domingo, 20 de septiembre de 2015

Jesús Conde Ayala: Antología.


Un palacio escondido en las calles del Realejo, a la siniestra de la estatua de la Reina católica y el Almirante Colón. Un primer piso al que se accede a través de níveas escaleras, y algunas paredes trasparentes abiertas a un patio silencioso, sin el rumor del agua.

Un tren que nos da la  bienvenida, llegada a un mundo aparte, la sala de exposiciones se convierte en una estación con salida a muchos destinos, a un cine donde suceden mil y una películas en un solo momento.

Cuadros sin contorno, sin límites, tu formas parte de cada escena y ella es una parte de ti. Marcos pintados que acompañan a cada cuadro y consolidan una oportunidad de mirar hacia el otro lado, convirtiéndonos en espectadores deseados y bienvenidos.

Objetos crudos con títulos encontrados, estampas de mar y recuerdos de niñez que se mezclan con visiones de viajes a esa África tan desconocida y pérdida en la memoria y la ignorancia de algunos.
África musulmana que todavía calla en las calles de Granada, enfrentados una venus negra y un Dogón que cuanto mayor era la distancia más hacia por salir del cuadro.


Una silla vacía en las calles de Cuba, esperando a que alguien se siente y cuente su vida, sus sueños, sus penas, o quizá queramos sentarnos nosotros mismos y nos cambiemos de zapatos, para mirar desde el otro lado  a aquellos que miran desde esa sala de exposiciones tan detenidamente.


Mares azules, verdes, negros que se salen hasta el suelo de la exposición, que entran y revuelven nuestro interior. Una puerta vista desde un ojo de pez, cerrada, callada, como los pueblos de España, que esperan pacientes renacer.

Armas, espadas, corazas y yelmos, solos protagonistas de sus propias vidas y trasiegos, con sus heridas, con sus golpes, con sus agujeros, con sus adornos y el paso del tiempo.


A la salida miras atrás, ves el camino recorrido, las escaleras que bajan, la calle que espera regresar al ahora, con la sensación de haber compartido con el artista un tiempo, sueños y deseos.


(Leonor)





El mármol y el metacrilato son fríos. Contrastan con los antiguos ventanales, con las calles estrechas y las balconadas que se entrevén tras los emplomados. La exposición en sí misma repite los contrastes. Un expositor lleno de cuadernos de bocetos y notas de viaje estructura parte del camino. El sol y la penumbra de estrechas calles sinuosas en el Magreb; desiertos, sabanas, luz y colores del África subsahariana, pinceladas de Cuba, rostros, polvo. Los marcos de los cuadros son también pinturas, trampantojos insertos en la misma imagen. A veces delimitan, otras son desbordados. Un mar embravecido llega hasta tus pies, máscaras se convierten en relieves dispuestos a espiarte desde la distancia que hace posible el efecto óptico. Cuando te alejas casi parece oír un murmullo de pies que te siguen, o percibir esa curiosa sensación de que alguien te mira el cogote.

Una locomotora sirve de gozne entre la aventura de viajar y esas marinas casi domésticas, con bañistas actuales y luz de playa. Alternan con mares bravíos, oscuros, solitarios, amenazantes. Luego todo es acero: el gris bruñido, brillo de espadas solitarias, cañones de pistola.


Siguen siendo fríos el metacrilato y el mármol. Y acertados para no distraer ni un ápice la atención puesta en la magia.

(Thorongil)



Imágenes propias, bajo la misma licencia que el Blog. 

sábado, 5 de septiembre de 2015

Lo que permanece


Cinta negra que señala el camino, una cortina que separa la luz del día de la oscuridad primera de un mundo aparte. Luces y fotografías, vitrinas llenas de objetos que una vez estuvieron en dársenas, a cuatro mil metros en el fondo del Atlántico o fueron creados con el propósito de contar una historia que sucedió hace 103 años.

Oscuridad y una pantalla que narra de nuevo una tragedia que ha inspirado películas, libros, sueños, historias y más de una pesadilla. Asientos que se dibujan, y que aunque negros son islas en las que sentarse y navegar en esa mar que tanto da y a veces quita.


Una voz te da el alto.  Auriculares y un pequeño aparato plateado que será tu guía en los ecos de un mar gélido y los   recuerdos de aquellos que no sobrevivieron en las voces de quienes sí lo hicieron.

Al fondo se escuchan ruidos y golpes de martillos como si asistiéramos al comienzo de ese sueño, del nacimiento de un titán cuyo final ya sabemos.
Una voz de hombre nos trasporta a una casa en Londres  que hoy curiosamente alberga la embajada de España en Inglaterra, donde varios magnates  imaginaron estar en la cima del Olimpo y cuyo sueño  fue crear tres barcos con nombres y presencia de dioses que maravillaran al mundo y los hicieran ser héroes.





Vitrinas de cristal numeradas, y dentro la historia de miles de fotogramas, hierro de la forja para crear un Titán, máquinas y cientos de manos,  remaches creados en oficinas donde el bolsillo estaba más vacío y la alquimia exigió menor calidad y más parquedad.

Una pantalla simulando el azul del mar como si a ese otro lado estuviera esa superficie que muchos fueron perdiendo de vista y para otros que llevaban el chaleco salvavidas fue su tumba.

La voz nos habla de aquellos músicos que siguieron tocando mientras el barco se hundía, y lejano suena el himno  Más cerca de Ti, Señor, que decían que fue de las últimas piezas que tocaron antes de ya no poder.
Nos hablan de los fogoneros que se quedaron  para que hubiera luz y el barco no estuviera  a oscuras,  de los carteros, tres ingleses y un americano que fueron los primeros en morir ya que el iceberg causó la herida mortal en la oficina de correos.

Una reproducción de una caldera, y en su interior el carbón candente, nos hace llegar los esfuerzos de aquellos hombres por hacer su trabajo y salvar las vidas de quienes  pisaban sobre sus cabezas.

Se cerraron puertas y todos sabemos que los de tercera  fueron los que más murieron, hay historias de gente que se quedó en el barco esperando  la muerte en la cama, en el salón con una buena provisión de alcohol en el cuerpo….

A un lado fotografías de la construcción, comparaciones donde los trabajadores eran habitantes de Liliput .Como última pieza en el tiempo una placa que ha aparecido en Granada en manos de un coleccionista privado que la ha cedido a la exposición. La placa, de bronce y plata, fue entregada por el Jefe de Correos Reales a Lord William James Pirrie, alcalde de Southampton y presidente de los astilleros en los que se construyó el barco.
Llegamos a la estrella de la exposición: varios artesanos trabajan desde hace meses, construyendo una reproducción a escala 1:30 del barco  hasta el último detalle
.
Por ultimo como colofón a la visita nos encontramos con el cuadro que se ha convertido en emblema de la fundación del Titanic para el centenario del hundimiento del barco.

Fue pintando por el cántabro Enrique Gran, un cuadro abstracto de colores rojos y naranjas que capta a mí entender la esencia de la tragedia y a la vez el paso del tiempo.

La exposición me conmovió y me pareció un buen homenaje a todas aquellas personas que dieron sus vidas, desde los nueve trabajadores que fallecieron mientras se construyó el barco hasta todos los que murieron  sin dejar  su trabajo, y aquellos que prefirieron ceder sus sitios o ayudar a que otros lograran salvarse.

Pensamos volver para ver cómo sigue la construcción del barco en escala, y prometo seguir añadiendo ultimas noticias al artículo.


4 de Septiembre de 2015

Fotografías propias bajo la misma licencia que el Blog.