martes, 3 de junio de 2014

Cosas de Talones (I)



Miedo me da poner el pie en el suelo, lo mío ya no es levantarse con el pie izquierdo es no poder plantarlo  porque puede cambiar el mundo que me rodea.

Parece el resumen de una historia de ciencia ficción, y es el día a día que llevo viviendo desde hace un mes. Me levanté una mañana y el pie me avisó, un mal movimiento mientras dormía, ya que no soy sonámbula ni tengo una vida paralela en la que me dedico  a hacerle la competencia a Spiderman por las noches.

Miro las muletas que se han convertido en mis compañeras y en la única manera de estar tranquila, pongo agua a calentar y abro las ventanas para que entre el aire fresco de la mañana.

Conecto el teléfono y veo que no hay mensaje ninguno, enciendo el ordenador,  consulto el mail y mientras escucho hervir el agua apago el pc.

Pongo la radio y tomo la taza entre las manos,  evito mirar el pie, que ya lo conozco de memoria, podría dibujarlo hasta el más mínimo detalle por dentro y por fuera.

El dolor y yo éramos ya viejos conocidos por otras razones y en otras partes del cuerpo, pero en el talón era una novedad. Hasta soñaba con ello, un sueño lúcido en el que no era yo misma, pero en esencia si, en un lugar extraño frío y húmedo.

Se asemejaba a un sótano, un lugar bajo tierra por el que corría, no huía de nadie pero sentía la necesidad de salir de allí. Un paso más y algo entraba en la carne cerca del talón. Una ola de dolor inundaba todo mi ser y entonces era cuando despertaba.

Diagnóstico: un mal paso, un recalcón, mucho estrés… pero así sigo después de un mes. Todo esto sería asumible si no fuera por la otra parte. La más extraña y la que tiene menos explicación.

Lo que ocurre a mí alrededor cada vez que pongo el pie en el suelo. El tiempo se detiene, o todo se queda en silencio, o el mundo comienza a andar a cámara rápida, la gente cambia de color, se quedan sin voz…

Durante los primeros días pensé seriamente en que necesitaba descanso y  evadirme del mundo. Fueron unos días tranquilos, el pie en reposo, mi madre o mi hermana  pasaban a hacerme una visita y me trajeron las muletas que andaban por casa, que había usado mi hermana en una ocasión. El mundo parecía de otro color, entre tanto relax y el pie quietito y sin dar guerra.

No había mucho trabajo, y lo que tenía que hacer vía teléfono y nuevas tecnologías pudo resolverse, todo el mundo parecía más amable y mucho más dispuesto.

Fui haciendo más pequeña la montaña de libros malditos, muchos los tenía pendientes desde hacía bastante tiempo, tomé la lectura con fervor, como si fuera la primera vez que leía, todo era nuevo, excitante, y me hacía feliz.

Entre mis lecturas apareció una historia, más bien una leyenda sobre reyes sagrados y la herida que se les hacía. Luego, no  podían volver a poner el talón en el suelo.

Me lo quedé pensando y mirando mi lista de cosas que me gustaría hacer, estaba la de visitar a mi amiga Alma, tenía una pequeña tienda esotérica en el barrio. Le había prometido visitarla mil y una vez veces y todavía no lo había hecho.

Sonó la campanilla de la puerta y Alma me saludó desde la trastienda, me invitó a que pasara y me recibió con un abrazo. Me senté y dejé las muletas. Ella me miro con su mirada enigmática.

Sin más me dijo que lo mío era cosa de la toma de tierra, que la debía tener obstruida o más bien por alguna razón hacia contacto con las fuerzas de la tierra y debía buscar algo que la aislara hasta que encontrara el motivo del bloqueo.

Se me debió de quedar una cara de no entender nada, pero me pareció que no era una idea descabellada. Me invitó a que visitara la tienda de un   zapatero en un callejón en las traseras, un par de calles más allá de donde nos encontrábamos.

Me despedí dándole las gracias e invitándola a comer en casa una de mis famosas tortillas de patata que tanto le gustaba. La verdad era que mientras no pusiera el pie en el suelo, todo me iba a pedir de boca. Caminé despacio fijándome en la gente, sin enfados, sin prisa y me di cuenta que el mundo era bastante distinto si uno se lo proponía. Entré en el callejón. Corría una brisa suave, con olor a lluvia y primavera, la persiana estaba levantada y un hombre trabajaba dentro a la vista de todo el mundo.

Me recordó a las historias de zapateros remendones y duendes, él me sonrió, se limpió las manos y salió a recibirme. Le conté lo que me pasaba y que me mandaba Alma.

Volvió dentro y abrió un cajón. Salió y me dio algo envuelto en  papel de estraza, le pregunte por el precio y él me dijo que me las trocaba por las muletas cuando ya no las necesitara.

Abrí el papel y vi dos taloneras, me senté y me puse una, parecía que ya no dolía me puse en pie y le di con sumo gusto las muletas. Metí la otra talonera en mi bolsa y me despedí del hombre deseándole un buen día.

Caminé despacio, todavía con el dolor residual de todos aquellos días, hacia buen tiempo y ante mí estaba el boulevard, mediodía y una primavera en todo su esplendor.

Me senté en un banco y saqué mi cuaderno de dibujo,  un lápiz y me puse a dibujar. La gente  sonreía, los niños jugaban, y en toda aquella idílica postal vi a alguien que emanaba lo mismo que desprendía yo hasta hacia un rato.

Lo miré, vestido de manera informal con la cara del dolor y un bastón que me recordaba a las crónicas campestres. Me acerqué y me ofrecí a acompañarlo hasta un banco cercano.

Caminamos despacio hasta llegar al banco, le ayudé a sentarse, escuché  a dos cuervos emprender el vuelo. Tenía la certeza de que su dolor era igual que el mío así que sin dejar de sostener la conversación amable que habíamos comenzado, busqué en mi bolsa, guardé los utensilios de dibujo y saqué el papel de estraza.

Se lo tendí, diciéndole que aquello podría aliviar su dolor. Me miró dándome las gracias, y sacando la talonera del papel. Me ofrecí a ayudarle a despojarse de la sandalia y ponerse la talonera.

La cosa parecía que funcionaba se puso en pie y en poco tiempo el bastón ya sólo era un objeto testimonial. Muy amablemente me invitó a comer y yo acepté.

Nos acercamos a la tienda para dar las gracias nuevamente al zapatero. Parecía cerrada, cosa extraña ya que minutos antes estaba abierta. Entonces pensé en una frase que leí hacía algún tiempo, la magia nos encuentra y en ocasiones es un destello.

Nos encogimos de hombros y volvimos al  boulevard. Todavía a veces regresamos por aquel callejón…






26 comentarios:

  1. Es de traca de bueno. Felicidades.

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  2. Gracias Len se nota que disfrutamos y disfrutáis y eso es lo que cuenta. un saludo.

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  3. Lo he leido dos veces. La magia en lo de cada dia. Que bien escribes, Leonor.

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    1. Gracias Presentación es un placer escribir y mas si quienes te leen lo aprecian tanto un saludo y buen finde.

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  4. Impresionante relato, Leonor. Y la foto. ¿Cómo la hicisteis?

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    1. Gracias Aur, la foto la hizo Thorongil a una vidriera y al haber un cristal la instantánea capto, el otro lado, a mi a el y todo lo que había por allí una de esas fotos que salen una vez cada un millón de fotos. un saludo.

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    1. Si lo es yo lo he releido ya un par de veces por lo menos y cada vez me impregno mas de el. un saludo y gracias Alodia.

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    1. gracias Encina :) que la magia te acompañe.

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    1. y que no falte, que sin ella todo seria muy gris. un saludo.

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    1. Muchas gracias Migue es un placer leer tus comentarios, un saludo.

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  9. De los que mas me han gustado escritos a medias, y eso que todos me gustan.

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    1. :) la verdad es que es de lo mas cotidiano mezclado con polvos de duende quizá ese sea el secreto de que guste tanto, ya que puede pasarnos a cualquiera algo así. un saludo.

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    1. gracias Chelo, fue un acierto unir foto y relato sin duda. :)

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    1. gracias Ana vosotros tenéis que ver con ello que nos animáis a escribir mas. un saludo.

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  12. :) y que fluya siempre Andres, un saludo y buena semana.

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    1. gracias Lucas, :) revisando lo escrito encontré este mensaje sin contestar, nunca es tarde. un abrazo.

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