sábado, 27 de febrero de 2016

Glorias Aureas (Eduardo L. Diaz "Zuhaitz")




Por avatares de la vida y el vicio de cumplir años, llegó a mis manos este libro regalo de una gran amiga. La buena poesía se lee poco a poco tomándose tiempo para disfrutarla. Lo que he hecho yo, leerlo como cuando se paladea un buen vino, se saborea un buen plato o se disfruta con una obra de arte.

El poemario en si mismo es un viaje en el que disfrutando de la poesía y dejándonos acariciar por sus susurros llegamos a conocernos a nosotros mismos y a los demás.

Los temas que hilan los poemas son variados,  trascurren desde recuerdos de la niñez, sueños, miedos, deseos, homenajes; habla de presentes, y de futuros por construir. Habla del amor y de la muerte, esos dos temas tan universales y que tanto  escribimos los poetas.

Nos sentimos identificados con sus palabras y versos, con las preguntas que hace a la muerte, al amor, al ser amado, a la vida, a los temores, a los recuerdos, ya que muchas de ellas nos las hemos hecho nosotros mismos. 

Su estilo a veces es directo, palabras desnudas que llegan de frente a quien lee, creando así una comunicación fluida y directa, una sensación de  mutua comprensión. 

En otros poemas el verso es mas intimo, simbólico y  evoca a figuras tanto reales como imaginarias que hacen  que el poema se lea mas pausado y llegue como un perfume: lentamente, y su aroma permanezca.

En resumen a mi entender nos encontramos con un libro que es un viaje al alma humana con sus luces y sombras. Tan solo tienes que atreverte a viajar. 


Imagen propia bajo la misma licencia que el Blog. 






jueves, 11 de febrero de 2016

Historias de la basura.








En el contenedor de basura había un gran cartel indicando el horario. Una pegatina con sonrisa que –más o menos- venía a decir: “Nunca antes de las 20.00 horas”. Pegatina y contenedor eran de plástico rígido, gris claro el cuerpo y gris oscura la tapadera abatible. Sobrevivió a un par de incendios intencionados antes de que lo cambiaran por otro de lata, ya sin tapa, un tanto oxidado en las esquinas. Cierta rutina nocturna incluye oír tirar botellas, muebles y casi todo lo imaginable. Oír peleas de perros que rebañan tras rasgar las bolsas. Una vez, la bronca del siglo entre los dos del camión de basuras, la policía local y un paisano (beodo de traca) que la estaba durmiendo en el   contenedor. A punto de ser triturado, claro. El tío insistía, borracho pero filosófico: ‘Cagüentó, que ni en la mierda se puede dormir’.
Historias de la basura.


Medianoche  de san Valentín, madrugada del domingo. Nadie por las calle y un frío de mil pares de narices, cielo blanco que presagia nieve en las cumbres. Un contenedor de basura en un polígono industrial y una princesa de esquina fumando un cigarro esperando compañía. Un coche se para y de él salen cuatro tíos que abren el maletero  y tiran algo que se mueve y grita al contenedor. El coche arranca como alma que lleva el diablo y se pierde en la noche. La chica  se acerca al tacho de la basura. De él emerge un hombre alto y peludo como su madre lo trajo al mundo. Sale y saluda. Se aleja hacia una zona donde hay desperdicios y  bidones. Mete la mano en uno de ellos y saca un par de mochilas, se abriga, se pone en cuclillas, y después de un rato se le acerca la chica con una botella de agua y un rollo de papel del baño. Él se lava las manos y le muestra dos pedruscos que brillan más que dos soles. Deja dentro de la mochila la mierda, el papel,  la botella de agua y la tira al contenedor. La aventura ha merecido la pena: un taxi, una ducha y una hora después cenaban en un jet camino a París. 



Thorongil y Leonor

Imagen propia bajo la misma licencia que el Blog.