plasmados en piedra.

Jedediah, hijo de Malcom McIntire, padre de Malachías McIntire y abuelo de Zacharías McIntire, era de otra pasta.

Se decía que llegaron a América (a las colonias Británicas, claro) por ser devotos y perseguidos. No ha sido probado. Sabemos que fueron fieles a la Corona aún tras la Independencia, y eso les trajo problemas. Normal. Luego reaparecen en el Sur, a favor de la marea. No les gustaba esa aristocracia inculta, pagana y vendida de irlandeses sin clase e ingleses vulgares. Puesto que no les daban valor alguno ni se relacionaban con la comunidad, mudaron al bando de  los especuladores en tierras, y, en especial, de los anticuarios cazatesoros.

Luego vino la Guerra Civil como la plaga de langosta. Fueron odiados como especuladores de granjas y plantaciones, eso va en el oficio y se sabe, porque son subastas públicas. Las otras, no. Cada familia al borde de caer en el abismo social arañaba sus cofres. Joyas, cuadros,  porcelanas. El primer envite. Luego telas, tapices, documentos antiguos. Y joyas. Siempre joyas, el último recurso perdiendo precio a medida que la soga se estrecha. Y luego, la casa en sí. Maderas. Muebles. Piedras talladas. Todo.

Tras hacer fortuna los McIntire recalaron un tiempo en Chicago. Después de todo, eran expertos en el Sur (y en cómo hacer dinero colocando en el  mercado  laboral a negros libres sin otro derecho que la supuesta libertad). Eso les sonaba. Eran como los hombres libres pero dependientes de Escocia, nada nuevo bajo el sol. Clientes, hubieran dicho si supieran latín.

Tardaron un poco en aprender latín. La lucidez inmediata suele funcionar si se mira hacia adelante. Cuando Jedediah, primogénito, enterró a su padre, debía haber pensado en una heredera americana y en el futuro. Pero pensó  en una joven prima segunda aún lo bastante joven como para no languidecer en Escocia.

Su oficina de empleo para negros siguió prosperando, como el resto de múltiples inversiones. Pero entonces se equivocó. Eso cuentan aún hoy los más viejos del pueblo. No era un mal hombre, o no el peor. Pero se equivocó.

El Sur por el que había pasado como una pisada sobre nieve, vana y fugaz, lo marcó. Eligió un pueblo muy pequeño, tradicional y respetablemente luterano lo bastante cerca del Chicago de entonces como para llegar en coche de caballos en un par de horas. Se presentó a las autoridades diciendo   que deseaba un hogar y formar parte activa de la comunidad. Desoyó todos los consejos y adquirió una gran hacienda en tierras que dominaban desde arriba el pueblo. Black Hill, la Colina Negra. Y en ella no alzó una casa acorde al frío de Illinois, ni tan siquiera acorde a su propia vida ni a lo razonable. Levantó una casa sureña con un invernadero, con bodegas como si allí pudieran crecer vides, con un salón de baile que jamás se Llenaría. Jedediah era un buen patrón, y eso calló muchas bocas. Pero, más tarde, acabó sabiéndose todo.



Imagen propia, bajo la misma licencia del blog.

La versión completa.

http://todoloquetienenombrexiste.blogspot.com.es/2016/07/jedediah-mcintire-version-completa.html