viernes, 20 de enero de 2017

Frío








Miraba tras los cristales
al otro lado de la frontera
a su lado oscuridad, frío 
llantos y en la madrugada 
el silencio.

Al otro lado luces destellantes
calles cuidadas, farolas encendídas,
se volvió hacia la habitación
en la penumbra una voz
respondía a una pregunta
no hecha.

Simplemente nacimos 
en la parte incorrecta. 


Imagen propia bajo la misma licencia que el Blog. 


lunes, 2 de enero de 2017

Lagrimas blancas.


La campana había dejado de doblar a muerto cuando el sol se ocultó, el viento barría las  hojas y jugaba con la triste letanía haciendo aun más oscura aquella noche. Habían atado  bien la soga, pero el metal sonaba incitado por el viento bravío que  nada tenia de juguetón.

Dos coches cubiertos se detuvieron en la entrada de la casa. Dentro se escuchaban voces rezar y se adivinaban velas que chisporroteaban. Seis figuras enlutadas y cubiertas por un largo velo tocaron el llamador. La casa quedó en silencio hasta que alguien abrió la puerta. Entraron en parejas mientras el viento cerraba la puerta tras ellas. La mayor se acercó a los finados y sus ojos brillaron detrás del velo. Tuvo unas palabras con una de las vecinas y después se colocaron entre las beatas y comenzaron a rezar haciendo su trabajo diligentemente: lloraban mientras recordaban las bondades del matrimonio, con tanta certeza como si fueran sus hijas, nueras, sobrinas, o nietas. La mayor de ellas no se quitaba el velo, las mas jóvenes la llamaban madre y no se lograba ver nada de ella que no fueran sus ropas.

Manuela, la más anciana de la comarca, no se perdía ningún funeral ni evento social que ocurriera en el pueblo: conocía cualquier historia o acontecimiento que hubiera pasado  desde hacía un siglo. Entre rezo y rezo la buena mujer miraba a la mayor de las plañideras como si hubiera algo en ella que le resultara familiar. Las horas de la madrugada fueron pasando mientras las lágrimas se secaban y los susurros traían recuerdos. Algunos dormitaban mientras otros salían fuera a tomar un poco de aire, las suspirantes se fueron turnando en la cocina para servir algo caliente y  de comer a los asistentes al velatorio.

Algunas de las vecinas cuchicheaban, la anciana Manuela les mandó callar varias veces. Cuando alguien moría y no tenia familia cercana los vecinos mas próximos se ocupaban de todo. Con la llegada de las seis mujeres el trabajo dejaba de ser tal, por lo que  les dijo la anciana a sus convecinas que no tenían de qué quejarse.  Quedaban tan solo algunas horas para que amaneciera, desde donde estaban sentadas se veía el sueño eterno de la pareja. Sus rostros mostraban el paso de los años y el peso de  problemas y  trabajos. Tomados de la mano comenzaban su último viaje en este mundo, con una muda despedida.  

- Sabían que algún día regresarías, las recibieron todas: María, la hija del boticario se las leía y ellos le pedían que escribiera algunas palabras por si alguna vez las llegabas a tener - le susurró Manuela a la mayor de las plañideras, entregándole una caja.

 La acarició  con sus manos enguantadas, mientras por primera vez las lagrimas asomaron en sus ojos. La abrió,  leyó en voz baja las anotaciones de los márgenes. Era una letra femenina aprendida en un colegio religioso. Reprodujo las palabras y expresiones una por una, eso trajo el eco de conversaciones y vidas del pasado que regresaron a sus retinas.

Le dio las gracias a Manuela y salió, las nubes oscuras amenazaban lluvia y la noche retozaba todavía sin querer marcharse amparando a los suyos. Los caballos piafaban calle abajo en un descampado donde los cocheros los habían dejado pastar.

Se acercó y conversó con ellos antes de entrar  en uno de los coches para estar un rato a solas. Había pasado más de un cuarto de siglo, nunca pensó en regresar, las viejas historias de venganza nunca acaban bien. El pequeño espejo le devolvía la imagen de su rostro y mientras miraba recordaba las Sagradas  Escrituras:  "Aquel hombre o mujer en cuya piel aparezcan las manchas blancas de la lepra"

Las palabras resonaron en la iglesia varias veces cambiando su vida por siempre. Grabó en su persona el pecado de la lepra condenándola al ostracismo a ella y los suyos, todo por no haber cedido a sus chantajes y mantener relaciones sexuales con él.

Durante más de un mes permaneció encerrada sin querer ver a nadie, huyendo de todos y de la sombra del párroco. Él nunca se acercó a la casa, pero desde el púlpito sus palabras iban contra ella y los suyos acusándolos de ser la fuente de todos los males que ocurrían en el pueblo. Se encerró y comenzó a languidecer.  Se alejó de sus amigas y de su novio. Las cosechas fueron malas y varios robos e incendios  en la zona trajeron escasez y hambre al pueblo. En la familia de la "leprosa" la miseria pasó de largo, cosa que levantó envidias e ira contra ellos, y comenzaron a culpar a la joven de sus desgracias. Les tiraban huevos y piedras y más de una mañana la casa amanecía pintada con amenazas.

Pocos días antes de la noche de difuntos la joven desapareció de su casa, apareciendo  la mañana de los fieles difuntos en uno de los pozos del pueblo hinchada y con el rostro desfigurado. El pozo se selló y la enterraron rápidamente cerrando el caso como un triste suceso.

Entonces nació su otra yo, se despidió de sus padres, viajó a la ciudad con ayuda del boticario, le diagnosticaron  vitíligo: se trató y su pena la convirtió en  forma de vida. En unos pocos años se convirtió en una respetada plañidera. Velada siempre, su misterio y sus lloros enternecían al más duro de los corazones.

Con los años sus apariciones fueron mermando, ya que solo asistía a contados sepelios. Abrió una escuela donde aceptaba a cinco muchachas nada más para adiestrarlas en el arte del plañir.

Los baños de sol y la playa hicieron su trabajo, le aconsejaron utilizar cosméticos para poder tener una vida más normal, cosa que nunca hizo. Aquel sería el último de sus trabajos y el culmen de su obra. Por la mañana las mujeres de negro descansaron y la casa permaneció tranquila, tan solo algunas de las vecinas y la incombustible Manuela seguían allí a la espera del último viaje de los finados.

La campana tocó a muerto, acompañando al cortejo fúnebre: los zapatos sobre el camino de grava, los rosarios en las manos y las voces susurraban y tiritaban a causa del frio. El párroco los esperaba en la puerta de la Iglesia. Con el hisopo bendijo los féretros mientras el órgano comenzaba a sonar. Las lloronas abrían la comitiva, los lamentos y lloros se hicieron más tenues y bajos. Ya en el altar comenzó la despedida de la pareja.

La anciana Manuela desde su lugar vio en primera fila a las plañideras pero no a la madre de todas ellas. Era el momento  de tomar camino hacia el cementerio cuando el órgano debía sonar de nuevo. El padre miró hacia arriba esperando que el organista comenzara a su señal y se encontró con el rostro de la muerte.

Llevó su mano al pecho sin dejar de mirar aquel rostro blanco, emergiendo de la semipenumbra que lo señalaba como culpable de sus muchos pecados. Un grito ronco salió de su labios, y cayó fulminado al pie de las escaleras del altar. Los que se acercaron a socorrerlo levantaron la vista hacia donde estaba el órgano, donde el párroco había mirado. El pobre organista se levantaba del suelo llevándose la mano a la cabeza en la que había recibido un golpe.

Se llevaron al cura mientras el coadjutor tomaba el lugar de  su compañero, el funeral siguió su curso no sin los murmullos de los feligreses, que recordaban perfectamente los perjuicios y daños que había causado el cura a  aquella familia que se había cobrado su venganza.

La muerte del párroco no se investigó, nadie pareció echarlo de menos, los años y que Dios así lo quiso fueron las palabras desde el obispado. El joven coadjutor se convirtió en cura del pueblo  y la vida siguió su curso.

La casa de los labriegos y sus tierras fueron compradas o heredadas, según la versión de quien lo contara, por la plañidera quien la utilizó como casa de verano. Las malas lenguas decían que la señora que andaba ya sin velo recordaba a la hija del matrimonio que había muerto. Nadie removió tierra ni hablo sobre el asunto, sobre todo desde que la buena mujer invirtió en el pueblo y se convirtió en su benefactora. 




Imagen de Wikipedia 

Autor:Rama.

Bajo la misma licencia que Wikipedia. 







miércoles, 21 de diciembre de 2016

En estos días.




En estas fechas muchos recibirán regalos, del Olentzero, Papa Noel, Reyes magos, y muchos no recibirán nada. En estos días vamos haciendo acopio de los últimos momentos de un año que en general ha sido difícil. Yo me voy a pedir a mi nueva yo del año que viene que tenga mucha paciencia, no cambiar y seguir sonriendo aunque las situaciones de la vida nos den algunos revolcones como los toros de los encierros y que me levante despacio pero segura de que podré con todo.

 No voy a pedir nada que no me haga falta y que tenga valor monetario. Voy a contar a mi yo del día uno de enero que la impotencia de estos tiempos la convierta en creatividad, en nuevas ideas y sobre todo que no se deje cegar por aquello que esta ahí fuera y quiere convertir nuestras victorias en derrotas.

Voy a contarme cuando estén dando las campanadas que aunque el camino sea largo lograremos esos proyectos en los que tanto estamos trabajando. Pensaré en los que se fueron dando gracias por su tiempo y su esfuerzo. Bendeciré a aquellos que están por llegar y sobre todo daré la mano a mi compañero y al presente que es lo único que es cierto.
Me despediré de ese yo de este año que se irá a descansar y a formar parte de la experiencia y de lo que hay que recordar.

No tengo la menor duda de que barreremos más minuciosamente que nunca y echaremos las barreduras (sólo una pizca simbólica, no la pala entera) por el balcón. No hay nada malo en sentirse mal. O muy mal. A medio desarbolar, con el viento en contra y esperando, no viendo, alguna luz. Soy muy optimista. Hasta que dejo de serlo. 

Eso sí, me empecino. En que no hay nada de lo que no se salga, ni males que cien años duren, ni noche que no tenga final. Y para tales tormentas, largas y duras, lo mejor es mirar a los ojos de mi compañera y ver en ellos la misma determinación. Por eso (y por todo) le doy las gracias.


Os deseamos unas felices y tranquilas fiestas: y que el año próximo nos haga mejores, y nos traiga mejores vientos.


Imágenes propias, bajo la misma licencia que el blog.


martes, 22 de noviembre de 2016

Días bisiestos.







Quienes nos habéis leído y seguís haciéndolo sabéis que este viaje es, ante todo, una aventura de superación. De atreverse, curiosear, investigar. Crear mundos. Comentar con todos vosotros, asombrarnos e intentar asombraros.

No sólo os presentamos nuestro primer libro. Os decimos que es parte del mismo camino de colaboración y encuentro. Por supuesto, os invitamos a leerlo. El enlace permite un 'aperitivo gratis', leer un poquito para haceros una idea general y que os enganche.

También esperamos vuestros comentarios, como siempre. Ese largo diálogo que tanto nos enseña al mostrarnos muy diferentes puntos de vista.




Ainhoa y Thorongil.


domingo, 20 de noviembre de 2016

La madrugada.




Para bromas estaba yo. Hacía un frío del carallo, aún era de noche. Cuando se está acostumbrado al silencio absoluto como disciplina y ley, hasta un susurro te despierta. El de una radio a pilas de aquellas de petaca, que tantos hombres se pegaban a la oreja los domingos para escuchar el fútbol. Radio de petaca, si: hasta un chaval medio dormido razona que de madrugada, en 1975, nadie jugaba al fútbol.

Para bromas estaba. Tenía catorce años en un internado con 107 inquilinos más, y acababa de enterrar a mi padre. Mala suerte. Otra madrugada (sin radio a pilas) en la que pasos susurrantes de zapatillas de adulto me despertaron, me dijeron algo así como que hay que ser fuerte y resignación cristiana, y que sin hacer ruido -107 compañeros más- y a oscuras me aseara, vistiera e hiciera el petate para un viaje de muchísimos kilómetros. Mala suerte. Ahora dieron las luces, y nos contaron que se había muerto el caudillo y generalísimo de los ejércitos, el padre de la patria y qué se yo. Alguien murmuró, lo bastante alto como para que pudiera oírlo que genial, al menos una semana de vacaciones. Hoy me reiría con ganas.

La única diferencia esencial entre aquel entonces, tan lejano, y hoy que soy capaz de evaluar como real es que los nenes (menos quien dijo yujuuuu, vacaciones) captábamos la sensación, no la idea, de que ya nos habían jodido. Soy consciente de que queda fatal, pero quince días antes fue lo primero que pensé cuando murió mi padre. Soy menor de edad, soy un niño, y este marrón me lo como yo sin saber cómo defenderme, porque no tengo herramientas para defenderme. Lo de Franco me dio igual, bastantes problemas personales tenía yo. ¿Se murió ese viejo? Ahora verás qué movida. Durante el verano anterior ya comentaba mi padre (supongo que calibrando nunca decir de más a un crío, porque los críos son metepatas por definición) que el viejo no se comía las uvas. Tampoco se las comió él. Me aburrí hasta el asco durante días de luto oficial, me pregunté cuando se acaba el gafe por mis problemas, claro: al militar ese que lo enterraran, y ya vale.

Oí duelos, quebrantos y paranoias, persianas bajadas, susurros, rencores. Por supuesto que no los entendía apenas. Estaba egoísta y lógicamente centrado en mí mismo. Lo recuerdo todo como un gran teatro de músicas fúnebres, rezos, miedos, miradas de soslayo. El mundo giraba y mi tragedia personal ya no valía nada. 41 años más tarde reconozco que eso me enseñó mucho. 




Imagen propia, bajo la misma licencia que el blog.

miércoles, 26 de octubre de 2016

Tang Xianzu el tercer genio.




La vida es muy curiosa: el pasado fin de semana  una noticia de un periódico digital me acabó llevando a una exposición que había en Granada, de la que no tenía ni idea  que existía.


Tang Xianzu fue un poeta y dramaturgo chino que vivió en la misma época que Cervantes y Shakespeare y  aunque no es apenas conocido fuera de las fronteras de su país llegó a tener tanta fama por sus obras  como el cisne de Avon y el manco de Lepanto.





Nació a mediados del siglo XVI en la ciudad de Linchuan, al sureste de China, en una familia acomodada y letrada. Con cuatro años ya leía y con 12 escribía poemas.

Se dedicó a la carrera política al final de la dinastía Ming en la que sufrió muchos sinsabores y hasta el destierro. Cuando dejó la política centró todos sus esfuerzos en escribir.  

Sus obras tienen como protagonista a la mujer cosa bastante impensable en una sociedad como aquella, en la que los matrimonios concertados eran lo habitual y las mujeres tenían un papel secundario. En sus obras también hace una crítica de la sociedad china que vivía el ocaso de la Dinastía Ming.

Escritor prolífico, gran poeta,  es más conocido por sus obras teatrales: entre ellas El pabellón de las peonias que ha sido traducido al inglés y al español, cuya edición ha sido presentada este mes de octubre.


Para celebrar el cuarto centenario de la muerte de este  escritor y de paso presentar la traducción de su famosa obra la Universidad de Granada y el Instituto Confucio hicieron una modesta exposición sobre el autor y sus dos coetáneos antes citados.





 Varios paneles informativos muestran una pequeña biografía de cada uno teniendo como núcleo la vida y  obra de Xianzu. También hay una parte interactiva que lastimosamente no funcionaba por falta de material (gafas 3D) no permitiendo disfrutar en conjunto de la exposición.




Algunas  reproducciones ponían fin a la visita: un traje del vestuario de la  protagonista del Pabellón de las peonias, una maqueta del pabellón, y varios ejemplares de la obra, la traducción al español, el original chino y partituras sobre la música que acompaña a la representación teatral.








Por otra parte en la prensa nacional han salido varias noticias sobre el tema, entre ellas una en la que cuenta que la ciudad de Fuzhou van a crear reproducciones  a tamaño real de las localidades que vieron nacer a Cervantes,  Shakespeare y Xianzu como parte de los festejos del cuarto centenario de su muerte. 



lunes, 24 de octubre de 2016

Marcapáginas.



Releía un libro de bolsillo muy viejo, de esos a los que hay que pasar las páginas estilo barajar cartas para que salga el polvo que almacenan entre ellas. Y luego, sin fallar, estornudas.

Aparte de los estornudos, también salió volando una hoja de papel. Vivediós que eran mejores aquellos cuadernillos; la hoja no ha amarilleado, ni se ha vuelto desvaído el negro de la tinta. Lo usé como marcador que a la vez sirviera de recordatorio sobre ciertos temas y el número de página en las que se desarrollaban. Eso lo recordaba.

Pero no el otro lado de la hoja. Allí me salió al encuentro, como un ejército listo para el combate, una lista de la compra. Lo más vulgar del mundo. Papel higiénico, lejía, esas cosas. Y desde treinta años atrás seguía ahí, estúpida y minuciosa lista, letras bien trazadas, artículos en pulcra columna. Incluyendo dos litros de leche, dato que ratificaba (por si la letra no bastara) cuando y con quien hice aquella compra. Y dónde la hicimos, en un barrio concreto. En un supermercado que hace mucho dejó de existir. Y a dónde fue a parar tras subirla -en ascensor-, y cómo era aquel apartamento. Qué se veía desde la terraza, cómo era el mueble alacena. Treinta años se convierten en un recuerdo tan banal como la misma lista y reaparecen nítidos, indiferentes, rigiendo pretérito perfecto. Dejando tan sólo la terca persistencia de la memoria.




Imagen propia, bajo la misma licencia que el blog.