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Las Llaves

Es curioso escuchar el silencio escondido en cada rincón. No hay ningún ruido dentro, ni fuera. El tiempo ya no me preocupa, lo que más me desespera es no tener mi manojo de llaves.
A veces se escuchan gritos en la distancia, llamadas de socorro y los pasos de gente que corre. Entre esos ruidos escucho el tintinear de llaves, de alguien que tiene el poder de abrir las mil y una puertas de este infierno. No sé cual es su cara, ni tan siquiera su nombre, pero sé con seguridad que mira a los demás con superioridad y que sabe que en su persona recae la responsabilidad pero sobre todo el dulce poder.
Una vez yo bebí y me envenené con el licor de ese poder. Allí fuera, durante años, yo fui dueña y señora de las llaves de nuestra casa. Era la hija mayor, la solterona, sí, pero no tenía que mover ni un dedo: había quien lo hiciera. Siempre cuidé a mis padres, fui su báculo en sus últimos días. Ante mis vecinos, amigos y comunidad era una mujer intachable.
Todo cambió cuando regresaron mi herman…

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