sábado, 31 de agosto de 2013

Caminos de Santiago. Tres tristes tigres.




Me los encontré tres veces a lo largo de 41 días. Eran eso, tres tristes tigres malhumorados dispuestos a pelear entre sí porque sí. Hacían el Camino de Santiago, y resultaban tremendamente llamativos. La abuela casi tan enlutada como los dibus de Forges, fuera de lugar. La hija treintona y cabreada, como pensando en qué negra hora se había metido en semejante tremedal y locura sin excusa. Y el niño así como de unos doce, impertinente, pasota, urbanita y tan tirano como sólo lo puede ser un niño furioso.

        "Estos tres se vuelven a casa, no doy por ellos un céntimo", pensé, malhumorado a mi vez por los interminables rezos de la abuela, el ceño fruncido de la hija mirando en torno a ver si cazaba un hombre -mal cazadero, aquel- y en especial por los berrinches del mozuelo, que ganas me daban de ponerle rojas las orejas de una pescozada. Y como me conozco cuando me meto a arreglar vidas ajenas, y suelo salir desollado como un San Bartolomé, apreté botas y me distancié de ellos. Eso es fácil, si sabes algo de cómo hacerte "invisible."

         Unos 200 km más tarde coincidimos de nuevo. Habían cambiado. Quizá yo también, pero no es tan fácil verse a uno mismo. Ahora la abuela había recobrado su acento extremeño, sus capacidades, y su autoestima (podría decirse que su "mujería", aunque en español es una errata decir eso, ya). Iba delante, sin bastón. Rezaba menos y contaba más. Reconocía cada planta, cada árbol; olía el viento, sabía dónde estaba. De rémora estúpida se había transformado en capitán de la partida. Y no fallaba.

        A la hija se le habían puesto las mejillas coloradotas, y había perdido algunos kilos sin ir al gimnasio. Ahora ya no se fijaba tanto en remedar el acento urbanita de Barcelona, ni se maquillaba, y se había comprado una pamela de paja realmente horrorosa, pero que le tapaba el sol. Ya no renegaba del poco género que hay en las tiendas de pueblo, y encima nada light. Caminaba ocho horas al día, tenía más hambre que Carpanta y no gruñía. Hasta sonreía, alguna vez.

        El niño no llevaba sus eternos cascos de música, esos que dicen "paso de todo y de todos, voy a mi carallo de bola y os ignoro." Ahora andaba con las orejas abiertas, y como nene de ciudad, videoconsola, metro o bus urbano y actividades extraescolares y mucho sofá y mando a distancia, y mucho microondas, la vida le estaba pasando factura. Tenía ampollas en los pies. Eso duele. Y si no se tratan bien, como andas cada día, te incapacitan. Pero ya no deseaba volver, ahora era la aventura de su vida. Así que ni abrió el pico ni dijo nada cuando se las curamos. Por una vez aguantó el tipo como un adulto, dio las gracias por la cura, y dejó a su madre y a su yaya flipando.

         Volví a verlos en Santiago.  En la Misa del Peregrino que (misa o no) forma parte de un ritual de mil años. La abuela de domingo, más o menos, con su Compostela en la mano. La hija sonriendo. Sin la pamela, afortunadamente. Y el crío alucinado con tanto incienso de botafumeiro y tantas gentes y lenguas. Ahora sí tenía cuentos que contar. Y los pies duros, como buen caminante.


         Nunca supe cómo se llamaban.



Imagen: Privada. Patio del Albergue de Peregrinos de Hospital de Órbigo, León. Creative Commons.

jueves, 29 de agosto de 2013

Querido compañero de viaje.

Querido compañero de viaje:

Me levante esta mañana pensando en que algo había cambiado en nuestra travesía cotidiana, pensé en que quizá fuera cosa del tiempo o de algún virus pasajero de esos que nos dejan varios días en casa en cama. 

Pensé mas tranquilamente en que quizá fuera tan solo una idea tonta o una obsesión que a veces nos asaltan muy de mañana. Me senté todavía sin haber puestos los pies en el suelo, y mire a un lado y a otro como esperando que algo sucediera y me sacara de mi estado.

 Parecía que todavía no había amanecido ya que estaba oscuro fuera y tu dormías. Respirabas acompasado y bien quitecito ajeno a lo que a tu lado sucedía.

 Puse los pies en el suelo frió y corrí dando un paso sobre otro huyendo del calor de el lecho que hasta hacia poco compartía. Me aleje andando a oscuras sin saber a cierta a donde me dirigía, aunque conocía donde me movía, el estupor y todavía la sorpresa me embargaban, no pudiendo pensar con nitidez todavía.

 Me encontré en medio de el salón descalza y en pijama, tal vez  hubiera sido una broma buena de contar en una reunión de amigos quizá pasado algún tiempo.

 Pero ahora no tenia ese tono chistoso al contrario, me dio miedo, si eso de lo que todos reparo en hablar en decirlo, en confesar que tenemos miedo. Cuando caminamos y entre la gente buscamos sus ojos muchos están sedientos de libertad, esa que el miedo se ha bebido. No es malo un poco de miedo, ya que nos mantiene vivos, pero tampoco en exceso, ya que nos hace cobardes y estúpidos.

 Miro las fotos que están colocadas en las paredes y en las estanterías, las de nuestros viajes y las de los momentos que hemos compartido, los dos solos o con nuestros amigos.


 A oscuras no se ven, pero las conozco como si fuera parte de mi misma. Mas allá en el rincón descansan  los recuerdos de las paradas de este viaje que emprendimos hace tiempo. 

Un palo de lluvia, acompañado de las vieiras y los altos cayados del camino de Santiago. Entre los libros un recuerdo de la Isla de Pascua y en los cuencos piedras de muchos lugares, y conchas y arenas de muchos mares. 

Guías de medio mundo en papel  y tinta se acomodan en las estanterías. La mesa de comer, con 4 sillas. El sofá arropado con una manta  colorida que compramos en algún lugar tan exótico como India. 

Tomo aire y cierro los ojos y sonrió, recuerdo que hace mucho tiempo, también me desperté y sentí miedo, me levante y volví a observar lo que me rodeaba y en silencio te escuche respirar, mi querido marinero. 

Nadie puede cambiar quienes somos, pero si acompañarnos y hacernos mejores. Por eso no me importa despertarme a veces y levantarme y sentir ese mordisquito llamado miedo, ya que después me despierto y me doy cuenta cuanto te amo y  volver a tus brazos para volver a los sueños es para mi el mejor de los premios. 

Camino despacio y te escucho respirar, entro al remanso de paz. ¿Sera la alondra? y eso que mas da ahora ya no tenemos que separarnos, me acerco a ti me acomodo y siento tu calor.








lunes, 26 de agosto de 2013

Caminos de Santiago. Silo.




     La verdad es que Roncesvalles, el kilómetro cero del Camino para quienes eligen ese ramal y no otro de los muchos posibles, es lugar de bravatas. No debería serlo, por supuesto. El paisaje puede ser majestuoso, pero también intimidatorio. Con una mochila nueva y botas aún sin polvo, la barriga llena, recibida la bendición  (nadie obvia ese rito, crea o no.  Por lo de las meigas, que haberlas haylas) y ganas de paseo a media tarde. Nadie está cansado y todos nos solazamos al fresco, mirando las montañas desde arriba y soñando más que soñaba Don Quijote antes de que, justamente, se echara al camino y empezaran todas sus penas.

     Por otra parte, la oferta es modesta pero variada: aire limpio y árboles añosos para los más "verdes", aroma a buen incienso y devociones para los devotos; mucho arte y hasta un museo para las ratas de biblioteca, y alegre cena para todos. Por haber, hay una caseta de recuerdos, postales y otros objetos al uso, pilas y farmacia para los precavidos. Incluso un paseo nocturno entre viejas tumbas anónimas  (vacías, claro) apropiado para quienes se dan a la meditación o a la leyenda urbana. O de todo un poco, porque nadie quiere aún dormir. Todavía no se está cansado, rugen motores y el entorno se llena de pinceladas de mil sueños antes de caer en notables literas nuevecitas. Sin reniegos, fresco todo el mundo. Limpios y duchados: como patenas. Sin botas que haya que poner aparte porque huelen a campo de batalla.

     Como esa tarde es la de la bravata, más de uno recuerda a costa de los vecinos a Carlomagno y a Roldán, aquel cursilindo carabonita del que había que leer en la escuela, y como llegaron tan frescos y guapos, antes de bajar a pedradas al infierno Roldán y los pares del carallo, y el olifante y las lanzas con pendones. "Mala la hubisteis, franceses, en esa de Roncesvalles"…Y hasta nos reímos entre dientes por lo bajini, que somos muy caínes, y caínes rematados con el vecino de al lado. Vale, ellos no se privan tampoco de meternos las coplillas y el dedo en el ojo. Pero se supone que los peregrinos estamos por encima de eso. Todavía no, que va. Ya lo estaremos: más tarde y bien baqueteados.

     Luego amanece. Con las legañas tenaces, aún tampoco nos hemos hecho a levantarnos de noche. Y el majestuoso paisaje suele estar muy cambiado, envuelto en una blanca mortaja húmeda y desagradable, la espesa niebla fría antes del alba. Lo que ayer eran bravatas se van volviendo interrogantes. Qué remedio. Alguna vez hay que empezar, dar el paso que separa el sueño de lo posible. Y echas a andar.

     Hay un edificio achaparrado. Casi parece estar en cuclillas, callado y gris. Lo llaman El Silo de Carlomagno, ahí es nada. Bueno, en un silo se almacena grano. ¿No? No. En éste se almacenan muertos. Trayéndolo muy muy por los pelos cabría pensar en un retruécano sobre la parábola del grano de trigo, pero para parábolas y exégesis estaba yo, bien calado de humedad ya a los cinco minutos, malhaya mil veces la hora. El Silo, o cripta que es lo que derechamente es sin tanta prosapia, resulta ser el edificio más antiguo conservado del conjunto, del siglo XI. Miras tras los gruesos barrotes de las rejas. Que manía, enjaular a los muertos. En la penumbra no se ve ni carallo, pero llevas linterna. Hala, a estrenar el bagaje estilo Indy Jones. Y nunca mejor dicho, porque enciendes el afilado haz de luz, enfocas, y por todos los demonios que debe haber ahí adentro novecientos años de fiambres. Cadáveres, suena más respetuoso. Ojo, nada de gore: son huesos pulcramente amontonados, secos y amarillos. No huele a nada. No salen ratas ni serpientes ni bichos. Pobres bichos, que iban a comer.

     Luego te enteras de que aquí empieza a aparecer retazo a retazo la leyenda de Carlomagno y sus diversos episodios, que te acompañarán por muchas leguas y muchos paisajes. Leyenda: son los huesos de los gabachos, hala, sirva de escarmiento. De escarmiento te vale cualquiera: viendo tanta gente, empiezas a personalizar las desazones que ayer estaban bien ocultas bajo la bravata. Peor saber la verdad: que es el osario del Albergue de Peregrinos, porque eran legión los que morían tras pasar los pirineos. Carallo, para eso mejor haberse muerto antes y te ahorras el subidón y la bajada. Profético suena pensar eso; en distintos tonos, y de muy variados humores, lo pensarás mil veces según camines. Pero vamos, que lo que se ve  -esto es, lo de encima- es el osario de los canónigos de la Colegiata actual. Imposible no especular hasta cuan abajo habría que meter una vara de metal para dar fondo. Imposible no mirar en torno hasta donde alcanza el haz de luz de la linterna calculando metros, metros cuadrados y metros cúbicos, y cuanto ocupa un muerto desmontado, y qué ejército hay ahí abajo.


     La leyenda de Carlomagno tiene rostros más amables, como cierta frondosa alameda junto a un río de la que dicen que los chopos son los vástagos de las lanzas de los franceses, que echaron raíces en una noche. Pero las capillas funerarias, los osarios, las historias extrañas y los muertos te van pisando las botas durante todo el primer gran tramo del Camino. Si gusta guiarse por leyendas, merece la pena estar atentos. De Roncesvalles a Burgos, trames mortium: los senderos de los muertos.




Imagen: Osario del Silo de Carlomagno, www.labitácoradeltigre. autor Eduardo Larequi. Con licencia SafeCreative (Reconocimiento, Uso No Comercial).

viernes, 23 de agosto de 2013

Noche estrellada.



Pasada la medianoche  hay quien duerme plácidamente,  y que descansa de un largo día de estudio o de trabajo, de alegrías, de tristezas, de la monotonía de todo lo que conlleva este mundo en el cual habitamos. Hay quienes no pueden dormir y es el insomnio su  compañero de mil y una batallas. Un buen libro, escuchar la  radio, o quizá repasar la jornada, o en ocasiones hechos que ocurrieron hace mucho tiempo. Las luces de la calle brillan mortecinas entrando por las rendijas de la persiana mientras la ciudad se adormece. Muchos llevan con resignación las horas de vigilia, quienes vigilan a los que duermen, quienes quitan las gafas de quien se quedó viendo la tele dormido. Un beso en la frente y la voz del televisor enmudece. Sólo unos pasos sobre el frió suelo, mientras en algún lugar un perro aúlla buscando compañía y consuelo. Las sirenas ya no se escuchan, los coches siguen pasando, jóvenes que vuelven de una fiesta de universidad, o de un sarao. Se llaman a gritos unos se juran amor eterno, mañana te llamare. Otros traen en los pies algún vaso de plástico o una botella encontrada en algún rincón. Piedras que golpean una ventana, esperando que su Blanca le abra la puerta, mientras que la Blanca en cuestión está bastante negra, y espera a su amado armada para la guerra. Hay quienes buscan en lo que dejaron otros, amparados por la noche su sustento. Otros recorren la ciudad montados en mastodontes de hierro, que alimentan para que dejen de gruñir. Todos duermen, otros se despiertan, por que es la noche su vida, el momento de buscar su presa. Son las sombras su amparo y la madrugada su droga. Pasos de alguien que olvidó el camino a casa y encuentra en el banco del parque una suite hasta que llegue el alba. Gritos atenuados por las risas, hay quien juega al escondite, y quien prefiere jugar su vida y la de los demás a la ruleta rusa. Un disparo, esta vez no había bala. Mañana será otro día. Cada vez los ruidos se suavizan y la noche sigue su camino. Unos buscan en sueños, otros miran el reloj, convencidos que siempre marca la misma hora. Noche... de satén y de algodón, de unos y de otros de batas blancas y monos amarillos. Noche de naufragios de sueños por hacer, de anhelos susurrados. Noches que empiezan y acaban, con la seguridad que no será la última.

Fuente Imagen: Wikipedia Creative Commons. 


Por Tutatis...





Casi siempre, quien cuenta las cosas es un arqueólogo (o arqueóloga) de medio pelo, un becario trincado por una tesis doctoral. Otras veces es un/a cabezaloca con suerte que encuentra lo que nadie había encontrado. Entonces, ha de decidir. Cree que puede decidir, pero no es cierto. Si no comunica su hallazgo lo lleva crudo. Si lo hace, será de su Departamento. Conste que yo me fui de tales belenes antes tan siquiera de tener que planteármelo. Me hicieron una oferta. La rechacé. ¿Hice bien, hice mal?...

Supongamos una cabeza loca que va como en peregrinación de ruina en ruina. No hay carteles. Ninguno que diga “No pasar”. Tampoco ninguno que diga “Si subes esa escalera o trepas por ahí, no somos responsables.” Ya. Se supone que la aventura es eso. Tú juegas, arriesgas. Si te matas por amor a las piedras, era tu Destino. Eso me parece justo.

Imaginaos que sois unas cabezaslocas que veis una abadía en ruinas. Nada más que eso. Ay carallo, esto sale gratis. Igual nadie es un especialista, pero eso no vale de nada. Antes hay que serlo de otras cosas que Salamanca no enseña. ¿Cuántas piedras faltan, y de dónde? ¿Dónde hay nidos de pájaros y huras, rastros de animales que van y vienen? ¿Esas tentadoras escaleras medio caídas muestran excrementos? ¿Humanos, o animales? Mira desde abajo. ¿Faltan piedras en la plementería de las bóvedas?

Ya.  Puede parecer un test de Tocameroque. Es la diferencia entre la vida y la muerte. O entre la vida y la paraplejia. O entre la vida y un año de rehabilitación durante el cual, con grandes lágrimas de alligator, tu precario puesto habrá sido ocupado por otra persona.

Pero a veces, hay suerte. Alguien se trepa y baila allí donde los ángeles no se atreverían a pisar. Con una linterna. Siempre se les olvida hacer un mapa mental, un croquis, y llevar mascarilla. Vaya todo ello al carallo, son veinteañeros. Son inmortales. Hacen todo lo que no debían –ahora que nadie los ve y pueden hacer aquello en lo que creen- y se ponen a quitar telarañas. Y a raspar un poco, como les han enseñado. Nunca en el centro, los bordes. Lo están tocando, sin nadie que les robe el escenario, sin nadie que los abronque, sin nadie que les recuerde que son siervos.

Entonces sucede. Lo que sólo has soñado en pesadillas. Todo cruje, y la capa enfoscada de la bóveda se te cae encima.

Por Tutatis…el cielo cae sobre mi cabeza. En realidad, no. Ha caído una capa de cal, polvo blanco, telarañas secas y alguna piedrecilla suelta. Respirar hondo es la peor de las ideas posibles, pero es lo que la inmensa mayoría hace.

Una cabezaloca seguro que no lleva casco. Los buenos son muy caros, y los que incluyen frontal ya forman parte del delirio soñado. Tampoco llevan una buena linterna, una halógena ajustable de foco con filtros de color que harán genial tu fotografía. Ni de coña. Cierto que nadie les ha enseñado que un casco de obra bien forrado por dentro es más duro que los de pijolandia, y que los filtros de color de una linterna valen con poner ante el foco un trozo de papel celofán del tono deseado. Eso, así a la arcaica. Sin Photoshop. Tampoco lleva máscara. Algo mucho más grave. Dos euros de media. Ni guantes gruesos. Un euro en las ofertas de jardinería de cualquier gran superficie, que para eso están. Para hacer maravillas sobre sus residuos.

Pero no te han contado eso. Te han hablado de impecabilidad científica (o sea, de eres un becario tonto, Simón, y si eres listo, lo que encuentres será mío) y de que hay que ser organizados y esperar subvenciones y seguir los pasos y cada cosa vale un huevo y tú no puedes. NO puedes. Sin mi firma y mi aval, no puedes. Ni se te ocurra. No puedes.


Sí, se puede. Pero hay que elegir. La vida respetable del siervo que jamás sacará una brizna del tiesto de sus (ahora) iguales, o la vida de quien busca. No es una decisión fácil de hacer. Por si alguien se ha entusiasmado demasiado con la épica, nunca publicará entre los académicos, y posiblemente nunca llegará a fin de mes. Y eso, que es muy real, hay que meditarlo.


Imagen: Wikipedia, bajo licencia Creative Commons.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Épica termina en "a".





Cuando pudo abrir los párpados hinchados vio luz. Una  lámpara de sebo. Brillos de humedad en el muro. Su aliento formando vaho, casi congelado en torno a la boca. Muchas pieles lo cubrían: el camastro era blando, de lana. La sábana, limpia. La puerta no estaba cerrada. Fuera se oían botas de fieltro, los pasos pesados y lentos de alguien que guardaba la entrada. Todavía no estaba muerto. Lo habían lavado, vendado, acostado en cama caliente. No tenía sed. Podía oler las mezclas de hierbas de sus emplastos. Hay cosas peores.

En cuanto lo piensas, hay cosas peores. En el corredor, tras la puerta abierta, se reflejó otra luz. Muchas luces, muchos pasos nuevos bajando la escalera. Cerró los ojos, intentando no mirar para que no fuera real. No sirvió de nada. Una doncella le alzó la cabeza y le indicó que bebiera del cuenco que le ofrecía. Era caldo espeso y caliente, caldo de carne. Obedeció. Tras reconfortarse con la sopa, otra mujer le hizo tragar un cocimiento conocido para la fiebre. Y entonces vio a la tercera, la viuda de Argantyr. La suerte está echada: las runas ruedan por el suelo. Ahora ya nada puede cambiarse.

Las tres se sentaron en torno a la cama. Y le preguntaron por qué estaba tirado en la arena fría, molido a golpes, sangrando y abandonado. Nunca mientas a las madres, pensó. Les dio respuesta: como esclavo había seguido a Hervor, su ama, saliendo a vikingo en un buen barco con muchos remos y hombres. Había servido a Hervor trabajando, limpiando, remando. Y cuando ella les ordenó poner proa a la isla vacía, no había discutido. No recordaba mucho más.

La doncella que le había ofrecido el caldo hizo un nudo en su ceñidor. Era joven, parecía suave. De algún modo el esclavo supo que podía matarlo con sus blancas manos sin hacer gran esfuerzo, y sin que se le moviera un mechón del  largo cabello rojo cobre. Ella parpadeó despacio. 

-      Has mentido una vez, le dijo. Pero has mentido por miedo, eso te lo perdono. Serviste bien a tu ama Hervor. Cuéntanoslo todo.

-      Salimos a vikingo. El viaje iba bien –continuó- Antes de mediar la temporada ya teníamos en las bodegas cuanto necesitábamos para volver con honor, fama y mucha riqueza. Los hombres hacían sus cuentas. Una hazaña más, y de regreso.

 Hablaron mucho sobre ese plan mientras él, el esclavo, limpiaba la cubierta y preparaba la comida. No lo trataban mal, había para todos. Hasta para que el ama le hiciera un buen regalo por su trabajo y su fidelidad. No recordaba cual fue su nombre antes de que lo capturaran de niño, pero el ama y todos lo llamaban Hestur. Caballo. Porque siempre había sido fiel.


Hervor ordenó poner proa a la isla vacía, la isla silenciosa. Sus hombres obedecieron de mal grado. Y cuando llegaron a la costa, se negaron a acompañarla. Cosas de mujeres y hechicerías, mejor custodiar el barco repleto. Ella admitió bajar sola, pero les advirtió: Caiga sobre vosotros, sobre vuestras madres, tías, hermanas y mujeres, sobre vuestras hijas e hijos, la maldición. Sean ruina vuestras casas, que nadie os queme en una pira ni vuestros espíritus encuentren el camino, si no me esperáis. Juraron por todos los dioses esperarla. Habían jurado. Hervor era su ama, una doncella guerrera que podía maldecir hasta el fin del mundo. Y ser oída por quienes tejen las vidas más allá del fin del mundo.

Hestur el esclavo no los creyó. Tenían miedo, tentaban a la suerte y al destino. Se dejó deslizar quemándose las manos por la sirga, cortó la gruesa soga y remó con el bote hasta la orilla negra. Los del barco miraban otra cosa. Miraban los montículos verdes de musgo que sobresalían del suelo. Miraban, dándose unos a otros con el codo, una luz que ardía encima del túmulo principal. El de Argantyr. Las luces no arden si no se las alimenta. O tal vez era asunto de hechicería, de la maldita espada que forjaron los enanos con tres maldiciones. Quien te desenvaine sepa que no volverás a tu vaina sin haber segado una vida. Que la casa del imprudente que hizo forjar la espada será polvo en el viento. La espada mató a su primer amo, y mató a sus doce hijos. Falta una desgracia, la tercera. Él, el esclavo, había varado el bote y no recordaba más.

La mujer que le había dado el remedio contra el frío y la fiebre lo miraba ahora. Con la solidez y la realidad implacable de una reina. Un solo mechón de plata se entretejía en su gruesa trenza. Vestía de rojo, con una capa de piel de lobo a la espalda, y sobre su vientre abultado de muchos meses destacaba un sencillo ceñidor. Sus dedos distraídos hicieron un nudo.

-      Has mentido dos veces, dijo. Pero ahora has mentido por no revelar lo que hizo tu ama, y por eso te perdono. Cuídate de mentir la tercera vez, porque la madre anciana no perdona. Piensa. Cuéntanoslo todo.

El esclavo pensó. Se incorporó un poco en la cama, tosió, acomodó las pieles. Y las miró. A las tres.

-      Madres -dijo- Si lo que cuente ha de  costarme la vida, os ruego misericordia. Que sea rápida mi muerte, porque nada he hecho salvo ser fiel a mi ama.

La viuda de Argantyr entornó los párpados, asintiendo.
   
-      Muy cierto es. No deseamos tu muerte. Habla, y tal vez cambie la marea de tu destino. Olvida quien soy, o quien fui. Cuenta todo lo que viste y oíste, lo que entendiste y lo que no. Tómate tiempo.

Cerró los ojos y se dejó llevar casi hasta el borde del sueño, como había hecho cada noche desde que salieran a vikingo. Agotado. Cansado tras las largas jornadas de verano cuando apenas se pone el sol. Tan cansado que dejaba de sentir el cuerpo, las agujetas, las llagas, los golpes. Disfrutó de aquella sensación. De no sentir nada.  Entonces respiró profundamente.  Habló.

-      No creí en lo que habían jurado los hombres, porque tenían miedo –dijo- Tenían tanto miedo que empezaron a beber y a reírse para olvidar que Hervor era su ama, y la estaban traicionando. Se pusieron todos a mirar por la borda, de puntillas para ver mejor, pasándose las jarras. Entonces yo aproveché para bajar por la soga, cortar la amarra y remar sin hacer ruido hasta la playa. Ellos miraban otra cosa, la miraban a ella. Y miraban la luz que ardía sobre el túmulo de Argantyr, como un fuego fatuo. Varé el bote, lo dejé seguro y me acerqué. Pensaba dejarme ver y hablarle a mi ama. Entonces vi que se levantaba las ropas, se desnudaba con los pies plantados en la tumba de fuego, sacudía la cabeza para que ondeara su pelo y se hacía un corte con su puñal. Se agachó y dejó caer sangre en el túmulo verde. Bailaba. Bailó dando nueve veces la vuelta a la tumba, pero el viento estaba a mi favor y no pude oír lo que cantaba.

La viuda de Argantyr rozaba con los dedos su ceñidor blanco sobre sus negras ropas. Asintió con la cabeza, mirando al esclavo. La marea de tu Destino ha cambiado esta noche –dijo- Continúa.

-      Los del barco se quedaron en silencio. Puede que la bebida les estuviera haciendo efecto, o que algunos recordaran lo jurado y pensaran en bajar a la isla. No puedo saber qué pensaban. Pero sé que llevábamos todo el verano a vikingo, sin ver mujer alguna. No tengo que decir que…-miró en torno- no sé si hace falta que lo diga, madres.

-      Sería divertido –la sombra de una sonrisa pasó fugaz por el rostro de la anciana- las cabras, las ovejas, escupirse en las manos o convertir a los recién llegados, los niños, en buenos vikingos. O disputar por quien mejor puede protegerte, o dejarse de tales necedades y disfrutar un poco. No hace falta que lo digas. Supongo que la bebida hizo que algunos bajaran a la isla, y no por honrar su juramento. Continúa.

-      Algunos bajaron. Pero si la borrachera los había hecho bravos y duros, se les pasó enseguida. Vi que tenían mucho miedo. Se les abrían los ojos como a las lechuzas, se quedaron quietos, tocaban sus amuletos y daban un paso atrás. Porque desde el túmulo de Argantyr se había alzado una sombra, algo que parecía vapor y luego tomó forma. El espíritu de un hombre armado. Empezó a decirle a mi ama que la espada de los enanos estaba maldita y no debía reclamarla, ni aunque tuviera derecho como heredera. Mi ama no atendía a sus razones. El espíritu amenazaba, pero ella cantó otra vez. Y entonces oí el principio del canto, una canción sobre árboles que hizo que el viento se detuviera y que los hombres cayeran al suelo, aterrados. Oí que cantaba sobre el blanco del abeto, y recuerdo el canto: “Como el abeto blanco es blanca la lechuza, y muy blancos son los huesos en su nido, y la nieve en la montaña”. He visto a la lechuza, he visto abetos. Pero el canto me heló la sangre sin saber por qué, y me tiré al suelo y me tapé los oídos. No sé qué más cantó. Cuando levanté la cabeza los hombres seguían postrados, y ella había cavado y sacado la espada de entre los huesos de las manos de Argantyr. La luz errante del túmulo se apagó. Y los hombres despertaron y salieron huyendo sin volver la vista atrás, como si los persiguieran los lobos.

Huyeron en el barco, con el botín. Al final yo me mostré ante Hervor, mi ama, y le dije que cuando cambiara la marea saldríamos de la isla. No sé si me oyó. Hicimos eso, costeando la llevé a remo. Pero tal vez con la luz del día algunos hombres pensaron que habían dejado atrás el mejor tesoro, la mágica espada del guerrero. Nos esperaban, ocultos. Defendí a mi ama, y ella se puso a salvo. Por eso, madres, me encontraron apaleado en la playa. Y ante los dioses juro que ya nada más supe, hasta que desperté en esta cama.

La viuda de Argantyr dejó de jugar con su ceñidor. Miro al esclavo, inclinó la cabeza, y le dijo: Cuando te trajeron eras un niño, pero repetías tu nombre. Te llamabas Petros, roca. Las rocas son tan fieles como los caballos. De eso hace muchos años. La marea de tu destino ha cambiado, Petros Hestur. Dime lo que deseas.

-      Que no suceda la tercera maldición.
-      Eso yo no puedo evitarlo. Ni tú. Ni nadie.
-      ¿De ninguna manera? ¿Ni pagando un precio?
-      De ninguna manera. No puedes cambiar el destino de tu ama, pero sí el tuyo. Piensa en eso mientras te repones. Y elige bien.



El ciclo de Tyrfing es una colección de leyendas nórdicas relacionadas entre sí por la espada mágica Tyrfing, forjada por los enanos Durin y Dvalin; pero la imposición que estos tuvieron por parte de Svafrlami, rey de Gardariki  -que nunca fallase un movimiento, que nunca se oxidase y que atravesase una armadura igual que si fuese la ropa- tuvo la contrapartida de tres maldiciones por parte de los enanos: un hombre debía morir cada vez que fuese desenvainada, causaría tres grandes malas acciones y sería la perdición de la Casa del Rey. Finalmente, el rey Svafrlami perderá la espada al enfrentarse con el berserker Arngrim, que se la regala a su hijo Angantyr.

Entonces, la nieta de Argantyr y mujer guerrera, Hervor, recupera la espada gracias a ciertos conjuros mágicos. Y así, la espada llegará hasta su hijo Heidrek el Sabio. Heidrek mata por error a su hermano, y Hervor perece en una batalla. Ya se han cumplido las tres malas acciones de la maldición que los enanos echan sobre Tyrfing, y de ese modo llega a su fin la estirpe de Svafrlami.


Nota: En la Saga existe un esclavo –sin nombre- que juega un papel en el desarrollo de la maldición. Nunca se dice que fue de él, al igual que no sabemos qué sucedió con la espada.





Bibliografía
 http://sagaland.blogspot.com.es/search/label/La%20Saga%20de%20Hervor

Imagen: Muerte de Hervor, por Peter Nicolai Arbo. Wikipedia, bajo licencia Creative Commons.





martes, 20 de agosto de 2013

Doña Elvira, la viajera.


Corría lo que le permitían sus pies y el sol de justicia que le calentaba la  tonsura, mientras iba rezando a la virgen María que,  como señora suya que era, de féminas entender debía y era la única que podía ayudarlos.

Entró en la iglesia y se postró ante la figura de la Reina del Cielo hasta que recuperó  el aliento, salió por la puerta al claustro, donde varios monjes trabajaban en el huerto. Sus pies sonaron sobre la   piedra e hicieron eco, rompiendo el silencio y la oración de sus hermanos. 

Siguió su camino hasta entrar en la sala capitular donde encontró al padre prior que despachaba los asuntos diarios del monasterio.  Se mantuvo en un segundo plano hasta que no pudo aguantar más:

- Padre…. Noticias vienen del camino, que dios nos guarde, que Doña Elvira señora de Toro e infanta de León, el ama  se acerca a visitar sus heredades, y la nuestra es la próxima.

El padre se persignó por dos veces antes de decir nada, y dejando lo que estaba haciendo emprendió camino seguido del mensajero. Mandó tocar la campana para llamar a todos los hermanos a reunión.

Sonó la campana y la tranquilidad del lugar se rompió y los frailes se recogieron en el refectorio, sentados esperando que el  prior les hablara. Todos conocían el nombre de su benefactora, por cuya salud y bienestar rezaban a diario.

 Antes de hablar el padre los miro uno a uno en silencio, algunos de ellos, los de más edad, ya sabían lo que implicaba la visita de tan ilustre señora. Los más jóvenes sin embargo lo ignoraban.

Dispuso los preparativos para la visita que no tardaría en llegar puesto que  no convenía que la señora no quedara contenta.

 Llamó a un lado a los novicios,  señaló a los  mejor parecidos y les advirtió que no quería verlos durante la visita de la señora por el bien de todos, si  no querían ser castigados.

El Prior pensó que era una buena coincidencia que el Abad se encontrara de peregrinaje a Santiago, ya que la visita sólo hubiera  empeorado su salud. Cuando volviera,  según el éxito del encuentro, le relataría lo ocurrido.

Los zagales de las granjas cercanas, que siempre andaban cerca del monasterio se apostaron a lo largo del camino, con la promesa de que cuando llegara la infanta algo recibirían por el servicio prestado.

Cuando todavía no se había levantado el polvo del camino ya la esperaban todos los hermanos a la puerta del monasterio, los legos contentos por un descanso en sus quehaceres, los más jóvenes por la novedad de la regia visita, y los más mayores incluyendo al  padre prior deseando de que todo aquello acabara, y rezando a los santos del cielo y a la virgen porque su señora no encontrara a los novicios.

Cuando los niños llegaron a la vera del prior comenzaba a vislumbrarse algo en la lejanía y se escuchaban vítores  de quienes ensalzaban a la infanta. Los muchachos desaparecieron entre los trigales con una manzana en una mano y en la otra un óbolo.

La pequeña y colorida comitiva se detuvo en la entrada de la Iglesia, la infanta bajó de su montura ayudada por el aguacil que la acompañaba. El prior se acercó y la saludó haciendo una reverencia acompañado por los monjes, legos y aparceros que se habían acercado a darle la bienvenida. 

Ella les devolvió el saludo  graciosamente, con una sonrisa en los labios, y bromeó con el prior sobre que  las noticias vuelan  y resulta  imposible  una visita sorpresa.

 Pidió su limosnera y repartió algunas monedas entre las gentes que la observaban. La lluvia  plateada  trajo más vítores y más buenos deseos para la visitante, quien  entró en la iglesia seguida por los habitantes del monasterio.

Dieron las gracias a Dios  por el viaje propicio. Elvira se sentó en lugar preferente sin perder detalle de la misa ni de los monjes. Sonrió, asintió, y rezó piadosamente ante el altar.

Después entraron en el claustro y ella se sentó en un banco a la sombra del templo a tomar un poco de aire y un refresco para combatir el calor y el cansancio del viaje. Los monjes y legos volvieron a sus quehaceres  mientras Elvira se despedía del aguacil y recibía noticias del convento.

El prior sonreía para sí pensando que Dios era misericordioso y la visita estaba resultando sosegada y sin ningún contratiempo. Entonces ella habló:

- Hemos visto los molinos y tierras que labran nuestros aparceros, y algunos de los rebaños del Monasterio. Ahora nos gustaría ver cuál es vuestro sustento y a que dedicáis el tiempo en el que no oráis.

El semblante del prior no cambió, e invitando a la señora a que lo acompañara, pasearon por el claustro mientras veían a los hermanos trabajar en silencio.

 Los más osados y más jóvenes de vez en cuando subían la mirada durante un momento por contemplarla, a sabiendas de que después tocaría rezar. Pero la penitencia merecía la pena ante el pecado de ver a la que era señora de aquellas tierras.

Habían acabado ya con el paseo por el huerto y la charla con los hermanos que trabajaban  en él. El prior pensaba invitarla a degustar el licor que destilaban, que les había dado fama hasta tierras muy lejanas.

 Entonces  se escucharon ruidos fuera del perímetro del claustro. Dejándole con la palabra en la boca, Doña Elvira caminó hacia la puerta de  salida, donde empezaba  la zona de establos y corrales  que era de donde procedía el alboroto.

El prior nunca supo que fue lo que ocurrió con exactitud antes de que la dama abriera la puerta de la pocilga y salieran corriendo los cuatro novicios seguidos por una cerda y  sus tres rayones.

- Veo que los hermanos novicios han preparado un juego para que no me aburra, aunque creo que podrían haber buscado otro lugar donde esconderse. Los  he encontrado muy pronto.

Al prior se le subieron todos los colores y se le erizó el pelo. Ordenó  a los  cuatro muchachos que presentaran sus respetos a tan augusta dama. Ella tapó su sonrisa discretamente y los felicitó por juego tan divertido . Los pobres muchachos llenos de paja y  barro, con la vista clavada en el  suelo y las orejas tan rojas como el vino tinto, ya  esperaban el castigo que el maestro de novicios les tendría preparado.

Nunca se supo si les pudo la curiosidad por ver a Doña Elvira, o tan solo  que el instinto materno de la cerda los hizo salir corriendo. Para gracia de la iglesia y de la madre de Dios  recibieron de su señora buenos dineros para arreglar el tejado, y para que ni a los hermanos les faltara nada ni a la Virgen velas por mucho tiempo.

Dos días y dos noches después de su llegada, tras haber rezado mucho  según algunos  y según otros haber holgado con los cuatro muchachos, ella  se despidió con la color en su rostro y el alma más ligera para seguir el camino. 

Fuente de Imagen: Wikipedia creative commons.  


sábado, 17 de agosto de 2013

Caminos de Santiago. Somos siete.




Las formas de Galicia casi siempre parecen suaves, excepto cuando llegas al borde del mar. Suavemente adormecedoras. Subes, bajas, subes. Colinas, o eso te parecen. Te engañas. Cuando el sol sale, te confías. Cuando llega la niebla no te tomas en serio que puedas perderte en ella.  Si llueve lo das por supuesto. Si el viento te azota, oliendo salado demasiado tierra adentro, casi te parece una anécdota. Galicia no es lugar para turistas con mapa, ni para peregrinos que ya creen haberlo superado todo. Es un desafío. Extraño, suave, viejo, de los que susurran al oído
.
Sabía entonces que aún existen bosques abigarrados. Muy pocos, y ninguno como los que nos cuentan los libros. Pero yo había estado en bosques antes, mucho antes del Camino a Santiago. Al fin y al cabo, domésticos. O asediados. O con claros límites.

Ahora estaba seguro de que los bosques me seguían. Cada vez que miraba atrás me rascaba la frente. Me seguían. Se iban cerrando tras de mí. En una colina más alta, me paré y miré en torno mucho rato.
¿Qué era lo extraño?

Lo extraño es que era cierto: los bosques me seguían porque habían avanzado. Miré. Ya no había cortafuegos, aquellos caminos blancos desmontados que diez o quince años antes se veían tan claros como marcas de garra partiendo el verde de los montes. Habían desaparecido. Estaba demasiado lejos  para poder apreciarlo a simple ojo, pero sobre los cortafuegos había crecido  un sotobosque cerrado, y apuntaban árboles jóvenes. Los más cercanos no tenían quince años. Nadie había desbrozado veredas ni limpiado, ni retirado ramas muertas. Empezaba a parecerse a un bosque de veras, a un bosque no tocado, a un lugar con un poderoso olor a humus donde las hachas eran un recuerdo. Sin duda la memoria de los árboles es muy larga. Pero su capacidad de recuperación puede ser inquietantemente breve.

Me gustan los árboles, me gustan los bosques. No me sentí un intruso, porque no era un intruso. Pero, a veces, podemos oír el susurro de lo que es más viejo que nosotros. Nos provoca extraños sentimientos. Miedo no tenía, ni razones para tenerlo. Todavía.

Los bosques también son esquivamente engañosos porque difuminan la luz, y yo iba buscando mi siguiente parada. No diré como se llamaba el pueblo. Bajando, así visto desde arriba y en rasante, creí que a carallo eran ruinas. No, humeaban dos chimeneas. En pleno julio. El sendero se borró. Había barro, tras el barro más barro, luego un arroyuelo y luego cuatro casas. Contadas, no hay que ser muy listo, me sobraba un dedo de los cinco de la mano. Miré. Ni espadaña ni camposanto, algo de veras raro en Galicia. Total. La alfombra voladora no iba a pasar por allí, de modo que a la aldea, y que Dios reparta suerte.

Una sola calle. Vi a una nena. Saludé, me saludó, me seguía mirando –lo normal- no me quitaba ojo. Sí, yo iba a Santiago. Ella parecía sacada de una película en blanco y negro de los años cuarenta del siglo XX. Pero eso no implica dejar de ser amable. Supe el nombre de la aldea, y me dijo que eran siete. Seguí adelante. Tan desencaminado no iba. Dos chimeneas humeaban, pero pertenecían  a la misma casa. El resto se iba confundiendo con la sombra y la neblina, pareciéndose al color del barro. Balcones como esqueletos de metal oxidado, puertas fuera de sus goznes, ventanas cegadas, tejados de tejas rotas. Musgo resbaladizo.

Testarudo, seguía buscando el referente de la Iglesia aunque fuera una ruina más. Una torre caída, una espadaña sin campanas, un muro de piedra, algo reconocible. Al menos el inevitable camposanto lleno de jaramagos de la más diminuta aldea gallega. Nada.

El viento giró de golpe al noroeste y llegó casi frío. Ahora se oía agitarse las ramas de los árboles cercanos raspando en las esquinas vacías de la aldea. Otra criatura se acercó. Esta vez un niño, o una réplica casi exacta de la nena de antes. Me indicó que ahí mismo estaba el albergue, tras el robledo, en la punta del pueblo. Muchas gracias, chaval.

Había un albergue, sí. Uno de esos impersonales que levantan las comunidades autónomas. Pared con pared de una especie de venta o posada o taberna para comer algo, comprar cosas muy concretas de primera necesidad, y calentarse –en julio- en una discreta chimenea.

El sol se puso temprano, a lomos de una niebla que bajaba de los montes y lo devoraba todo. Húmeda, blanca, espesa. Supe que el matrimonio de posaderos cerraba al caer la tarde. Ellos no dormían en la aldea.

Fuimos pocos los que allí hicimos noche. Salí a eso de las once a fumar, al robledo. Los pies de los robles ya no se veían; aunque no llovía la humedad goteaba desde las hojas verde oscuro, y el silencio era total. Hacía frío. De regreso al albergue se atrancaron puertas y ventanas, y la noche entera  aulló el viento.

El alba resultó aún más inquietante, porque no alcanzaba a ver más allá de tres metros la vereda.  Bajé despacio, y un rato más tarde di en otra aldea con taberna, para una tostada tamaño suela y un café con gotas. Así supe que la de arriba tenía meigallo de tralla y de antiguo, tanto que ni ermita tuvo jamás, ni tampoco cementerio. Oí unas cuantas historias siniestras, contadas con ese tono bajo y esquivo, malévolo, con el que la gente se refiere al vecino maldito. La niebla no levantaba.  Seguí ruta.  Por cierto, éstos si tenían espadaña, modesta ermita, y su camposanto. Curioso, también. Extraño, porque los cementerios de Galicia son escasos de parroquianos, sus muros apenas muretes muy bajos, y suelen estar todos juntos digamos que en cierto desorden. Allí no. A un lado había tres cruces. Como las otras, pero aparte.

Eran siete, me había dicho la nena. Ya. Sus padres, ella, su hermano, y los tres sepultados abajo.




Imagen: Propia, con la misma licencia del Blog.