domingo, 19 de marzo de 2017

Por San Patricio

https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Leprechaun_ill_artlibre_jnl.png?uselang=es



Por fin el ayuntamiento se acordó  de las quejas de los vecinos del barrio, en muchas de las aceras y cunetas la primavera había hecho brotar  la floresta con exuberancia, habitada por todo tipo de bichos e insectos. Se habían creado retenes de jardineros temporales entre los barrenderos. Todo aquel que sabía utilizar el escardillo  tendría que luchar contra la invasión.
Viernes por la mañana un poco antes de la hora del almuerzo, en la calle Olivares: Cipri y Carmen, uno le daba al escardillo y la otra recogía lo arrancado o viceversa.
No quedaba mucho para la parada del bocadillo cuando Carmen recibió una llamada al móvil. Era su recién estrenado marido que la echaba de menos y quería preguntarle que le apetecía  comer.
Mientras habla pasea por la acera, unos diez minutos hasta que se ha percatado de que no se escucha la azada y ha pensado que su compañero estaba almorzando.
Ha colgado el móvil y se ha acercado a él, que le daba la espalda. Parecía no moverse. Ha pensado que le estaba gastando una broma hasta que pasado un rato ha visto que seguía petrificado.
Lo ha tocado y estaba a punto de llamar al 112 cuando ha escuchado una voz que venía del suelo.
- Este miserable se ha cargado mi casa, sois unos malditos gigantes que no tenéis otra cosa que hacer que ir derrumbando casas ajenas.
Antes de que pudiera Carmen cerrar la boca la criatura vestida de verde ha dado un salto y se ha posado sobre la pantalla del móvil que llevaba en su mano.

- ¿Acaso no sabéis que hoy es San Patricio, y que todos los lepechauns nos hacemos visibles para los humanos y nos dedicamos a pasarlo bien?  Tu amigo me ha dejado sin casa....

La pobre Carmen ha tenido que mirarlo varias veces hasta convencerse de lo que estaba viendo.

- ¿Piensas dejarlo así? - le ha preguntado ella.
- Se le pasara, pero ya no tengo casa....

Carmen ha sacado su almuerzo,  se ha sentado en un banco y le ha invitado a almorzar.

- ¿No serás un hada disfrazada verdad?, no las soporto.
-  Soy humana....

- Vale, por eso tuve que irme de Irlanda, la susodicha me tenia manía, no soportaba que su mejor amiga me hiciera ojitos....
Carmen escuchó las penas del leprechaun durante un rato, hasta intentó hacerle una foto con el móvil que no salió.

-  Fotos no... quiero seguir viviendo tranquilo....
Entonces ha desaparecido delante de las narices de la barrendera, cuyo móvil se ha apagado y no ha querido volver a encenderse. Con la desaparición del hombrecillo de verde, Cipri ha vuelto  a su estado normal. Han sonado sus tripas y sin pensárselo se ha sentado junto a Carmen y se ha puesto a comer el bocadillo.

Al terminar ha echado un trago en la fuente y cogido la escoba.  
- ¿Seguimos?  
- Ya es casi hora de irnos - le ha contestado ella mirando al móvil
- ¿Ya se te ha acabado la batería ? Deberías comprarte otro...
- Anda tira.... - le ha dicho con cara de pocos amigos

Por la noche Carmen y su marido han salido a darse un garbeo y han aprovechado para tomarse un par de cervezas. la noche estaba animada y el verde brillando por doquier, en sombreros, globos, pegatinas,  todo ello regado con cerveza.

Después de casi una hora de su chico ha conseguido llevarla a un Pub irlandés que abría aquella noche. La experiencia de la mañana además de rara le había dejado un gusto no demasiado dulce. Se han sentado en la barra y delante les han puesto un par de pintas.

Carmen se ha ido animando. Entrada la madrugada y  en la pista de baile, alguien le ha tocado la espalda. Era el Leprechaun en tamaño humano que le sonreía:

- El mundo es un pañuelo, ya no tienes de qué preocuparte, he conocido a una Meiga que esta de intercambio cultural y ya tengo donde dormir.
Entonces su móvil  ha resucitado.
Cuando ha vuelto a buscar al leprechaun para darle las gracias, lo ha visto formando parte de una conga.
- ¿Quien era?
- Es una larga historia.


Imagen de Wikipedia, wikimedia commons, bajo la misma licencia que la pagina de referencia.





martes, 14 de marzo de 2017

La Marisma



El espectáculo había sido pregonado, clavado por escrito en las puertas de las iglesias para quienes supieran leer y repetido de viva voz en cada esquina. Un acto de penitencia y justicia adecuado en tiempos de Cuaresma. Dios nos juzgará un día, desnudos y culpables. Y sus tribunales en la tierra, clérigos y reyes, ejecutan las sentencias.

Subió renqueando las losas bien escuadradas de la calle de la Magdalena. Encorvado, vacilante, haciendo sonar su matraca. La humedad del río, tenaz y paciente, había vuelto a teñir de musgos tardíos y de verde la piedra, los ladrillos, las sombras. Apenas empezaba la tarde, pero la luz hacía rato que huyó del barrio, y del oeste soplaba un aire a lluvia huraña que no tardaría en desplomarse sobre sus cabezas.

Miraba el albañal mientras mecía como un necio la cabeza a uno y otro lado. Vestido de blanco sucio, vendadas las manos que aferraban un bastón de ciego, con una gasa sobre el rostro. Más vendajes embarrados le tapaban los pies que no hacían ningún ruido. Tropezó con la ronda, se agachó mientras le tiraban piedras rogando misericordia para llegar a la iglesia y los bendijo cuando dejaron de atormentarlo. Un rezagado volvió sobre sus pasos mientras sus compañeros entraban en el figón del Pez riéndose a carcajadas. Nunca lo encontraron, ni vivo ni muerto.

Llamó a la puerta del zaguán de lo que años antes fue la Posada de la Magdalena. Una vez dentro sacó de su zurrón otras ropas, y siguió a Juan Seisdedos hasta una puerta que parecía dar a una alacena. Dividida en dos partes, ahora la posada albergaba estudiantes pobres en lo que fueran alcobas –eso sí, de a cuatro por dormitorio- y pobres doncellas que tejían para ganar el pan y encontrar un casamiento honesto en la parte más modesta del inmueble. O así se pagaban los impuestos reales, y eso se decía con bastante respeto. No eran las Marismas de París un barrio para hacer bromas. Ya no.

El falso leproso tenía un aspecto muy distinto mientras subía las escaleras hasta la planta abuhardillada. Vestido de pardo, como un oficial cantero con su bolsa de herramientas. Había canas en la barba descuidada a propósito, y entre los tiesos mechones rebeldes de rubio que se escapaban bajo la capucha. Una niña salió a su encuentro con una linterna sorda entre las manos; se permitió una mirada y una sonrisa dedicada sólo a ella, mientras la doncella bajaba los ojos.

-Tuve una hija –dijo- Si aún vive será ya una matrona, mucho mayor que vos. Pero en mi último recuerdo se os parece, y por eso os he mirado.

No supo si se sentía aliviada o dolida. Le entregó la linterna y señaló el corredor sin decir palabra. Ni palabras ni respuestas, la vida es así de silenciosa. Llamó al llegar a la cortina. En su día, los justicias se habían llevado las puertas de roble y cuanto pudiera valer una moneda. En el nombre de la Madre se descorrió el paño pesado, recompuesto varias veces, cercano ya a apolillarse. Vestida de piadosa viuda, el ama dibujó una sonrisa amigable y remota.

-Todo está ya hecho –le dijo- Falta el ruido y el negocio, y de eso vamos a ocuparnos muchos esta noche. Habrá para todos: milagros, bolsas robadas, algunos ajustes de cuentas y un poco de justicia. Dicen que esta misma tarde se ha perdido un mozo de la guardia, por cierto.

-Se habrá equivocado de taberna.

-Eso creen los testigos que no han visto nada. Hoy eres mi hermano el cantero, y tenemos garantizado un buen lugar lo bastante cerca como para dominarlo todo.

El hombre sonrió a medias mientras ella sacaba de una vulgar alacena dos jarras y las llenaba de vino. Sin aguar. Y no de figón.

-Puede que sea lunes de cuaresma, hermano cantero, pero yo te absuelvo. Va a ser una noche larga. Ahora nos traerán algo caliente para comer. Una vez estemos fuera, no pruebes bocado: nada de lo que se venda o se reparta, en especial panecillos trenzados. Ni agua.

-Muy largo tenéis el brazo los de la Marisma, señora.
-Como si no supieras quienes somos. ¿Y vosotros? Tampoco os habrá sido fácil entrar y salir de la cárcel mejor guardada del reino.
-No ha sido barato –sacó de su morral de herramientas una bolsa- Ni lo habrá sido regar los haces de leña de manera que no  levanten sospecha, y pagar a un judío experto para calcular tiempo, mezcla de polvos de azufre y detalles. Aquí está el justo precio por lo que puede pagarse. Y mi palabra en nombre de los míos: cada problema que tengáis en las Marismas es también cosa nuestra.

-Dicen que hay tres ballesteros ocultos. ¿Es cierto?
-Por si todo falla, señora.
-Si todo sale bien, nos serían útiles esta noche. La guardia del rey, ya sabéis. Resulta desagradable para mis estudiantes, mis pupilas, y la paz en las calles.

-Habíamos pensado eso mismo: hombres de armas buscando pendencias. Muy poco cristiano en cuaresma.
Levantó la copa, sin apresuramiento. Sin ira visible. Dedicando al hombre su media sonrisa.
-En el nombre de la Madre.

Tocaban a vísperas las campanas de los agustinos cuando les abrieron paso hasta un estrado improvisado, y tres docenas de canteros cerraron filas en torno suyo formando una muralla de músculo y mazos. En las ejecuciones públicas y sonadas siempre era igual: lugares reservados, revoloteo de niños, codazos, pisotones, y negocio. Cortabolsas profesionales, dulces recién horneados, panecillos trenzados, agua fresca, ramilletes de hierbas para evitar el humo, el olor a carne quemada o los demonios que huían de los herejes retorcidos. Juegos de dados de tapadillo, porque era cuaresma. Apuestas sobre quien moriría antes. Dignísimas viudas enlutadas rezando a gritos, con tijeras y bolsas bajo las gruesas faldas para recoger cenizas, huesos, sangre coagulada, retales, cualquier cosa. Luego serían reliquias de mártires o materia prima para brujas, eso ya según se pujara. Hombres atraídos por tantas mujeres juntas y apretadas, buen lugar para escapar de la maldita cuaresma con novia, o con un rato de bromas, o con unos pellizcos y una bofetada. O con una puta disfrazada de doncella, que de todo cabe en una fiesta del rey y la iglesia.

-Cuaresma –le susurró el cantero a su hermana por aquella noche- Ya se han cerrado las tabernas. Y veo muchos que camuflan odres vendiendo vino.

-Milagros que Dios hace, hermano. Conste  que es vino del bueno sin aguar, como en las Bodas de Caná. Caro, aunque más caro va a ser el tumulto de borrachos de aquí  a  que termine la fiesta.

Murieron como mártires, emplazando a sus verdugos, sin sentir dolor por la gracia de Dios. El viento canalla se llevó el humo dejando ver un espectáculo perfecto, nadie pensaría que los troncos habían sido regados. Y con el toque de ánimas una luz blanca, deslumbrante y sobrenatural salió de las cenizas, recta hacia el cielo que llevaba  horas llorando. Dijeron que el rey hizo cerrar los postigos furioso como la hidra, esa bestia demoníaca.

El lunes de cuaresma, once de marzo, se recordó en los púlpitos de París por los desórdenes: robos, visionarios, tahúres, putas, ladrones de casas, borrachos y otras almas condenadas: las de los muchos que cayeron al Sena, y los tantos de la guardia del barrio de las Marismas que jamás fueron hallados ni vivos, ni muertos.




Nota: este cuento es la ‘segunda parte’ de 'Balanza’: os dejo el enlace porque han pasado años desde uno al otro. 


lunes, 13 de marzo de 2017

Una caja de confort



Estaba lloviendo fuerte; el autobús se detuvo despacio para no salpicar junto a los restos de la marquesina sin techo, agujereada a pedradas. Se dieron las buenas noches. Conocía de memoria el asiento más a resguardo de corrientes de aire cada vez que se abrían las puertas, el nombre del busero y buena parte de su vida, el número de paradas con un reloj interno. Sentada en su caja de confort envió un par de mensajes esperando la musiquilla de respuesta. Se miró en la ventana sucia de lluvia y regueros rojizos. 

Contaminación, le llamaban ahora al polvo rojo. Con la cara limpia, ropa de faena y el pelo esperando peluquería. Un par de canas traidoras. Gorda para nada, con curvas. Tampoco guapísima, aún picaruela, resultona, en la frontera en la que la vida otorga el brillo cegador del otoño.

Se vestía de faena como quien se pone una máscara protectora. Aquel horno de toda la vida, donde entró a trabajar a los dieciséis, medró. Ya lo decía su madre, que todo se va a la mierda menos el pan, las funerarias y los bares. Ahora era una empresa moderna en un polígono industrial, horno y pastelería con maquinaria último modelo. Y ella, Asunta, la decana. Cuarenta años macizos en la empresa. La ventana del autobús le devolvió una sonrisa. El pan nunca se había ido a la mierda. Había tonteado en las verbenas con Antón, el padre del busero. Era guapo, pero se fue a Alemania y ella, la Asunta, tenía dos hermanos pequeños que encarrilar y una madre costurera de trapillo. Saludó a otras compañeras que iban subiendo al bus, goteando agua roja, y su caja de seguro confort se caldeó hasta dominar el autobús entero.

Le quedaban dos días de libertad absoluta. Se lo habían recordado los colegas entre bromas, birras, esquinas sin farolas y calles sin salida. Debía dinero, se había pasado metiéndose hasta que el moro de dos metros lo echó de la medio discoteca, y encima su mujer se rió en su cara. Pasado de copas simpa, de visitas al lavabo y de chulo con unas nenas calientabraguetas. Eso no era lo peor. Estaba amaneciendo. Se iba a dar de cara con su madre en casa, y era paliza segura. Por vago, maleante y buscaruinas. Hurgó en los bolsillos, pagó el bus. La ciudad de otros despertaba allá lejos, con luces tras las ventanas. Sólo había una mujer dentro, adormilada. Se bajaron en la misma marquesina rota mil veces, mientras debajo de la neblina roja asomaba el barrio desportillado.

El mismo barrio que fue al entierro de la Asunta, y luego con pancartas a ninguna parte. Una navaja, y un chaval muy pasado de todo –problemas psicológicos, familia desestructurada- menor de edad por un día.



viernes, 10 de marzo de 2017

Lo que pasa en la milla








Crónica de una noche roja


Un solo trueno certero y ensordecedor gotas de lluvia roja sobre el asfalto. Nadie alrededor en los arrabales de la ciudad del agua. Donde la roja hoy refleja la muerte. Noche oscura amparo de los ofendidos, quienes han perdido al ser querido, buscan venganza, todos se conocen y nadie espera. Los ofensores huyen con lo puesto a las puertas de la ciudad, cualquier camino es bueno. Nadie llora, nadie grita, unos corren, otros saquean, roban y se reparten el botín, víspera de jueves gordo, del lardero, primero se cobra y después velorio.

Al otro lado de la frontera la otra Al Garnata, la de los turistas, la de la Alhambra, la de Lorca. Pasan los bomberos, la policía, una ambulancia. Otro más para la lista. El lado oscuro, el que ni existe ni se nombra, la vergüenza. El monstruo que alimentan unos y otros. Solo será una noticia en una pantalla o impresa cuando llegue el nuevo día.

Tras una agónica noche nace la nueva mañana acusatoria y sin culpables una fina capa roja marca el lugar de la venganza. 


Ainhoa. 






Ojalá vivas tiempos interesantes.



“Ojalá vivas tiempos interesantes”, advierte una maldición china. Apurar las horas con luz, silencio, carga de móvil y ordenadores en una biblioteca pública. No muy lejana, pero sí fuera del barrio a oscuras durante veintidós días, uno tras otro. Mochilas, linterna en el bolsillo, anticipando llegar a una casa pertrechada con muros de 25 centímetros, capaces de absorber el frío con avaricia hasta transformar una vivienda en una morgue. Sin toser ni trincar gripe o resfriado. Los humanos somos duros, mucho más de lo que imaginamos.

Otras cosas jamás las hemos visto. Bajamos del bus a comprar algo de cena caliente. Rápido, hay que cenar deprisa antes de que la morgue y el vaho que sale por las narices te congele. Linternas, pilas, humor.

El humor se acaba pronto. Mucho ruido fuera. Parece ser que alguien acaba de volarle la cabeza a otro alguien. Puede pareceros terrible, ya. Los humanos tenemos piel de elefante, y eso es parte del decorado.

El resto, no. Nunca lo habíamos visto antes. Una nube de figuras negras, enguantadas, con pasamontañas, palanquetas, herramientas. Todos silbando códigos en plan silbo gomero. Corriendo, apalancando, destrozando, robando. La familia ofendida saquea las casas de la ofensora. Saquear es poco. Revientan puertas, cocheras, rejas de ventanas. Entran como la marabunta. Limpian todo, se lo llevan tan tranquilamente. Luego, queman coches. Luego, piden justicia (¿quiénes?). Por unos callejones laberínticos, conocidos para ellos hasta a ojos cerrados, huyen los saqueadores. 

Por los mismos, pero a ciegas y con miedo, los persigue la policía nacional. O los topos, porque no ven cómo se llevan neveras, congeladores, teles de plasma, motos, bicicletas, focos para invernaderos de marihuana y hasta los dientes de Dios. Cómo arden coches, eso sí se ve: más o menos las Fallas de  Valencia estilo poligonero.

Y que nadie espere leerlo en la prensa al día siguiente. “Se han evitado males mayores”, dicen. Lo que pasa en la milla, se queda en la milla.


Guille.


viernes, 10 de febrero de 2017

Febrerillo el loco.




 Abre la puerta  y sube las escaleras. Sabe que ella  está mirando desde la ventana de la cocina   o quizá desde el salón. Mete la llave en la cerradura. Deja las llaves en el cenicero y se quita el abrigo y las botas.  Mateo duerme abrazado a su peluche y Sofía se chupa el dedo agarrada a su manta. Los besa y sale de puntillas. Pone a hacer café mientras busca el pijama. Saca las galletas y baja la persiana de la cocina.

  Mira la fecha marcada en rojo en el calendario, otro año más, otro aniversario que recordar. Abre la lata de las galletas y mientras se escucha el goteo de la cafetera en  la cocina comienza a oler a desayuno. Todavía no ha comenzado a amanecer, no tiene sueño y espera a que su madre se le una. Sirve dos tazas y cuando las va a poner sobre la mesa la escucha venir por el pasillo.
Se sientan y se miran la una a la otra, con la taza calentándoles las manos, por fin la hija rompe el silencio:

- ¿Vas a ir ? - le pregunta como parte de un rito que se repite desde hace años. 
- Esta será la última vez - le dijo queriéndose convencer a si misma de una decisión que había tomado.

La avenida había mejorado mucho, no así las calles traseras. Pocas farolas, talleres, locales con el cartel de se alquila, algunas pintadas, contenedores de basura. No tenía miedo, conocía bien la clínica dental y aún se sentía un poco eufórica, sin dolor. El resto se convirtió en un cómic oscuro, en una pesadilla, en irracional.

El hombre abarcó la calleja con la mirada y fue directo a cortarle el paso: una amenaza, un echarse mano al bolsillo y un empujón. Pero ella no cayó, ni pensó, ni sintió el dolor del navajazo. Le empujó a su vez.

Demasiada basura fuera de los contenedores, y algo que él no esperaba. Simplemente se desnucó contra el bordillo con un sonido apagado. La llevaron a urgencias, le dieron puntos, un psicólogo habló con ella. Nada más, Accidente. O defensa propia. O mala pata. Sí, fue. Sin miedo. Como cada año. Y sin dentista.



Cuando alquilas un estudio aprendes muchas cosas. La primera que el anuncio se ajusta poco a la realidad, excepto en el precio. Ascensor, sí. Hasta el cuarto piso. Luego empiezan las escaleras empinadas. Prohibido tener mascotas. Pero se oye un canario, un loro poco hablador y las uñas de un perro feliz cada vez que su dueña regresa.

Más o menos, normal. Lo asombroso es cruzarse a menudo con una anciana lo bastante ágil como para bajar la escalera con una maceta en las manos. La maceta varía: geranios, pensamientos. Saluda con una sonrisa y sigue su camino. Resulta extraño que una mujer mayor viva en un estudio, entre jóvenes de paso, universitarios, un músico clásico –el del loro poco hablador- y en general, treinteañeros. Me provoca curiosidad. Tanta como para jugar a Sherlock Holmes.


La seguí en un par de ocasiones pero la investigación fue infructuosa la primera vez se detuvo hablar con todas las personas que  encontró en su camino y yo no disponía de todo mi tiempo, por lo que apartando mi papel de detective volví a casa y a mis deberes. La segunda ocasión se me escapo por unos metros al encontrarme en la escalera a unos mormones muy amables. A la tercera que dicen va la vencida, me quede vigilando por la mirilla hasta que pasó, entonces salí y con mi mejor sonrisa le pregunte por aquello que me tenia comido el seso. Ella me miro con sus pequeños y brillantes ojos y me invito a que la acompañara.
El barrio había sido mi lugar de juegos por lo que presumía de conocerlo al dedillo y de toda la vida. Así lo pensé hasta que la buena señora callejeando me llevo hasta un lugar escondido.
Abrió el candado con sumo cuidado y se guardo en el bolso la cadena que cerraba la puerta, bajamos unas escaleras, estaba oscuro y un par de veces estuve a punto de resbalarme por la humedad del lugar. Se escuchaba el agua caer como si lloviera mansamente.

Cuando acabamos de bajar estábamos en un hermoso jardín subterráneo, la luz se filtraba a través de agujeros, allí estaban las plantas que le había visto pasar y muchas más que fueron plantadas durante años. Planto la que llevaba y con sumo cuidado fue hablando a cada una de ellas. Aquel lugar estaba bajo la antigua cárcel y con el tiempo y gracias a la iniciativa de mi vecina acabó convirtiéndose en el primer  jardín soterrado del país,   al que le pusieron su nombre por votación popular y ayuda de quien escribe. 



Ainhoa y Thorongil

Imagen propia bajo la misma licencia que el Blog. 

lunes, 6 de febrero de 2017

Los ojos del búho





Mira con los ojos eternos del búho,
pupilas dilatadas
que sin serlo son redondas, amarillas, implacables.

No es aquel mundo de mármoles clásicos, ni la sagrada sombra del olivo, ni un mar azul y doméstico.

Los ojos eternos del búho devoran desde bosques tan viejos
como la memoria cuando se inventó de nuevo el mundo,
cuando el búho se convirtió en la doméstica mascota

de una diosa domesticada.






Imagen propia, bajo la misma licencia que el blog.

viernes, 3 de febrero de 2017

Mientras lo recuerdes



Visto en la inmensa distancia del tiempo, es cómico. Hacía un frío siberiano en Toledo  en unas vacaciones de la Pascua de Navidad, cuando nevaba recio y esas cosas, hace un cesto de años. Hacía un frío de soltar vaho por las narices en la catedral. El sacristán reculaba hacia su puesto, que incluía un brasero eléctrico y una radio de pilas. Yo seguía los pies de mi padre, con muchísimo menos frío que él. Los nenes son (¿somos, fuimos?) incombustibles.

Esos días de sol helado, rasante, muy bajo en el arco del cielo porque es solsticio de invierno. Bastantes rayos como para colarse impecables e imparciales a través de las vidrieras. Me gustó. Era enorme, enormemente alta, envolvente, acogedora. Mi padre miró atrás. Se trataba de algo importante, como para haber salido de la cama del hostal antes que el sol. Una capilla. Un cura, claro. Y una máquina rarísima de metal. Íbamos a misa. Mi padre nunca iba a misa. Iba a funerales cuando tocaba, a alguna boda si no podía evitarlo, y jamás a un bautizo. Bueno. Pues ahora íbamos a misa. Vale.

No me enteré de un carallo. Todavía me hubiera medio defendido con un misal romano en latín, al menos para pillar por dónde iba la copla. Recuerdo el olor embriagante de tanto incienso para tan pocos devotos, la máquina haciendo ruído  girando como lo que era, una rueda. Y recuerdo haberme quedado mosca cuando el cura partió la hostia grande (esa que se comen los curas) no como usualmente. La partió y volvió a partirla y la puso sobre el paño del altar de tal manera y no de otra. Yo era demasiado niño para conocer la palabra “ritualmente”. El cura a su bola, el monaguillo que ya era un mozo grande con bigote dale a la rueda, y mi padre como una estatua de piedra más de las que tantas había de suelo a techo de la catedral.

Luego salimos a la plaza, y caminamos hasta Zocodover, a por churros y desayuno antes de dedicarle el dia completo a Toledo. Lamentablemente no sabía qué pregunta hacer. Lamentablemente, nos llevábamos más de sesenta años, un siglo y un mundo entre nosotros. Cuando volvimos a Madrid yo había aprendido mucho, hablado poco, comido como una lima  y dormido dos noches en un hotel comportándome como un adulto. Eso da cierta carta. En el tren de regreso pregunté.

Así supe de la liturgia visigoda, de las leyes visigodas, de un tal Alfonso VI, rey, que lo derogó todo y en el cuento  me cayó fatal. Y oí un solo tono frío con un eco.

-Acuérdate de lo que has visto. Si ningún imbécil lo borra, nadie lo entenderá cuando seas un hombre. Acuérdate. Mientras alguien lo puede contar, todavía existe.



Han pasado cuarenta y seis años. Me acuerdo.



Imagen: Wikimedia Commons.

Para saber más:http://www.architoledo.org/Liturgia/mozarabe.htm