domingo, 29 de junio de 2014

Cuando llueve.




Ha pasado mucho tiempo  y muchos días de lluvia y sol desde que estoy en esta manada. Han pasado muchas cosas desde que me trajeron a este lugar. Llovía  mansamente después de una noche de gran tormenta y yo era más joven y más inexperta y mis cuatro patas corrían más que mi mente.

Ella se quedó en la puerta de nuestro hogar mirándome. Yo sabía que debía quedarme, no todo estaba bien, eso lo sabía, otras veces habíamos reído y llorado juntas una junto a la otra y en esta ocasión me alejaba de ella, algo que entonces no comprendía.

Mis primeros ladridos y caricias habían sido para ella, y sus atenciones y desvelos habían sido míos. Éramos una manada, ella cazaba para las dos y yo guardaba nuestra guarida para que nadie entrara.

A nuestra manada se fueron uniendo otros, con otros olores y otras vidas, y coincidíamos fuera en la calle y a veces venían a nuestro hogar o salíamos a descubrir el mundo en compañía.

Descubrí a los cachorros de otras manadas, pequeños y curiosos y mejor no perderlos de vista por si se despistaban del lugar donde estaban seguros.

Entre toda aquella marea de patas y olores, caricias y juegos, había una manada de dos, olían bien y a seguro y yo y ella siempre fuimos bienvenidas en su casa.

Una tarde de otoño vinieron a buscarla y se marchó. Estaba enferma y yo me pasé las horas mirando hacia la puerta, sin hambre y esperando a que regresara.

Por fin un día se abrió la puerta y allí estaba, cansada. Olía de manera extraña y sonreía, no me dejaron que me acercara demasiado, por miedo a que le pudiera hacer daño.

Desde entonces se sentaba cerca de la ventana y miraba llover, yo me sentaba a sus pies y pasábamos las horas en compañía viendo caer las gotas y sonriendo cuando el arcoíris salía.

Cuando lucía el sol  solíamos quedarnos en el jardín, un mundo nuevo, yo corría y perseguía a todo lo que  me llamaba la atención; ella me observaba y era feliz, pero eso que le enfermaba seguía allí, y podía olerlo.

Después de mi destierro y la llegada a mi nueva manada, ella vino un par de veces, a visitarnos. La notaba cansada y las dos estábamos tristes  en cada despedida.

Una madrugada de invierno un aullido en mitad de la noche despertó a los de la casa, un minuto después sonó ese aparato que utilizan para comunicarse.

Ella se había ido. Me llamaron y comenzaron  a acariciarme, mientras preparaban algo de comer, estaban tristes, todos la echaríamos de menos, sus pasos estaban en otro lugar.

La enterraron y mi única idea era sacarla de allí, no podía, me habían atado y sólo podía ladrar lastimeramente, mi antigua manada se había roto.

Ahora formaba parte de aquella manada de dos, a la que con el tiempo llegaron dos cachorros, ella no se había ido del todo, cuando el arcoíris  salía, ella regresaba entre la lluvia y entraba en la casa.

Los cachorros y yo solíamos mirarla, y yo me acercaba y le ladraba,  mi nueva manada parecía saberlo y cuando llegaba ese momento, abrían la puerta al jardín y dejaban que  fuera a saludarla. A  veces ellos la llamaban también, y ella sonreía.

Ahora no olía, pero sé que ya no siente dolor, y que es feliz ahí donde está, y algún día, cuando llegue el momento, vendrá a buscarme para emprender nuevas aventuras.



Dedicado a Ixone, y a Arantza Fernandez.

Fuente de la imagen Arantza Fernandez. 

domingo, 22 de junio de 2014

Posatraseros.


Hablé en su día  de los caminos amarillos  y junto a lo que conté y lo que comentasteis quedó un recorrido amplio, gracioso y para recordar sobre ello.
Esta vez escribiré sobre los asientos, bancos, cualquier lugar donde a bien han ido a sentarse nuestras respetables nalgas. Parte del paisaje, o fabricados por el hombre, o imaginados para quien está exhausto para su descanso y goce.

En los caminos  forestales  o amarillos, en los recodos de senderos y montes sirven como lugar de aposento: piedras, troncos, árboles, hasta el propio suelo, o quizá los bancos creados por viandantes,  por los forestales o trabajadores del ayuntamiento o de la entidad competente.

Los materiales utilizados son de lo más diverso: desde latas y metal pasando por bidones de plástico, el tocón y la madera de algún árbol, restos de materiales  de construcción, o simplemente lo que se tiene a mano.
Estos asientos agrestes y rurales son buenos lugares para el descanso después de una buena caminata, para leer un libro, estar en soledad, o en compañía, con merienda y una buena charla.

Hay lugares curiosos y escondidos en los que conviven la naturaleza y los recuerdos de tiempos pasados u olvidados. Ruinas de chozas, casas, lugares de culto, o sitios de reposo de aquellos que ya no están en este mundo.
Aquí las mismas piedras, la tierra y los accidentes del terreno son buen lugar para el descanso, mejor con ausencia de humedad y frío, que no son buenos ni para riñones ni para los huesos.

Estos lugares son especiales en sí mismos. Cuentan historias a quienes las quieren escuchar, lugar ideal para juegos e inventar historias o para quienes buscan inspiración. De todo nos podemos encontrar, para amantes de las aventuras y buscadores de tesoros.

En los núcleos más urbanos como pueblos y ciudades, la cosa cambia aunque no tanto. Los parques y jardines son poseedores de los más diversos bancos de todas las formas y materiales que tienen más o menos fama y que a veces uno acaba pensando después de haberse sentado en alguno de ellos,  que han sido creados por algún familiar de alguien de la alcaldía para repartir la riqueza o ahorrarse unas pesetas. (Ahora euros pero como eso de robar es de los oficios más antiguos, ya se sabe)

Son más usados, las aceras, las escaleras, pretiles, paredes bajas, y cualquier lugar donde uno pueda apoyar esa zona donde la espalda pierde su casto nombre. Los jardines públicos con césped y los lugares más  insospechados sobre todo con sombra son los hoteles de cinco estrellas para siestas o encuentros amorosos, sobre todo en épocas más cálidas.

En los recuerdos y en algunos pueblos y barrios quedan las sillas de enea en las calles y las abuelas y las madres al fresco de las noches de verano, entre las hogueras de San Juan y el tempranero fresquito de algunos septiembres.
Aún quedan bancos adosados a muros, de madera, patrocinados por la Caja de la provincia, diseminados por los barrios y que son, descanso de jubilados, de parejas con niños, barcos, tiendas, naves espaciales, castillos … lo que la imaginación quiera.

Seguro que quedan aposentatraseros que citar y que contar, pero esos los dejo para que vuesas mercedes los descubran y compartan con todos nosotros.

Fuente de la Imagen propia bajo la misma licencia del Blog. 



sábado, 21 de junio de 2014

Museos y mentiras.





Los museos son nuestros. Desde ese pequeñito en un pueblo que enseña los aperos de labranza, y con suerte hasta algún mueble y los restos de la vajilla de los antepasados, hasta los que se escriben con mayúscula. Los de muchos euros la entrada, muchas colas, muchas cámaras de seguridad e incómodos seguratas siendo tu rabo y azuzándote: ‘No te detengas, tantos por hora, suena la caja registradora, no puedes pararte.’

Posiblemente los museos son nuestros. Los edificios que los contienen, los hemos pagado. ¿Y lo demás? Azares. Historias que jamás se cuentan, y que no importarían mucho si se fuera sincero. Cuando entras en un museo arqueológico, ya sabes. Lo primero es la sala de los huesos (humanos y animales), que suele compartir espacio con los artefactos primitivos. Sílex tallados, puntas de flecha o de arpón, detrás algo de cacharrería dudosa, detrás piedras pulimentadas y a la siguiente, el Neolítico y la agricultura.

Es nuestro, se repite una y otra vez. De tal pueblo, de tal comarca, de tal estilo, de tal escuela. Por supuesto, las personas reales que nos miran a través de sus cuencas vacías de calavera no sabían nada de fronteras.

Leo en la prensa de hoy una noticia orquestada, ‘La joven de la perla regresa por fin a casa’. Se refiere al retrato de Vermeer, claro. La chavala se quedaría flipada si alguien pudiera decirle que ahora es mil veces más valiosa e importante de lo que jamás fue en vida. Como cualquiera de los retratados de segunda fila de esos cuadros nuestros (pondríamos 'nuestros' en grandes mayúsculas) que tapizan los muros de los museos. Fliparía la mujer dueña de un juego de pesas de telar, si viera como hacen fotos orgullosas de su instrumento de trabajo, y sobre eso tesis doctorales y al final dinero. Apuesto a que la tejedora hubiera preferido el dinero, para retirarse a otros negocios y que tejiera María la de barrio o Rita la cantaora.

El dinero, claro. Los tesoros. A veces los llaman ‘tesorillos’. Eso significa que hay pocas piezas que exponer. Nadie nos cuenta, nunca, que un tesorillo enterrado es miedo. Alguien entierra lo que posee porque va a salir huyendo. Del fisco del Bajo Imperio Romano, puede ser. Del enemigo que arrasa y quema, y roba. Puede ser. Quien lo enterró ya nunca pudo volver a recobrar lo suyo, por eso está en un museo. Nadie nos cuenta que el cuadro que nos asombra fue malpagado, que el artista era poco más que un artesano a sueldo. Que muchas veces no cobraba, o cobraba mal y tarde. Tampoco vemos ningún cartel explicativo junto a un par de sandalias de esparto tejido, pequeñas, parejas, sudadas, restauradas. Bueno, sí. De qué yacimiento salieron, Bronce medio, etc. Esas sandalias las usó alguien que podía hacerlas o pagarlas. Alguien caminó con ellas sobre las ruinas que visitamos hoy, laberintos sin explicación. Eso, sí, nuestros. Todo nuestro.


Hace falta poder ver la línea del tiempo, y eso requiere cierta memoria. Hace falta saberse alguna que otra fecha, considerando que sólo es un recordatorio, no el gran capítulo de ningún libro sagrado. Y hace falta olvidarlo todo para entrar en un museo y perdonar la vanidad, la estupidez, el montaje de locos, la irracionalidad. Ver las cosas como son: objetos que el azar dejó para ser respetados e interpretados. Para acordarse de que ninguno de nosotros seríamos quienes somos sin todos ellos. Para hacerse preguntas, no para copiar respuestas. Para sentir que todo es nuestro, sin poseer nada.



Imagen: Wikimedia commons.

sábado, 14 de junio de 2014

Epona




Suave cabellera al viento
sueños de hierba
y libertad.

Señora de los prados
aquella que guía
a los que ya no están
a los mejores pastos.

Portadora de abundancia
dadora y guardiana
del agua más fresca
que genera vida.

Suenan ya los cuernos
de la despedida
el verano acabará
y vacíos quedaran
los altos pastos.

Las praderas amarillean
y nuestro paso
será más lento.


Tu  aliento curará
nuestras heridas.
Ven cuando la  madrugada
esté presente y guíanos
al otro lado.

Vadearemos el río
allí donde los
sueños son reales
Y el campo es
 más verde.



Fuente Imagen, wikipedia, wikimedia commons User y Autor Rosemania. 



jueves, 12 de junio de 2014

Lobos y pájaros.




Pronto llovería. El humo de los hogares resbalaba pegándose al suelo, pesado, cabizbajo. Alzó los ojos entornados. Aún la corteza de los árboles era suave, se tenían las hojas en las ramas. El viento estaba cambiando, podía sentirlo. Sólo un soplo, sólo un dedo fresco, sólo un olor marchito. Era el mensajero del otoño y no tenía misericordia. La rueda del año.

Vio como llegaban las nubes del oeste. Se arrastraban por el suelo sin un ruido, expertas cazadoras. Luego se levantaron poderosas: henchidas de tormenta, negras, enormes, sonando sus tambores. Bajo ellas dejaban una humedad fría, el soplo del viento que ya no perdona, una tenaz bruma blanca. La niebla de cuando caen las hojas, y todo se va a dormir. Inexorablemente.

Olió algo distinto. Un tono verde, cálido, que se abría paso. Sauce, vapor, pino, limpio. Con el olor vio la silueta de Pájaro Gris, casi a su lado. Lo saludó y se vio obligado a responder al saludo. Pájaro Gris llevaba sus plumas en la mano y el cabello sin trenzar, sin duda venía de la Poza Caliente. Antes de haber pensado mucho ya había aceptado su invitación a comer juntos cuando cayera la noche. En su tienda.

Había aceptado. De modo que debía buscar un presente menor, un detalle para llevar. Estaba mejor solo, pero ya no tenía opciones. Cruzó el poblado listo para oír, rebuscando en su mente. Pájaro Gris era un pájaro de cuidado. No tan viejo como para ser su propio padre, ni tan joven como para ser un camarada. Nadie hablaba mal de él. Tampoco sabían bien en qué lugar colocarlo. Como la niebla, pensó. Hoy la niebla sigue mi rastro.

No había más que hacer. Empleó su tiempo aseándose y cambiando de ropas, sin saber por qué. Nada estaba ni tan sucio ni tan polvoriento. Más tarde la noche cayó con un suspiro que levantó la niebla, y pudo ver alzarse la luna blanca, redonda como un escudo: silenciosa, vigilante, a la misma vez que el cansado sol pálido se desangraba sobre las colinas del oeste.

Pájaro Gris lo esperaba en pie, fuera de su tienda. Un honor inmerecido, pensó. Un honor entre iguales. Lobo de Bruma era muy alto entre los hombres del poblado, de modo que se había acostumbrado a exagerar sus inclinaciones de cabeza. Por si no se veían. Por si parecían lo que no era. Para que no lo consideraran maleducado, distinto, descortés.

Había cazado un ciervo. Había visto la niebla. La bruma del olvido, la que cura todas las heridas. La puerta a través de la cual partir con honor, con el deber cumplido. Deteniendo para siempre la Rueda del Año. A salvo de todo. Todavía joven. Todavía hermoso, digno de cantos ante los fuegos de muchos campamentos. Se avergonzó de sí mismo y de sus pensamientos.

Tomó asiento donde su anfitrión le indicó, tras dar las gracias. No era una gran tienda. Por eso parecía mayor, buena piel blanca, desnudez ordenada, espacio. 

Estaban solos. Una conversación privada entre guerreros. Haciendo como que no miraba mucho observó el agujero del fuego tapado con ramas. Nadie les serviría. Y sin observar, dejando vagar la mirada, vio un telar de cintura en el estrado de pieles donde hubiera debido estar sentada la Mujer de la Casa. Era un tejido elaborado que atrapaba los ojos. Allí estaban arriba los antepasados y las antepasadas, y debajo un borde azul de cielo y el poste de un tipi que conectaba ambos mundos. Más abajo había una pradera, montañas, mujeres y hombres mortales haciendo sus faenas. Y una fiesta. Lo que hubiera debajo estaba aún sin tejer, con los ovillos preparados y la lanzadera de hueso inmóvil.

El telar lo desasosegó. En cierto modo: también ejercía sobre Lobo de Bruma una fascinación hipnótica. Contó con modestia como había cazado al ciervo, Pájaro Gris había preguntado. Y le sonreía, mientras destapaba el agujero del suelo y le tendía conejo asado con muchas hierbas. Estaba delicioso, dijo, dando las gracias. Comieron juntos, sin prisa. La carne y un cuenco de las últimas frutas de un verano tardío. Era un banquete, pensó Lobo de Bruma. Aunque fuera para dos.

-He estado media luna en las montañas
-Eso he oído, Pájaro Gris. Buscando remedios y hierbas sagradas para el invierno.
-También. Mujer Búfalo Blanco me honra con su confianza, dejando que vaya a donde sus ancianos pies ya no llegan.
-Es un honor para ti.
-Y un trabajo minucioso. Yo no soy un hechicero.
-Dicen que sí lo eres.
-Si es por los conejos y las hierbas, tal vez.

Lobo de Bruma nunca estaba muy seguro de si Pájaro Gris decía la verdad tal y como es, o la decía bromeando. Su tribu no solía bromear. Pero en cada tribu hay mucha gente, y cada quien es cada cual. Mejor curarse en salud.

-¿Por qué me has invitado?
-Porque tuve una visión, un mensaje de los antepasados que darte.

Lo dejó solo. Pájaro Gris recogió los huesos y los cuencos, y salió disculpándose con un gesto que significaba ‘vuelvo enseguida’. Otra vez sus ojos regresaron al telar inacabado. Estaban las praderas, las montañas, los antepasados, pero no una gran cacería. Tal vez aún no había sido tejida. Quizá se escondía en los ovillos tintados y esperaba las manos que movieran la lanzadera. O quizá la tejedora no había visto nada más. Ni el atronador sonido de los búfalos, ni el viento que mece el mar verde, ni ningún futuro. Miró el poste del tipi que conectaba los mundos, tejido con mano dulce y sabia. Pájaro Gris ya había vuelto y se estaba sentando, cargando su pipa personal.

-¿Te parece un buen tejido?
-Me parece hermoso y triste.
-Es un tapiz bien hecho. Los ojos que lo miran son los tuyos.
-Dicen que las mujeres sabias tejen el pasado y el futuro, Pájaro Gris.
-Las mujeres sabias tejen lo que fue, y lo que es. Y dejan a los hombres, sabios o necios, leer los tapices y acertar. O equivocarse. Hacer un nudo más o cortar la hebra.

-¿Qué te dijeron los antepasados de mí?

Le tendió la pipa encendida, ofreciéndole la primera calada. Lobo de Bruma aceptó. Inhaló profundamente, a la vez agradecido por la amabilidad de su anfitrión y rogando ser capaz de aceptar una visión. Una distinta. Una que no fuera suya. Dicen que los lobos son el pueblo solitario. No aceptan opiniones. Ninguna, si no les complace. Por eso aúllan a la luna, malhumorados, persiguiendo su propia sombra.

-Me dijeron que en tu alma alimentas el deseo de rendirte. Puedo contártelo tal y como fue la visión –Lobo gris fumó en su turno- Pero me parece bastante el mensaje.

-¿Es un reproche?
-Nadie tiene derecho a reprochar a nadie cómo vive su vida, Lobo de Bruma. Es una visión. Te he invitado como guerrero, de igual a igual. Y así nos separaremos cuando termine nuestra charla.

-¿Y si te pidiera un consejo, Pájaro Gris?
-Quien da un consejo acepta una carga.
-¿Y si te lo pido?
Pájaro Gris sonrió a medias.

-Eso también estaba en la visión. Y no te gustará.
-Puedo soportarlo.

-Puedes soportar lo que se te ordena mejor que lo que tú mismo sabes, Lobo de Bruma. Lo has pedido, lo concedo. Antes de que amanezca, en silencio y sin explicaciones, sin armas, sin agua ni comida. Sube a las montañas durante siete soles, y pregúntate a ti mismo. Levantaremos campamento el séptimo sol. Si no has regresado, te contaremos y te lloraremos entre los muertos.

-¿Nada más?
-Nada más.


Cuando la niebla se levantó con el alba del séptimo sol, Lobo de Bruma estaba. Flaco, cansado y perdido en sí mismo, pero estaba. Las preguntas, si acaso las había, podían esperar.






Dedicado a Amaiur, sin cuyo respeto por el amplio territorio de mi espacio privado sería duro vivir, y a Elessar Telcontar por su leal generosidad. Los relatos necesitan apoyo, tiempo y comprensión.




Imagen: Wikimedia Commons.




martes, 3 de junio de 2014

Cosas de Talones (I)



Miedo me da poner el pie en el suelo, lo mío ya no es levantarse con el pie izquierdo es no poder plantarlo  porque puede cambiar el mundo que me rodea.

Parece el resumen de una historia de ciencia ficción, y es el día a día que llevo viviendo desde hace un mes. Me levanté una mañana y el pie me avisó, un mal movimiento mientras dormía, ya que no soy sonámbula ni tengo una vida paralela en la que me dedico  a hacerle la competencia a Spiderman por las noches.

Miro las muletas que se han convertido en mis compañeras y en la única manera de estar tranquila, pongo agua a calentar y abro las ventanas para que entre el aire fresco de la mañana.

Conecto el teléfono y veo que no hay mensaje ninguno, enciendo el ordenador,  consulto el mail y mientras escucho hervir el agua apago el pc.

Pongo la radio y tomo la taza entre las manos,  evito mirar el pie, que ya lo conozco de memoria, podría dibujarlo hasta el más mínimo detalle por dentro y por fuera.

El dolor y yo éramos ya viejos conocidos por otras razones y en otras partes del cuerpo, pero en el talón era una novedad. Hasta soñaba con ello, un sueño lúcido en el que no era yo misma, pero en esencia si, en un lugar extraño frío y húmedo.

Se asemejaba a un sótano, un lugar bajo tierra por el que corría, no huía de nadie pero sentía la necesidad de salir de allí. Un paso más y algo entraba en la carne cerca del talón. Una ola de dolor inundaba todo mi ser y entonces era cuando despertaba.

Diagnóstico: un mal paso, un recalcón, mucho estrés… pero así sigo después de un mes. Todo esto sería asumible si no fuera por la otra parte. La más extraña y la que tiene menos explicación.

Lo que ocurre a mí alrededor cada vez que pongo el pie en el suelo. El tiempo se detiene, o todo se queda en silencio, o el mundo comienza a andar a cámara rápida, la gente cambia de color, se quedan sin voz…

Durante los primeros días pensé seriamente en que necesitaba descanso y  evadirme del mundo. Fueron unos días tranquilos, el pie en reposo, mi madre o mi hermana  pasaban a hacerme una visita y me trajeron las muletas que andaban por casa, que había usado mi hermana en una ocasión. El mundo parecía de otro color, entre tanto relax y el pie quietito y sin dar guerra.

No había mucho trabajo, y lo que tenía que hacer vía teléfono y nuevas tecnologías pudo resolverse, todo el mundo parecía más amable y mucho más dispuesto.

Fui haciendo más pequeña la montaña de libros malditos, muchos los tenía pendientes desde hacía bastante tiempo, tomé la lectura con fervor, como si fuera la primera vez que leía, todo era nuevo, excitante, y me hacía feliz.

Entre mis lecturas apareció una historia, más bien una leyenda sobre reyes sagrados y la herida que se les hacía. Luego, no  podían volver a poner el talón en el suelo.

Me lo quedé pensando y mirando mi lista de cosas que me gustaría hacer, estaba la de visitar a mi amiga Alma, tenía una pequeña tienda esotérica en el barrio. Le había prometido visitarla mil y una vez veces y todavía no lo había hecho.

Sonó la campanilla de la puerta y Alma me saludó desde la trastienda, me invitó a que pasara y me recibió con un abrazo. Me senté y dejé las muletas. Ella me miro con su mirada enigmática.

Sin más me dijo que lo mío era cosa de la toma de tierra, que la debía tener obstruida o más bien por alguna razón hacia contacto con las fuerzas de la tierra y debía buscar algo que la aislara hasta que encontrara el motivo del bloqueo.

Se me debió de quedar una cara de no entender nada, pero me pareció que no era una idea descabellada. Me invitó a que visitara la tienda de un   zapatero en un callejón en las traseras, un par de calles más allá de donde nos encontrábamos.

Me despedí dándole las gracias e invitándola a comer en casa una de mis famosas tortillas de patata que tanto le gustaba. La verdad era que mientras no pusiera el pie en el suelo, todo me iba a pedir de boca. Caminé despacio fijándome en la gente, sin enfados, sin prisa y me di cuenta que el mundo era bastante distinto si uno se lo proponía. Entré en el callejón. Corría una brisa suave, con olor a lluvia y primavera, la persiana estaba levantada y un hombre trabajaba dentro a la vista de todo el mundo.

Me recordó a las historias de zapateros remendones y duendes, él me sonrió, se limpió las manos y salió a recibirme. Le conté lo que me pasaba y que me mandaba Alma.

Volvió dentro y abrió un cajón. Salió y me dio algo envuelto en  papel de estraza, le pregunte por el precio y él me dijo que me las trocaba por las muletas cuando ya no las necesitara.

Abrí el papel y vi dos taloneras, me senté y me puse una, parecía que ya no dolía me puse en pie y le di con sumo gusto las muletas. Metí la otra talonera en mi bolsa y me despedí del hombre deseándole un buen día.

Caminé despacio, todavía con el dolor residual de todos aquellos días, hacia buen tiempo y ante mí estaba el boulevard, mediodía y una primavera en todo su esplendor.

Me senté en un banco y saqué mi cuaderno de dibujo,  un lápiz y me puse a dibujar. La gente  sonreía, los niños jugaban, y en toda aquella idílica postal vi a alguien que emanaba lo mismo que desprendía yo hasta hacia un rato.

Lo miré, vestido de manera informal con la cara del dolor y un bastón que me recordaba a las crónicas campestres. Me acerqué y me ofrecí a acompañarlo hasta un banco cercano.

Caminamos despacio hasta llegar al banco, le ayudé a sentarse, escuché  a dos cuervos emprender el vuelo. Tenía la certeza de que su dolor era igual que el mío así que sin dejar de sostener la conversación amable que habíamos comenzado, busqué en mi bolsa, guardé los utensilios de dibujo y saqué el papel de estraza.

Se lo tendí, diciéndole que aquello podría aliviar su dolor. Me miró dándome las gracias, y sacando la talonera del papel. Me ofrecí a ayudarle a despojarse de la sandalia y ponerse la talonera.

La cosa parecía que funcionaba se puso en pie y en poco tiempo el bastón ya sólo era un objeto testimonial. Muy amablemente me invitó a comer y yo acepté.

Nos acercamos a la tienda para dar las gracias nuevamente al zapatero. Parecía cerrada, cosa extraña ya que minutos antes estaba abierta. Entonces pensé en una frase que leí hacía algún tiempo, la magia nos encuentra y en ocasiones es un destello.

Nos encogimos de hombros y volvimos al  boulevard. Todavía a veces regresamos por aquel callejón…






Cosas de talones (II).




Había dormido como los justos, hermosos sueños incluidos. Se hacía de día poco a poco, y los pájaros que se cobijan en el exterior del tubo de ventilación de la caldera estiraban las alas. Les silbé, como cada mañana, y respondieron. Puse el pie en el suelo.

Un clavo me había atravesado el talón. Supongo que abrí mucho los ojos, dije algo blasfemo y contuve el aliento. Volví a intentarlo. Una descarga de dolor que me obligó a parpadear mientras cojeaba para guardar el equilibrio. Los pájaros habían enmudecido.

Eché una ojeada al corcho de pared donde pincho con chinchetas las faenas del día. Una novedad en pirograbado, dos capas de barniz para rematar un encargo, dar uso a una vieja esponja marina con la técnica del estarcido. Y el envío de una traducción. Martes, compra. Pisé más a fondo, a ver si era todo una mala postura, un tirón, una pavada.

No lo era. Conozco bien el dolor, pero me estaba pillando a traición, sin motivo aparente y por sorpresa. Un chiste malo, que ahora el de los pies que todo lo han andado se quede cojo. Respiré hondo. Esto ha de tener una causa física, algo se te pasa por alto, no puedo poner el talón en el suelo.

A ver como llego yo a Correos. A pedir cita en el ambulatorio. Al mercado. A la pata coja, ya. Y sin tener ni bastón, ni paraguas que haga el uso. Genial.

Tiempo justo para vestirme mientras la vecina me aporreaba la puerta. Es su manera de saludar. Así sin dar tiempo a nada me dijo que había soñado conmigo. Dios bendito. Y que me traía un bastón de su difunto, iba a pedir cita médica y si quería me la pedía a mí también si le dejaba mi tarjeta sanitaria. Que luego iba a la plaza y me hacía la compra. Mejor no menearlo. Le di la tarjeta para pedir cita, dinero para la compra y mil gracias por el bastón. Y se fue tal cual. ¿Lo había soñado? Ni pregunté.

Otra vez quise poner el talón en el suelo. Tenía los ojos secos y todavía un relativo dominio de mí mismo, pero las lágrimas empezaron a nublarme la vista. ¿Llorar de dolor? Pues iba a ser. Usé el bastón y volví a cojear sin apoyar el pie. Sonó el teléfono.

Mi cliente de la traducción. Eran treinta y siete páginas, incluyendo notas e índice. Acababa de modernizarse y de obtener una tarjeta Paypal y un fax. Me hacía el pago y yo se lo enviaba, menos tiempo, más sensato. Vale, es usted muy amable. El amable era yo, parece ser, que nunca lo traté de fósil por sus métodos de correo o mensajería. Bueno, no pasa nada. Insistía en que mirara el pago. Lo hice. Y le dije que mirara su fax, que iba lo comido por lo servido página a página.

Los pájaros ya habían volado a empezar su jornada. Me pareció que las macetas eran inusualmente verdes. Me pareció que crecían cada vez que las miraba. Que la luz cotidiana no era el polvillo que flota entre las láminas de una persiana veneciana, sino lanzas de colores misteriosos que contaban historias.

Hice el té de siempre, pero me supo nuevo. Las manzanas relucían en su cesta, el suelo parecía brillar con un tono dorado. Las pinturas para barnizar habían ganado calidad. Ahora el mar casi se movía con rizos de espuma blanca, y  podía oír a la gaviota solitaria y oler la sal. La esponja marina, tan vieja y gris, ya no era vieja. Ni el pirógrafo era una estúpida máquina barata, sino en potencia un dedo mágico de fuego rojo sacado de la fragua de algún dios olvidado.

Tengo que salir de aquí y ver en qué se ha convertido el mundo, pensé con la lucidez de un escalpelo de cristal. Ducharme fue volver a pisar, pero el dolor ya no me importaba tanto. La vecina trajo mi cita médica y una compra de campanillas. No me pareció ella misma cuando me miró oblicuamente, con los ojos de la sibila.

-Tómate algo para el dolor, o date una vuelta. Esta noche me paso a ver cómo estás.
-No hace falta, ya se ha molestado lo bastante.
-Hace falta.

Tal vez. Me calcé sandalias, aferré el bastón y me eché a la calle. Sin más.

Sólo era el mismo mundo cuando caminaba con los labios apretados, aguantando. Me senté muchas veces. En el parque, un lugar que me desagradaba, lleno de madres, carritos, bebés llorones y conversaciones estúpidas. Pero cuando el talón no tocaba el suelo no oía eso. Oía el mundo tal y como es. Veía emociones, colores que se mezclaban con los colores de árboles compasivos, piedras observadoras, agua que goteaba desde los riegos. Y las gomas del goteo no eran gomas, sino venas que lo llevaban todo de uno a otro lado. Caminé otro buen tramo, como quien avanza entre niebla espesa. Dicen que los artistas son gente crédula, pero nadie ha dicho nunca eso de los artesanos. Igual no hay diferencia, pensé. Un hombre que pasaba me detuvo y me preguntó si estaba bien.

-Tienes cara de dolerte mucho –insistió- ¿Un esguince? Son jodidos, no deberías forzarte a caminar, qué sabrán los médicos. ¿No te dan la baja?

Compuse como pude una sonrisa.

-Soy autónomo.

-Entonces ya estás jodido. Vete a casa y mete el pie en agua caliente con un par de aspirinas. Seguirás jodido, pero te quitará el dolor. Suerte, compañero.

Levanté el pie del suelo para ver cómo se alejaba. Dos cuervos revoloteaban cerca de él, arriba, entre los árboles del bulevar. No hay cuervos por aquí, me dije. Y pensé que deseaba que bajaran. Lo hicieron, vi sus plumas tan negras que volvían negros los rayos de luz, y sus ojos afilados observándome. Nos miramos. Había caminado demasiado, sin duda. Planté el talón en el suelo. El dolor volvió, pero los cuervos no se desvanecieron.

Estaba miserablemente en pie, apoyado en el bastón y sin duda pálido o verde. O ambas cosas.

Entonces vino a mi encuentro una mujer que me ayudó a sentarme en un banco. Los cuervos alzaron el vuelo. Parecía realmente compasiva, insistió en que una talonera me aliviaría, incluso me descalzó el pie y me la puso. Pisé fuerte. Ahora no me dolía. Qué extraño. Ella me miraba, esperando respetuosamente un resultado. Me levanté. Y, con disimulo, alcé un poco el talón del suelo. Ahí seguía el otro mundo, el revelado, el real. Le sonreí y la invité a comer sin ni pensarlo. Me hablaba de un zapatero al que justo acababa de comprarle taloneras. No, se las había cambiado por sus muletas. Quería agradecérselo. Pero no había zapatería alguna, ni taller de remendón. Supongo que nos pareció normal. A veces volvemos por allí.






Imagen: Propia, bajo la misma licencia del Blog.