sábado, 26 de octubre de 2013

No hacen falta celosías.



Se subía en una banqueta y miraba por el balcón que daba a la calle, a la plaza donde otros niños jugaban. Los miraba durante largas horas hasta que en ocasiones llegaba la noche.

A veces la despertaban muy de mañana. La vestían de domingo, y la puerta que significaba libertad se abría. Todavía no había amanecido y acompañada de mamá subían a un coche que los llevaba a la estación para irse a visitar a los abuelos al campo.

Anhelaba aquellos días en los que aunque fuera bajo la atenta mirada de las señoras del caserío podía andar a sus anchas y ser lo que era, una niña.

Después todo aquello quedaba como un sueño y los años pasaban, sus hermanas y hermanos fueron creciendo, iban al colegio y salían de allí a diario mientras  ella se escondía entre el reloj del salón y los sillones de la biblioteca.

Entre semana venía un profesor que le enseñaba a leer y a escribir, y cuando aprendió comenzó a leer sobre todo lo que había fuera de aquellas paredes. Preguntó una y mil veces el motivo por el que tenía que estar en casa y no podía salir. Las razones eran siempre las mismas: era muy pequeña, estaba enferma, se cansaría…

La mirada inquisidora de papá, como si lo molestara con una pequeñez y la mirada de tristeza que tenía su madre cada vez que la observaba. Eso veía cada día.

Prefería el balcón y ver la gente pasar, se conocía los nombres de todos gracias a María la cocinera, con la que pasaba largas horas en la cocina. Con el tiempo perdió la vergüenza y comenzó a hablar con todo el mundo que pasaba por la plaza. Sus padres estaban demasiado ocupados: en su trabajo en el ayuntamiento él, y ella en sus obras de caridad de la parroquia.

Consiguió que la dejaran salir a los mandados con María prometiendo portarse bien y no molestar a nadie, y así pudo descubrir qué había más allá del tic tac del reloj y el sonido del rasgar de la pluma de papá sobre el  papel.

Nunca supo qué fue mejor, si el remedio o la enfermedad. Nunca entendió muy bien lo que ocurrió en realidad, tan solo que después de un año saliendo con María una mañana un joven muy simpático al que ya había visto varias veces le entregó un papel para que se lo diera. Ella, cumplidora, se lo dio y un par de días después la cocinera se marchó para no volver.

La siguiente cocinera no era tan simpática y aunque siguió mirando por la ventana del balcón de la cocina, aquella antipática señora no permitía que la acompañara a los mandados. Las otras chicas de la casa eran muy secas y además tan solo estaban durante el día en la casa. Volvió a sentirse sola.

Sus hermanos se fueron marchando, algunos a estudiar otros a trabajar y los cabellos de sus padres  encanecieron. A veces bajaba sola a la plaza cuando María la llamaba para que viera a sus hijos pequeños.

Comenzó a ir a misa los domingos con sus padres y eso al principio fue una novedad. Su madre en ocasiones la llevaba a la parroquia, donde estaba con otras señoras que hablaban sobre cosas aburridas. A ratos algunas se acercaban a ella mirándola con pena y hablándole como mamá les hablaba a sus perros.

Se aburría tanto que acabó por conseguir que no la llevara, tan solo había obligación de la misa dominical. Prefería quedarse en casa, mirando y leyendo despacio los libros de la biblioteca.

El tiempo pasó y primero se fue papa, como hacía tiempo se habían ido al cielo los abuelos. Mamá se vistió de negro y se encerró más en sí misma, la casa se volvió más sombría y lúgubre. Sus hermanos a veces venían a visitarlas con sus sobrinos, con los que a ella le gustaba jugar.

Algunos días recibían visitas de amigas de su madre, y se ponían los manteles buenos y se vestían de bonito como decía ella. Volvía a aburrirse: hablaban de dolores, de gente muerta y de lo triste que era todo.

Una mañana de enero mamá se durmió para siempre acompañada de sus perros, y entonces su vida cambió de nuevo.

Ahora en la casa entraba el sol, las ventanas permanecían abiertas y había flores en macetas en el balcón. María venía a visitarla todos los días y le hacía compañía, salían a la plaza, daban largos paseos y cuando miraba al balcón de su casa la niña que se asomaba por él ya no estaba triste: le sonreía.

Fuente imagen: nuestra, bajo la misma licencia del blog. 












12 comentarios:

  1. Me alegra que te lo parezca un poco de encanto y final feliz no hace mal a nadie. buena noche.

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  2. tiene inocencia y un buen final, conectar con los niños que tenemos dentro. un saludo Ana.

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  3. Ahí le has dado. Y recrear la inocencia es muy difícil, Leonor.

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  4. Gracias Alodia :) todos tenemos un poquito de esa inocencia de niños en algún lado, gracias por tus comentarios.

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  5. Es para reflexionar el personaje que parece una víctima pero logra no serlo. Muy bien urdido, enhorabuea.

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  6. Gusta pensar que todos tenemos oportunidad de ser felices. un saludo Len Roda y buena jornada.

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  7. Muy comprometido, y certero. Es curioso que "acaba bien".

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    1. Eso es lo bonito de las historias que sorprendan y algo que parece abocado a un mal final, tenga uno bueno. buena semana.

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    1. un bonito encuentro, es una de las historias que son diferentes, no se cuenta lo mismo y el final es diferente. un saludo y buena semana Merit.

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