sábado, 11 de octubre de 2014

Tan hondo como un pozo.




El mar azul estaba en calma: las olas acariciaban las piedras y jugaban con los  crustáceos. Dos pequeños corrían siguiéndose y riendo mientras sus mayores los miraban jugar y se abrazaban.

Varios años antes esta escena tan solo era un sueño en la mente de un hombre que caminaba por las calles de Roma. Imaginaba una casa cerca del mar, niños corriendo y una mujer que lo abrazara.

Sus pasos se perdieron en las sombras  como cada mañana de trabajo y cada tarde de vuelta a la misma ínsula.

Las escaleras de madera sonaban bajo los pies de hombres que abandonaban los lechos de mujeres que no los esperarían con un beso cuando acabara el día.

Cuando todos se marcharon ella salió al patio, se desperezó y antes de que ninguna de las otras la importunara se encamino al mercado. Todavía se lo estaba pensando, claro que poco había que meditar.

La casa no estaba en  mal sitio, tranquila y segura, no demasiado lejos ni cerca de la taberna. Un reservado alquilado por  el que cada noche pasaba algún Hermes, Vulcano, Hefesto, Júpiter, Ares, pero nunca ningún Apolo, dependiendo de la noche y de su agenda.

No era la mejor de las vidas, tampoco la peor, el ama era una buena mujer, con la que se llevaba bien, era de las más antiguas de la casa y nunca había dado ningún problema: agradable, discreta.

Varios hombres notables de  Roma la visitaban, y además de un poco de juego, unas caricias  y varios trucos  les ofrecía saber escuchar: lo que sus esposas y amantes no hacían.

Maldita su suerte, aquella noche en la que la Augusta Mesalina salió con sus amigos a visitar tabernas y lupanares. La Lupa Dorada era una taberna de las afueras de Roma, no  los arrabales pero tampoco los cónsules solían perderse, menos un par  que  eran clientes de la casa.

La noche era oscura y el vino poco aguado caía de la mesa, mientras la conversación  era más caliente que lo que ocurría unos pocos metros más allá en el lupanar.

Algunas de las lupas se habían unido a la mesa de tan importante señora, mientras hombres y mujeres reían ella, ufana, hablaba de sus logros sexuales y de que su hambre era insaciable, tanto que sería capaz de medirse a quien se le pusiera por medio.

 Escuchaba la conversación desde su reservado. Se olía que sus compañeras acabarían metiéndola  en aquella historia. Así fue, en el momento en el que salía en compañía de su cliente, los invitaron a unirse a la fiesta, cosa que a su acompañante no le importó.

Demasiado vino y ella no había probado gota ninguna, el problema era la bocazas de la nueva esposa del emperador, impertinente y además demasiado vulgar.

Acabaron apostándose el sueldo de un día tres de ellas, contra la Augusta y dos de sus amigas, maldita la hora en la que lo hicieron.

Después de un par de tragos más, Jupiter trasformado en Baco tenía ganas de la hija de la Loba y con alivio se despidió de la mesa esperando que todo aquello solo fuera un juego infantil. Pero en algún lugar de su mente algo le decía que aquello traería mucha cola.

Baco acabó quedándose dormido y ella salió fuera a tomar un poco de aire y ver qué era lo que se movía por la casa. Parecía una noche demasiado tranquila.

Durante un rato se quedó pensativa y acabó llegando a la conclusión que quizá después de todo podría sacarle beneficio a aquella situación.

Su nombre de profesión, Escila, lo recibió años atrás de noches de placer con unos comerciantes griegos que acabaron llamándola  así, porque  nunca se habían visto entre Escila y Caribdis con mujeres así  hasta aquel momento.

Al parecer se referían a  animales marinos que no daban tregua a los barcos y se los tragaban enteros, cuánto no se rieron aquella noche.

En unas pocas horas ya sabía toda Roma de la competición de la Augusta con una de las más famosas meretrices de Roma, Escila.

Llamó a la puerta de la taberna donde estaban terminando de limpiar para abrir al público mañanero. Saludó a algunos conocidos y se acercó al mostrador.

Sonrió al hombre que estaba afanándose  en su tarea y preguntó por el dueño. Este salió,  la miró, la invitó a pasar, y le dijo a Marcos que no quería ser molestado por nadie.

Salió pasada media hora, más ligera de peso  y se dispuso a hacer la compra, no había otro tema de conversación en toda Roma y ella prefirió mantenerse al margen.
Aquella Escila de la que hablaban no era ella, era una mezcla de recuerdos, de fantasías,  de deseos de gloria de sus otras dos compañeras y de protagonismo de los clientes. Por otra parte de la Augusta, que quería como oponente a lo mejor de Roma.

No trabajó durante los días siguientes y se mantuvo alejada de las calles y de la taberna. Aprovechó para pasar el tiempo con su patrona, quien le habló del César que allí en Britania estaba mucho mejor que aquí en Roma, ignorante de los juegos de su mujer.

La patrona lo había visto en un par de ocasiones en la casa donde había comenzado a trabajar muy joven, hacía más de treinta años. Según las mujeres que habían compartido su lecho era bastante  bobo como se decía, pero hubo una muchacha que congenió con él y durante mucho tiempo recibió sus visitas y sus regalos, eso si de lo más extraños para mujeres como ellas.

Mumila, que así se llamaba la muchacha, aprendió a leer y escribir a manos de Claudio y parece ser  que cuando se retiró  abrió un negocio de vinos y se casó bien.

A veces ella se unía a sus clases, todavía guardaba con afecto sus intentos por escribir y las correcciones del César.

La taberna se ofreció como lugar de la apuesta y por eso mismo también cerró para adecentarla y prepararse para el gran día.

Muchos romanos  quisieron formar parte de la apuesta, y llegó la gran noche.  Las tres hermanas salieron de la casa cuando la tarde ya descendía, recibieron ánimos por todo el barrio de hombres y mujeres que las consideraban heroínas.

Cuando llegaron ya las esperaba tan alta señora acompañada de sus amigas, preparadas para empezar. Los hombres fueron pasando uno a uno durante aquella noche, sudores, susurros, y cuando uno más salía de la habitación se contaba , y las jaleaban a las seis.

Escila había perdido el número de hombres que habían pasado por su cama y el número de marineros que se había tragado su vórtice.

Cuando quedaban un par de horas para que amaneciera y sólo quedaban ellas dos, llego un momento en el que cayó sobre el cuerpo de un hombre de tez morena y grito posiblemente como haría Escila si la hubieran herido.

Salió fuera y entró en la habitación en la que Mesalina estaba llevando acabo su propia prueba, la miró y supo que era una Bacanal: cada hombre que subía con ella al lecho tan solo era un trozo de carne.

Entonces comprendió que todo aquello no tenía ningún sentido, salió sin que casi nadie se diera cuenta y volvió a su casa con sus compañeras mientras los gritos y la cuenta seguían.

Cuando ya amanecía alguien llamó a su puerta. Era Marco en nombre del  jefe con el mensaje de que la Augusta quería que se reincorporara,  ya había descansado suficiente.

Ella le dijo que no pensaba volver, ya había una ganadora. Él asintió y le tendió la mano dándole la enhorabuena, porque  le parecía que era una mujer muy valiente.

La divina señora consiguió su victoria y no quiso cobrar lo que bien se ganó. Se decían muchas cosas en las tabernas y en los burdeles, que si Mesalina había recurrido a Baco y sus misterios y su bebida ceremonial, y otras perlas que dieron mucho que hablar.
Escila había reducido el número de sus clientes y siguió su vida durante algún tiempo, Marco la visitaba con cierta continuidad y acabaron por ser buenos amigos.

Cuando Roma ya había olvidado la gran gesta amatoria de Mesalina y hubo otros temas para despellejar, una mañana salió de la casa hacia la taberna, saludó a Marco y se reunió con el patrón.

Salió más pesada y con planes para el resto de su vida.


Unos meses después un barco partía de Ostia, todas las lobas habían ido a despedir a la pareja. Marcos prefería el nombre que ella había elegido, Irene.

El dinero que había ganado apostando contra si misma ahora los llevaba a Sicilia. Cuando pasaron  por el estrecho  donde Escila y Caribdis descansaban, tiró por la borda lo que había quedado de su vida de Loba, como ofrenda.

Compraron una casa y un barco y desde Roma llegaban las cartas de Livia su patrona, que le contaba los últimos chismorreos y noticias.

Sintió que a Mesalina le cortaran la cabeza con una espada, ya que ella había sido quien  propició su felicidad. Quizá fue de las pocas personas que lo sintieron tanto.

Marcos entró y la invitó a salir  a mirar el mar. Le contó que Escila había sido en un principio una hija de Hécate, una ondina  que cuidaba los ríos y   las fuentes.

Una nueva vida lejos de la loba de Roma  y de sus hijos,  cerca de Hécate y de su hija Escila.



Fuente imagen wikimedia commons User Eloquence. 


Bibliografia. 



26 comentarios:

  1. Respuestas
    1. gracias por los aplausos Gabriel, buen fin de semana.

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  2. Una interesante entrada la que has escrito.

    Saludos

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    1. Gracias Ambar :) un poco de historia y otro poco de imaginación no dan mal resultado.

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  3. Un asunto tan conocido, creo que has acertado al contarlo de otra manera. Me gusta mucho.

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    1. Gracias Paz, ante todo me gusta ver las cosas de diferentes maneras y puntos y no contar lo de siempre. un saludo.

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    1. Pues la verdad es que me pongo y lo hago, suena muy simple pero la mayoría de las veces es así, la idea esta y ademas de la inspiración también esta el trabajo y después la magia fluye. un saludo Sota.

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    2. Nos llevas a Roma. No todo el mundo puede hacer eso.

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    3. Viajar sin salir de casa, cosas de la lectura y la imaginación. :) gracias Fearn.

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  5. Tan bueno como todos tus relatos. Felicidades, Leonor.

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  6. Gracias Aur un places tener gente que nos lea y lo aprecie buena semana. :)

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    1. Gracias Len, un placer leerte por estos lares, buena semana.

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    1. Bienvenido Juan :) un placer impresionarte. un saludo

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