sábado, 30 de julio de 2016

Tengo un problema.



Yo no. Mi único problema es cargar un paquete de nueve litros de agua embotellada; la compra mínima de ensalada, verdura y fruta (seguimos sumando) a 40 grados centígrados. Nada, chavalote maño pirenaico, o mueres o ganas. Ganas llevar la carga a casa, por cierto. Y me sale un paisano de esos que más bien no, no, no. Uno que vive cerca. Y que te entra sin decirte buenos días, mal desayuno te de Satanás, escupe que tiene un problema. Ya.

Otra persona lo apabulla, pero no es mi estilo. Le suelto una que suele ser fija cual diana: “Problema de vida o muerte, supongo, o no me toques las pelotas.”

De vida o muerte, hay que ser gafe. Ayer noche se les murió el suegro. El abuelo de su nene, que está fatal. Vale. Le di clases al chaval hace unos años, de  apoyo. No lo hubiera apuntalado ni un bosque de vigas de roble bueno, a qué mentir. Cuando en una casa lo único encuadernado que hay es la Guía Telefónica, te haces un diagnóstico.

Por supuesto, poco que rascar. Ni pensarse que el nene fuera con sus padres al tanatorio, ni al entierro. Me contó que había tenido pesadillas. A ver si se le iba la olla, o se atontaba, que a los doce es mala edad. Malísima, ya. Si hacía falta…

Me lo endosaba una hora, mientras su madre –la de él- llegaba desde el pueblo. Si hace falta…

Una hora. Se acordaba de mí años antes. Malo. Saqueaba la nevera, peor. Peor ya no hay nada, así que se la solté:

-¿Te caía bien? El viejo.

Luego le conté una peli de terror. Las buenas de terror son las reales, nunca las imaginadas. Cuando yo tenía su edad estaba en un internado. Cada vez que moría un fraile viejo, y había muchos viejos, lo ponían en el suelo sobre una estera, vestido de fraile, con cuatro velones, y pasábamos en fila a presentar nuestros respetos.


La mayoría eran frailes viejos, flacos y compuestos, incoloros, inodoros y (supongo) insípidos. No todos. Los había de rostro afilado y verdiazul. Los había hinchados bajo el hábito. ¿Daba miedo? Mostraba las caras de la muerte. El respeto debido, las variaciones físicas, el danzar de los velones creando sombras irreales. Ir a ver a los muertos era parte de la vida. Incuestionable. Al final me costó la pasta, el taxi para que subiera al tanatorio y se peleara con sus padres si era el caso. Si tiene pesadillas, que sean reales. 



Imagen propia, bajo la misma licencia que el blog.

8 comentarios:

  1. La vida y la muerte van unidas, un buen texto reflejo de estos días. Un abrazo maño.

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  2. Gracias. Proteger irracionalmente es una estupidez.

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  3. Enfrentarse a la realidad es parte de la vida, guste o no. Otra cosa es saber afrontarlo.
    Un saludo

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  4. A menudo me pilla muy a traspelo, Carmen, la cantidad de imbéciles (de ambos sexos) que andan sueltos por el mundo negando a sus retoños la única realidad incuestionable: que somos mortales. Gracias por leerlo, y feliz agosto.

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  5. Es que hay veces que no sabes si es tonto el niño, o el padre.

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  6. Más bien suelen serlo los padres, Pedro, y de tal palo...

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