miércoles, 12 de noviembre de 2014

Fotogramas



Siempre hubo ventanas en los lugares donde vivía, ojos al mundo que estaba allí fuera, con cielos de colores y hojas nuevas cada primavera y aquellas que caían y dormían cada invierno.

Cuando todavía era poco consciente, dentro del taca - taca se pasaba largas horas mirando desde abajo al gran ventanal del salón, sus manitas tocaban el frío cristal y sus ojos se abrían grandes a todo aquello que había allí fuera.

Grandes nubes blancas de algodón que viajaban por aquellas sendas azules y a quienes hablaba en  ese idioma que los más pequeños  hablan  y solo los seres mágicos y unos pocos entienden. En ocasiones el viento se colaba por las rendijas, empujaba  las nubes y movía aquellas grandes cosas  colgadas en las casas de enfrente, haciéndolas bailar.

Ahora el tiempo había pasado muy rápido, después vinieron un triciclo, la bici, el colegio, y mirar desde la calle aquel ventanal donde había sido tan feliz.
La ventana junto a la que  estudiaba era más pequeña, algo más triste desde que ya solo eran dos en la casa: su madre se había ido sin avisar y ya no había vuelta atrás.

Desde entonces no era tan divertido mirar por la ventana si no había alguien   que llamara para que regresara de donde estaba. Después llegó el instituto, las maletas,  otras ventanas entre semana y los semestres de universidad.

Ahora la puerta de aquella casa tan sólo estaba abierta cuando alguien entraba o salía, su padre vivía en las calles y en otros lugares que nunca pisaría.
La puerta del balcón ya nunca se abría y sus visitas eran casi las del médico, todo limpio pero impersonal y ya no tenía el calor del hogar.

Alguna vez intentó mirar por otras ventanas, buscando la magia y llamando a aquellos amigos de la infancia de los primeros años, pero no lograba encontrarlos.

Primer trabajo, amores de juventud, fines de semana en la playa o en alguna ciudad del sur. Susurros después de media botella de champán, suspiros de placer tras un día largo y duro en la jungla que se extendía fuera.

Un piso compartido, sueños de niñez que se cuelan en el descanso diario, decisiones que vencieron el miedo y caen como lluvia después de un año seco.

Llegó el verano, las vacaciones, y aquella ventana que tanto atormentaba sus sueños. Aquellos días de agosto lo reconciliaron con ella. Los cristales se habían roto una noche por una insospechada tormenta.

Su padre compró cristales de colores, y parte de la ventana la convirtieron en una vidriera. Pieza a pieza conversaron y se volvieron a encontrar, hablando hasta de la ausente madre que ignoraban donde habría ido a parar.

Ahora la luz de aquella ventana trasmitía colores, calidez y  las musas regresaron acariciando su cabeza como lo hacían sus amigos cuando era un pequeño infante.

Regresó al hogar, a los planes que una vez escribió y dibujo en una carpeta que lo esperaba en el primer cajón de su escritorio. Los cielos grises sobre su cabeza volvieron fuera. Volvió la magia y alguien le susurró.


Bienvenido… 


Imagenes propias, bajo la misma licencia que el blog. 

16 comentarios:

  1. Respuestas
    1. hay días que hace falta un poquito de ella, una sonrisa siempre sienta bien. un saludo Pedro.

      Eliminar
  2. Respuestas
    1. me alegra presentación que tengas un bonito Jueves, Viernes... y los que siguen.

      Eliminar
  3. El hogar, aunque a veces parezca que es una prisión, siempre se echa de menos cuando se está lejos.
    Saludos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muy cierto Carmen y la experiencia es la que lo enseña. un abrazo.

      Eliminar
  4. Respuestas
    1. Gracias Juan, y que no falte nunca esa magia en nuestras vidas. buen finde.

      Eliminar
  5. Toca los recuerdos. Eso no es nada fácil.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. es gratificante saber que llega tanto y que gusta, un saludo Tolo.

      Eliminar
  6. Respuestas
    1. Lo es, es uno de los géneros que mas me gusta. un saludo y buena semana Merit.

      Eliminar