domingo, 9 de julio de 2017

viernes, 7 de julio de 2017

Apagado o fuera de cobertura




Breve. Jueves seis de julio de 2017, una sala de sillones en las urgencias de un hospital provincial. Media plantilla de vacaciones y el resto, minicontratos del carallo, acojonados. Un error es el fin del mundo. Ya. Yo lo sé, y jugaré esa carta amable y cómplice. El resto no lo sabe. La ansiedad sube tanto como para volver obsesivo el control de la tensión  de los pacientes. Que no se muera ninguno. Que no se me muera a mí.

En el sillón siete está sentado un tal Serafín, así ha dicho llamarse, responde. Indocumentado. No hace falta ser del CSI. Una maletita pulcra, calzado decente, calcetines de hilo negro sin agujeros, rasurado, bien cortado el cabello. Flaco como un clavo. Demasiado flaco. Duro de oido. Muy duro, sorderas. 

Las preguntas de rigor son necias. Si le dices a alguien lo que se supone que siente (cansancio, desorientación, ahogo, sed, hambre) ya sabe qué ha de responder. Eso, a gritos. Sordo. Vale. La doctora de turno ya ha cumplido, pasapelota. Tensión perfecta para una edad estimada en torno a 80. Nada de diabetes. Ni colesterol. Ni hostias. Algo deshidratado. Podían darle agua, pero le cogen una vía. Suero. Ya. Así se queda. Si no, lo pones en la calle con la maletita, los zapatos lustrados y sin GPS.

A las dos horas, discretamente, ya han agotado los recursos y asoma la guardia civil muy discreta también. El del sillón 5 lo ha visto, se ha peleado con sus hijos y ha tirado de móvil. Les describe el auto y les da la matrícula, a los civiles. Le piden que repita. Repite. Y se van a donde Serafín, a voces que es sordo. Dice que nació en tal pueblo y que vive en él, calle tal número tal, con su mujer y sus hijos, oficio tendero y labrador. Sin duda cierto. Hace cuarenta años. Su mujer está muerta, él jubilado con paga (¿Dije antes indocumentado, que incluye cartilla de ahorros?), y sus hijos o uno de ellos es el dueño del auto cuya matrícula ha dado el del sillón cinco. Una lástima no haber sabido, en su día, el número de fax de la guardia personal de Herodes.

¿Más?  



Sin comentarios.


Imagen propia, bajo la misma licencia que el blog.

martes, 20 de junio de 2017

Locusta




Quien mata tiene al menos un motivo. Dentro de lo que se llama crónica negra me resulta especialmente inusual este caso.  Alguien mata a tres miembros de su familia directa y casi acaba con un cuarto. Durante cinco años nadie ha sospechado nada. Los muertos lo son por causas naturales. Incluso cuando ya no le cuadrarían las cuentas ni a los ciegos de Emaús, las analíticas no encuentran nada. Todo es circustancial.  Y no hablamos de Hannibal Lecter. Se trata de una señora con la que nos cruzaríamos sin reparar en ella. Sin estudios. Ama de casa. Primera mitad de los años dos mil, una ciudad de este país, un barrio obrero. Le he llamado Locusta porque ya se sabe: las envenenadoras son mujeres. Y me interesa el caso en sí, no el lugar ni las vidas privadas.

Una opinión sesgada. Suele decirse que la mujer envenena porque no es capaz de ser más agresiva. Obviamente, falso. Envenena por dos cuestiones más simples, ambas históricas. Recoger comida o trabajar la tierra es asunto suyo. Milenios de saber acumulado. La cocina es su feudo. No se envenena con una cerbatana o un dardo, ni con algo que sabe a rayos, ni con algo que quien envenena no come. Nadie sabe que envenena. De acuerdo. Otra cosa es que nadie, en el siglo XXI, pueda demostrarlo.

Por supuesto, ignoramos qué pensaba nuestra Locusta. Estaba deprimida, decían sus hijos adolescentes. Decidieron mostrarle una distracción, algo nuevo. Si era capaz, la pobre, igual le ayudaba. Internet. Facebook. Chats. Era torpe pero se entretenía. Vale.

Vale. Así se le fue quitando la vieja depresión, la de haber enterrado a su primera hija, un bebé aún. Muerte súbita. Sucede. Una desgracia. Cada quien siguió a lo suyo. En susurros a veces, entre vecinas y el barrio, Locusta lloraba. Su marido era un borracho que los trataba mal a todos. Suspiros. Silencios. Ya se sabe. Mientras sea trabajador...

El trabajador enferma. Lo llevan al hospital. Está mal, no se ponen muy de acuerdo. Años de trabajo duro. Lo medican, indagan. Con su baja laboral en regla regresa a casa. Lo cuidan. Todos comen lo mismo, beben la misma agua. El certificado de defunción indica lo obvio (fallo multisistémico, o sea, nada). Enterrado.

Locusta se deprime más. Racional, razonable. Quiere bajar de peso, le sobra bastante. Quiere hacer algo, buscar trabajo, valerse. Ya. Hace un viaje a una clínica. Perfecta, como siempre, deja hechas comidas etiquetadas y congeladas, para meter al micro. Se ocupa de todo. Y cuando regresa, cena con sus hijos de los mismos envases, de los que etiquetó uno a uno. Nada. 

Nada hasta que un día la hija revisa el historial de navegación de su madre. No puede demostrar nada, a esas alturas Locusta ya medio borra su rastro. Medio. El resto son bromas, nada más. Pero la hija sospecha. A esas alturas Locusta tiene tres novios en una red de citas, y a uno le ha prometido matrimonio. 

Cuando la hija llega al mismo hospital (tras un tiempo prudente) el personal médico lo flipa. Alcohólica, muriéndose. Es una adolescente. Pero el historial de la madre y sus desgracias y simpleza sigue siendo inamovible. En casa no se bebe. Comen lo mismo. Hay adolescentes que se trincan los finde la escritura de siete viñas, y el padre era alcohólico. La chavala muere. Autopsia. Cirrosis terminal. Nada más. 

El hermano no se mete en líos, ni desafía a su madre. Simplemente es la última pieza que sobra en el tablero. Sólo que esta vez el carnicero de la familia, que cada tanto pasa a dejar el pedido y cobrar, lo ve de refilón. Se queda tan asustado que se enfrenta a la madre y llama al 112.

Lo que Locusta usaba, químico, es incoloro. Inodoro. Insípido. Puedes llevarlo en el delantal y echar tantas gotas en cada plato antes de que los pongas en la mesa. Tarda seis horas en desaparecer todo rastro. Para el chaval sólo habían pasado dos. Esta vez si hubo una huella. Ninguna en los demás, aunque los exhumaron. Ya puestos, hasta exhumaron al padre de Locusta y sus hermanos, muertos oportunamente tantos años atrás que era para nada, y para nada fue. Había obtenido la sustancia en cuestión sin receta, con su mejor arma: mi marido es un alcohólico que nos maltrata, nadie me cree, soy una simple mujer desvalida, ayúdenme a mí y a mis hijos, nunca supe de que murió mi niña la primera, yo salía a trabajar, yo no se qué hacía él.

Ni yo tampoco. Pero la viejísima línea racional no funcionó. La muerte empieza en la cocina-hay motivos que no han de ser económicos-un forense debe desconfiar de lo que no ve. 

Realmente me impresionó. Y lo he contado sin gore, en plan frío. Hannibal Lecter era un monaguillo: dejaba demasiados rastros y se las daba de inteligente.



Sobre Locusta (la real): 
https://es.wikipedia.org/wiki/Locusta


Imagen propia, bajo la misma licencia que el blog.

martes, 13 de junio de 2017

Diferencias









Nunca pensó en regresar, ni el volver aquella estación. Se había jurado muchos años atrás, olvidar todo lo que sucedió en aquel pueblo cuyo nombre muy pocos recordaban. Bajó del tren mirando a su compañera de viaje. Sus ojos hacían tan solo una pregunta: ¿Que hacemos aquí?

No recordaba haberse quedado dormido y ni siquiera haber salido de viaje. ¿Había llegado su hora?¿Era la muerte quien lo acompañaba?
Nada de túnicas negras ni capuchas, ni la famosa guadaña. Siguió el camino que trascurría la vereda, vació con paso lento y sin prisa. Era una vela, una bandera blanca que señalaba su camino. Camino tras ella. Recordaba los lugares donde  jugó, el primer beso a una pecosa pelirroja, detrás del pilón de la fuente, los amigos, los trabajos,su mujer, las despedidas y el motivo por el que se marcho...Ya no dolía tan sólo a veces escocía, era como esa postilla que sabemos que esta ahí y no se cae y necesitamos quitarla cueste lo que cueste. 

Llegaron a una casa de puerta verde  y macetas con geranios rojos en los balcones, la mujer llamó a la puerta y esta se abrió sola,  entró. Él se quedó en el umbral escuchando.

El hogar estaba encendido y  la madre  y el niño dormían en el lugar mas tibio, la abuela se levantó y escuchó que la puerta de entrada  era movida por el aire, salió de la cocina. Había sido una noche larga, la abuela les dio la bienvenida. Después de todo el abuelo regresó para ver a su nieto. 

Cerró la puerta y los invito a entrar se sentó en la mecedora mientras hacia labores. Las dos visitas miraron a la madre y al hijo durante largo tiempo.

La anciana sonreía con melancolía el día del accidente habían discutido seriamente sobre una tontería. El tren nunca llegó a su destino. Él se acercó y la beso en la nariz como solía, antes de desaparecer en el hogar. Había regresado a casa para quedarse.


Imagen propia bajo la misma licencia que el blog. 


miércoles, 24 de mayo de 2017

Caminos de Santiago: el infierno







Infierno es un viejo cuento de curas, 
un chiste malvado, el polvo que queda
cuando nadie cree en los curas, ni en el infierno.

Infierno es el agotamiento que te seca la boca, te seca por dentro. Y el diablo
en el que tampoco nadie cree, eres tú.

Vulgar es un campo de trampas: cada paso que pesa y mucho, te susurra
sin voces, sin milagros, sin poltergeists, 
nada: nada.

Déjalo, es estúpido. No lo crees, no merece la pena, déjalo
vuelve a casa, escribe un diario ácido, pasa de todo.

La distancia del paso de una bota. ¿No puedo más, a esto 
lo llamáis infierno?

Es el infierno. Des el paso más, o no.





Imagen propia, bajo la misma licencia que el blog.


viernes, 19 de mayo de 2017

El gato al agua







El gato al agua

Había un árbol que daba sombra
al final del callejón. Lo cortaron
cuando la abuela era joven.

Los otros se quejaron, raíces, hojas, mosquitos.
Lo cortaron con hachas.

Luego, cuando la abuela era vieja y yo niño
levantaron un muro de piedra para tapar el callejón.

Los otros se quejaron, los de casitas con jardincillo,
niños de uniforme, autos que robar.

El muro no sería tan alto, dijo la abuela
cuando ya no podía ver que su balcón daba al muro, y no había luz.

Cuando llueve, el agua que busca su camino
horada las raíces del muro,
inunda el callejón, y los otros se quejan
por no poder llevarse el gato al agua.




http://libropalabrasprestadas.blogspot.com.es/2017/05/poemas-prestados-117.html





miércoles, 17 de mayo de 2017

Libros: Marina de Carlos Ruiz Zafon








Me encontré con Marina de manera casual de las manos de una de esas personas que guardan el saber entre cuatro paredes visibles y mundos invisibles e infinitos que son las bibliotecas públicas. Pequeñas copias de ese laberinto de los libros olvidados, tetralogía que escribió el mismo Zafón.

Esta novela es anterior a sus grandes éxitos, como él dice en el prólogo lo escribió a finales de los años noventa cerrando una época de su vida.

Al encontrarme entre las paginas de esta novela, me pregunté que me depararía exactamente. Ya venia con los deberes hechos y  conocía otras obras suyas,  vi en este libro destellos de su propio sello.

Oscar es un joven de quince años que estudia en un internado de jesuitas, su vida monótona y gris cambia al conocer a Marina, una muchacha que vive en un caserón de Sarriá en compañía de su padre. Los jóvenes se verán envueltos en una oscura aventura que les llevara a estrechar lazos.

A simple vista parece una novela juvenil, pero a medidas que  avanzas a través de sus  paginas te das cuenta que no es así. En esta historia hay algo  que nos llevara a un inesperado final.

Zafón vuelve a elegir Barcelona como marco de  una historia de misterio, de lo sobrenatural, donde los cuentos de hadas no son los que nos cuentan. La recomiendo como lectura, y especialmente si estás en una época de cambios quizá te inspire en tu camino.


Imagen propia bajo la misma licencia que el Blog.