domingo, 27 de agosto de 2017

Disculpe pero nadie puede ayudarle.




Es curioso leer mucha de la publicidad de servicios o bienes que nos venden a diario. Su lema principal: nuestro trabajo, ayudarle en todo lo que necesite. Una mentira como la catedral de Sevilla. En el momento que firmas un contrato o compras se acabó el idilio. Usted no ha leído la letra pequeña, existe una ley que nos ampara... y un largo etcétera que no se acaba ni el día del juicio final a medianoche. Pero no ocurre solo en la empresa privada, en los servicios públicos también sucede otro tanto. Si no conocemos nuestros derechos podemos pasar mil y una batallas y alguna que otra penuria.

Todo bien, o servicio se estandariza, se da por hecho que todo el mundo vive en un lugar similar con las mismas características y que todos los individuos somos iguales sin tener en cuenta las peculiaridades de cada lugar o persona. Estamos acostumbrados a dejar pasar, nos han hecho pensar que las cosas ocurren así y no hay otra salida. Existen hojas de reclamaciones, asociaciones de consumo, y organismos pertinentes cuya labor es velar por los usuarios y consumidores.

Se empieza por dejar pasar que un producto que hemos comprado no tiene garantía o le falta algo que se especificaba en los carteles. Quizá esa pérdida no sea tan grande como la de una vida propia o de un familiar. Pueden hacer negocio de nuestras vidas, y más si les dejamos.
Se ha luchado por los derechos que tenemos durante mucho tiempo y en ello hay gente que ha perdido la vida, la salud, y es triste que dejemos escapar lo que tanto costó conseguir y bien se cumple que no se sabe qué se tiene hasta que se pierde.


Si queremos cambiar el mundo empecemos por nosotros y por lo que nos rodea. 

Imagen propia bajo la misma licencia que el blog. 

domingo, 20 de agosto de 2017

Sueños usados.






Abrí los ojos de golpe. Cabezada de diez minutos. El sol ya no arañaba el color de las cortinas, ni pintaba lanzas de polvillo impalpable atravesando el salón con saña de semanas. Maldito verano eterno. Me puse en pie. Las treguas son lo que son y valen lo que valen. Ella apartó la vista de la televisión. No, no había sido una pesadilla. Un sueño impersonal, imágenes vistas desde fuera a las cuales no perteneces. Telarañas grises con luces y sombras afiladamente vivas. Películas en blanco y negro. Le ofrecí un paseo deseando que no lo aceptara. Si algo nos sobra es malhumor. Pol estaba sobre sus cuatro patas, de guardia en la puerta con la correa en la boca, en silencio.

-Te dije que iba a venir Kili. No la aguantas.

Claro que eso no era cierto. No del todo. Pero mejor asentir sin más. Durante un segundo me miró de otra manera.
-Daos una vuelta, que Pol se canse. Está muy nervioso.
-De acuerdo.
-Y, si no te importa, fíjate en los anuncios que veas pegados por ahí.
-Lo sé. Se nos acaba el tiempo.
-¿Estás bien? -sus cejas se levantaron juntas.
-Claro que no. Habrá sido la cabezada.
-Un sueño usado.
-¿Qué has dicho?
-Te has cruzado con el sueño usado de alguien -volvió a mirar la televisión- Pasadlo bien.

Pol quería correr, y yo cualquier cosa que me alejara por un rato. A mucha gente les fascinan las ciudades vacías en agosto. Los cierres bajados, los toldos subidos, los carteles de cerrado por vacaciones. Creerse dueños de enormes avenidas abrasadas bajo un sol de horno, callejear rincones a menudo atestados con el único eco de los propios pasos. El mundo parecía contener la respiración. Ahora un rayo blanco partiría el cielo: empezarían a caer gotas muy gruesas siseando en las grietas resecas de las aceras, y una chica se quedaría mirando hacia arriba antes de echar a correr tapándose el peinado. 

Sucedió exactamente así. Lo que había soñado. Pol tiraba de la correa. Directos al parque. Lo solté. Las gotas eran ahora un espeso velo frío que arreciaba y lo cambiaba todo. Cayó el polvo de hojas y troncos revelando el verde intenso del estío, las formas de las cortezas, los colores agrisados en los parterres. Olía intensamente a barro, el estanque repiqueteaba, todo se llenó de charcos. Habría un vagabundo blasfemando, dos prudentes ancianas con paraguas. El guarda con la espalda pegada a la caseta de los urinarios, cerrados muchos años atrás.

Todo estaba en su sitio. Incluso Pol, embarrado hasta el último pelo, con la lengua colgando, absolutamente feliz. Tan feliz como para olvidar su mutismo educado ladrando y persiguiéndose la cola antes de ser más rápido que el mismo rayo. Todos tenemos un punto de locura, hasta los perros. De un brinco se tiró al estanque volviendo a su vez locos a patos y cisnes. No los tocaría. Aún así apreté el paso hacia el guardia.

-No les hará daño. El verano lo ha vuelto un poco impulsivo, es un perro de aguas.
-Como para no volverse loco. No pasa nada. Ganas me dan a mí de tirarme, ahora que lo han dragado y está recién limpio. Si hasta se nos han muerto patos pequeños, mierda de verano del infierno.

Volvimos bajo la lluvia. Volaban algunas hojas tempranas y partes de periódicos ya tardías. Fui a darle una patada a un folio, y me detuve. Estaba en el sueño, empezando a emborronarse, detenido en las patas de una papelera. Lo cogí.

Entramos por el patio, donde Pol aceptó un baño con jabón y manguera, se sacudió mucho y me esperó mientras yo hacía lo mismo. La única ventaja del patio era su total intimidad tras el alto muro de hormigón gris. La ropa estaba tendida a cobijo de una chapa de uralita. Saqué el móvil de la bolsa de plástico, horrorosa pero útil cuando ya has perdido uno por culpa del agua. Y llamé.

Kili seguía en el salón. Las voces sonaban animadas con la televisión como fondo. Saludé sin que me costara sonreír. 

-Os habéis empapado.
-Empapados y limpios, con alguna aventura. Ya era hora de que lloviera de una vez. ¿Queréis que cenemos chino? Tengo buenas noticias.
-¿Cuales? -la voz de mi compañera cambió.
-Un anuncio- le tendí el folio emborronado- Acabo de llamar, nos citamos a mediodía.
-Qué suerte -Kili rebosaba alegría sincera.
-Me he cruzado con el sueño usado de alguien que no necesitaba el folio, o no lo recogió. Ella te lo explica mientras reviso la cocina y voy a por la hoja del chino.



Imagen propia, bajo la misma licencia que el blog.


lunes, 14 de agosto de 2017

1460 días mas o menos.











Son los que tiene de vida este Blog, cuatro años en los que han pasado muchas cosas. Muchas buenas, otras menos. Aquí he salido de mi caja de confort, he seguido aprendiendo a plasmar mis letras, sin dejar de imaginar, y se que siempre quedara algo por aprender. Este lugar se creó como canal para dejar fijada esa magia que fluye por nuestras venas y que necesita salir y trasformarse en historias, en relatos, en leyendas, en parte de nuestra vida real. Gracias a los que nos leéis, seguís, y comentáis, esperamos seguir caminando en vuestra compañía y que sean muchos más.

Por mi parte he aprendido -estoy aprendiendo- algo que creía imposible. No difícil, complicado o duro: imposible. Escribir a medias estaba para mí en la galaxia muy, muy lejana de lo irreal. Claro que no todo está escrito a medias, hay espacios personales. Ya veis, lo imposible sucede si se trabaja lo bastante. Sois vosotros quienes debéis juzgar los resultados.

Al igual que acaba de hacer Ainhoa, os doy las gracias. Por la constancia. La paciencia. Las críticas. Los retos. Es un placer compartir todo esto con vosotros.

Ainhoa y Guille. 







martes, 8 de agosto de 2017

Angeles blancos.






Una casa retirada del pueblo hay velas y se escuchan los rezos, pero también hay música  de castañuelas, acordeón  y guitarra, jóvenes que bailan cerca de donde reposa una criatura vestida de blanco. Desde la pared lo guarda una estampa de la Virgen con el Niño. En tierras de Valencia: se llama el Vetlatori del Albaet y en  América Latina el velatorio del angelito.

Se cree que la costumbre existe desde que los árabes poblaron la península y después los conquistadores la llevaron al nuevo mundo. La tradición se ha conservado hasta bien entrado el siglo pasado aunque no era de gusto de la iglesia.

Una criatura había partido hacia el cielo, no había cometido pecado alguno, por lo que iría directamente a la morada celestial  y se convertiría en angelito. Consuelo para los padres y alegría y fiesta para los vecinos, que vestidos de domingo festejarían toda la noche que aquella alma dejaba aquel mundo de pena y dolor para alcanzar la vida eterna. Amortajada de blanco y con los labios y los mofletes pintados de de rojo,  acompañado  de flores blancas, todos los reunidos darían el pésame pero a la vez se alegrarían por que había un angelito más en el cielo.

Algunos extranjeros que visitaban aquellos lugares se sentían extrañados, ya que lo que creían una boda era un funeral, en el que se cantaba, bailaba, comía y bebía, y los mas jóvenes aprovechaban para conocerse y ligar.

No eran pocos este  tipo de festejos ya que muchos niños morían, la iglesia y hasta las autoridades civiles los prohibieron  y persiguieron duramente, tanto en España como en México, Argentina y Chile, ya que los consideraban actos donde podían darse rienda suelta a todo tipo de excesos.

La cantautora (entre otras artes) Violeta Parra puso  letra  y música a esta tradición en una canción titulada el Rin del Angelito. Existen muchas canciones populares a este y al otro lado del charco que acompañaban al pequeño en su ultimo viaje.



Imagen de Wikipedia bajo la misma licencia que la fuente.