sábado, 5 de octubre de 2013

Mochila azul, mochila verde: Vara y media.




Depende de la vara, una medida de longitud traviesa y muy dispar. Pero vara y media es un poco más de 120 centímetros. La estatura de un niño de ocho años hace ya unos cuantos.

No recuerdo mochilas. Existían, pero no puedo acordarme de ellas.  Me fascinaban las estaciones y los trenes, las que ya no huelen así. Un olor te lleva muy lejos; reconozco que si tuviera que ponerle adjetivos, algo que los niños no hacen, todo sería bastante punzante. Grasa, cubos de lejía, tapicerías que desprendían añejo perfume a polvo, a cuero. Algo con burbujas, muy picante, a lo que olían los cristales de las ventanillas. Fotografías enmarcadas que ya entonces eran muy viejas y hacían las veces de decoración de los vagones. Eran fotos de otras estaciones, de otros viajeros, de mujeres con trajes largos y señores con sombrero. Y ningún niño. Jefes de estación en sepia con sus banderolas, mozos de equipaje, pañuelos de despedida. Como estar dentro de algo que a su vez estaba dentro de otra cosa. Un largo túnel oscuro de los que cruzas luego en el mismo tren, sólo que del otro lado no hay nada conocido. Supongo que, en el fondo, eso es viajar.

Los vagones azul oscuro chorreaban agua, relucientes antes de salir. Ponía en cada uno de ellos, en letras muy grandes por fuera, ‘Wagons-Lits’. Coches cama. También tenían un escudo dorado, dos leones con la lengua fuera, una corona de hojas y una correa como las de la maleta de cuero que llevábamos. Impresionante.

 Y luego se oía un pitido. Un sonido como si alguna gran bestia resoplara, crujidos de metal mientras el gusano azul se ponía en marcha. Me quedaba mirando las afueras de la ciudad. Era muy distinto a donde yo vivía. Los niños registran hechos, no hacen juicios de valor. Había menos luces. Primero casitas todas iguales. Luego casas espaciadas que podían parecer un pueblo a medio abandonar. Luego, fábricas. O talleres. O lo que quiera que fuera, con luces y camiones fuera y gente. Al final el campo plano, y la noche.

Quedaba ir a cenar. Demostrar ser lo bastante grande como para que nada saliera disparado por el traqueteo y la torpeza. Y luego ponerse el pijama, meterse en la litera (arriba, claro), y encender la pequeña lamparilla para leer. Más tarde ya no recordaba otra cosa que el bamboleo, porque dormía como un tronco.

Por la mañana se repetía el ritual, empezando por mucho frotar tras las orejas. Como volver a ver una película empezando por el final. Que nada salga volando de la mesa del desayuno. La ventana. Campos y postes de telégrafo, un solo poste pasando mil veces a intervalos iguales. Carreteras. Pueblos. El humo gris de una fábrica de cemento. Almacenes, talleres. Suburbios. Y otra estación.

Ese primer día subíamos en taxi, por la maleta de cuero y los paquetes que se llevan de regalo a la familia. Luego era siempre el tranvía 28. Subir era subir muy arriba, casi hasta el castillo. El barrio me parecía antiguo, estrecho, de nuevo  diferente a donde yo vivía. Pero era muy animado. Además, los niños nunca se preguntan si entienden o no otros idiomas. Se las arreglan como pueden. Suele salir bien, tal vez porque no piensas en ello.

Tenía mis lugares favoritos, esos a los que siempre quieres volver. El piso era antiguo y crujía. Había fotos en las paredes, caras desconocidas para mí. Bombillas un poco mortecinas y un pasillo muy largo. Sólo una salita diminuta y la cocina daban a la calle. Dentro penumbra, fuera una luz deslumbradora. La salita no me interesaba, pero la cocina sí. El fogón era un monstruo plateado con una boca por la que echaban leña, que se manejaba con un garfio largo poniendo o quitando argollas de metal. Desde otra ventana lateral se veía el patio común, la gente. Y en esa ventana había una jaula mágica hecha de madera y tela mosquitera de la de alambre. Una alacena. Una fresquera. Allí se guardaban cosas interesantes de las que se piden por favor. Queso, por ejemplo.

Cuando se abrían los paquetes que habíamos traído era de buena educación invitar a los vecinos de la misma planta, amigos de toda la vida. Las personas de la reunión tenían más de sesenta años. Todas, menos yo. Resultaba más difícil entenderlos a ellos que a su lengua, porque hablaban a veces con medias frases, con ironía, omitiendo partes de lo que contaban y lanzando miradas breves como un rayo. Los niños hablan demasiado. Nunca lo decían, pero lo pensaban. Así que era como hacer un puzle con la mitad de las piezas. Demasiado complicado.

Luego había sopa verde de cena. El mal momento. Y la radio y más charla entre ellos tres, ya sin vecinos. Buenas noches, me iba con un libro. Lo bueno empezaría mañana.

Recuerdo a los vecinos, y a algunos de sus nietos. Jugaban a lo mismo que yo. Incluso a algunas cosas antiguas y fascinantes de las que no tenía ni idea, como las tabas. Tampoco los niños hacen comparaciones. A veces se cuentan cosas sueltas si se les ocurre, si los otros te caen bien. Si no, te vas y subes las escaleras. Tú eres el visitante, eso lo entiendes. O los echarás de menos o nunca los recordarás, pero no tienes que vivir con ellos puerta con puerta.

Yo había vivido algunos años junto al mar. Lo echaba mucho de menos. De manera que íbamos a ver la Torre de Belém, nada menos que un castillo con los pies en el agua. Y el puerto. Y el puente y ese lugar donde un río enorme se convertía en un océano más enorme. Y los tranvías amarillos y el funicular. Y el otro castillo, el grande que nos espiaba desde lo alto del barrio. Veíamos calles y escaparates, gente yendo y viniendo, caras diferentes, ropas distintas. Palacios, iglesias, museos. Muchos azulejos. En todas partes veía azulejos y botijos con forma de gallo.

Para colmo de la magia había un ascensor de hierro en plena calle. Subía a otra calle mucho más arriba en la ladera. Mucho mejor que un parque de atracciones. Y el tranvía amarillo que trepaba a la Sé te soltaba ante una catedral que parecía un castillo y en la que podías perderte sin hacer ruido mirando cosas nunca vistas. Y eso era el principio. Quedaba mucho más.

Ahora quedan imágenes. Fogonazos de lo que se absorbe sin juicios, sin problemas, sin pensarlo. Y, aviso para navegantes, las fotografías de abajo son actuales. Cuando yo tenía ocho años no conocía a ningún niño que tuviera una cámara. Además, estoy seguro de que no la hubiera usado.












Imágenes (de Lisboa) Wikipedia. 

6 comentarios:

  1. Viajar es la mayor de las aventuras, ya sean recuerdos o una mochila y un billete de planes deseos. La misma vida lo es, te deseo un buen viaje. :)

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    1. Viajar, sea una legua o mil, es magia. Agradezco la que he compartido contigo, viajando. Y la que me cuentas y te cuento cuando fuimos viajeros, mucho antes de que nuestros caminos se cruzaran.

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  2. Los ojos de un niño ven cosas que luego se nos olvidan.

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  3. Tienes toda la razón, Lucas. Aunque no se nos olvidan todas, ni a todos.

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  4. Creo que la misma sinceridad es lo que para algunos hace incómodo el relato. Pero sin duda eso no es tu problema, sino el de quien lee.

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  5. Gracias, Encina: imagino a lo que te refieres. No hay juicios de valor en el texto, como no los hay en los recuerdos de un niño.

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