miércoles, 27 de abril de 2016

4 minutos.






Se le había hecho tarde, pensaba en la comida y en que su marido llegaría hambriento de la faena, posiblemente la abuela hubiera puesto el puchero al fuego.

Habían escuchado la sirena antiaérea a lo lejos, y se escondieron bajo un puente. Aquel tiempo se hizo eterno: las dos criaturas lloraban, guardándose entre las faldas de su madre.
Se volvió a escuchar la sirena y todavía ella los mantuvo durante largo rato en su escondite.

Todos dormían. El mundo se había detenido, y su madre le agarraba la mano haciéndole  daño. Sus ojos abiertos de par en par miraban mientras su madre tiraba de ella. Su hermano pequeño se agarraba a su pecho, mudo.
No había quedado ninguna casa en pie en el centro del pueblo, y entre las humeantes ruinas, todo era silencio. Desorientada y como poseída  caminó sin encontrar su hogar.

Los niños gemían y se aferraban aun más a su madre, sus ojos  la miraban con terror buscando la calidez y la tranquilidad que siempre les había ofrecido. En esta ocasión, mamá estaba tan asustada como ellos.

Miró a lo lejos y no quedaba nada de lo que había sido su hogar desde que tenía uso de razón. Poco quedaba en pie, algo que le angustiaba y hacia que caminara más deprisa para llegar donde aquella mañana había dejado su casa. No vio a canela moviendo la cola dando la bienvenida, como hacía cada vez que regresaban a casa.


Los  niños se habían orinado encima. Estaban mojados y asustados,  el  pequeño tenia cerrados los ojos y escuchaba el corazón de su madre que latía rápidamente. Las bombas cayeron  principalmente en el núcleo urbano y en las fábricas cercanas a la red ferroviaria. Aun así, casi nada había escapado a la destrucción.

Desde antes del inicio de la guerra su padre hablaba de que en los sótanos de la casa había pasadizos que habían pertenecido a contrabandistas, que los utilizaban para almacenar la mercancía y escapar de la autoridad.
Rezó porque hubieran podido huir y  no se hubieran quedado atrapados bajo tierra. Caminó hasta donde sabía que estaba la salida oculta, donde  jugó tantas veces aunque se lo tenían prohibido.

Dejó a los pequeños un poco alejados pero sin perderlos de vista, hablándoles dulcemente les dijo que iban a buscar a los abuelos y a papá. Al  parecer no había caído cerca ninguna bomba,  llamó a los suyos sin obtener respuesta. Tan solo oyó su voz  perderse por las galerías.

Llevaba algo de pan y queso guardado, por lo que sentó a los niños y los entretuvo.

- Se nos ha pegado la comida -  dijo una voz tras ella.
Se volvió, allí estaban sus padres y su marido, acompañados por la incansable canela.


Ellos habían tenido suerte de estar vivos, muchos de sus convecinos, no. Cada uno de los adultos miraba la desolación y maldecían a la guerra, uno de los jinetes del apocalipsis que nunca venia solo: ya se escuchaban los cascos de los otros, el hambre, la peste y la muerte.


Ayer se cumplieron setenta y nueve años del bombardeo de Guernica, durante cuatro minutos tan solo se escuchó el silencio precedido por una sirena antiaérea. Porque nada como esto vuelta a ocurrir y por las victimas de tantas guerras absurdas.



Imagen propia.

Imagen bajo la misma licencia que el Blog.

Autora de la foto: Gregoria Morán.  






12 comentarios:

  1. Ojalá nada de eso volviera a ocurrir pero, sigue ocurriendo. Son otras gentes, otros países, otras víctimas....sigue ocurriendo.

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    1. Lastimosamente si y de alguna u otra manera todo tenemos algo que ver en ello. un abrazo Ambar.

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  2. Un desastre que auspició muchos, muchos más. Los bombardeos a la población civil se han convertido en moneda corriente en cualquier guerra que salpique de horror el mapa mundial.
    Un saludo

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    1. En el caso de Guernika, se usaron poblaciones como pruebas para futuras guerras como fue la Segunda Guerra Mundial. Ademas cada vez las guerras evitan la confrontación entre personas. Un saludo Carmen.

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    1. Lo es. gracias por pasarte Juan Marcos.

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    1. Y cada día hay algún Guernika en alguna parte del mundo. Muy triste.

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    1. Mucho ojala no existiera. Un abrazo Alodia.

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  6. Que nunca, nunca se pierda la memoria. Un abrazo.

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