lunes, 6 de octubre de 2014

El asta de uro.






“Tu carga será quitada de tu hombro y el yugo de tu cerviz, y el yugo se pudrirá, porque tú eres mi ungido.”
                                                       (Isaías 10,27)



La lluvia ha lavado el ventanal de la torre, le ha devuelto la vida. Antes podía abrirse completamente: ver en los días soleados la luz en la cámara, una catedral privada; mover las dos hojas y pintar de colores los muebles oscuros, los tapices oscuros, los oscuros rincones. Ahora lo han clausurado deprisa, afeándolo. Desde la ventana abajo nadie sobreviviría a la caída, y esto es una prisión. Las hubo peores. Con todo, feo e inútil, no osaron hacer nada que pudiera dañar el ventanal. La sombra de mi padre es aún tan larga como lo fue en vida. Más larga y más oscura.


Después de haberme hecho pasar hambre en la Torre de Londres y en la de Kenilworth, la marea ha cambiado. Empieza a hacer frío y la chimenea nunca se enciende; el ventanal clausurado atrapa la humedad de los muros sin ventilar, y pronto habrá moho hasta en las sábanas. Demasiado lento. El tiempo juega contra la reina regente. Eduardo va a cumplir quince años y a contraer matrimonio, según comentan, por pocos comentarios que yo pueda oír. No se parece a mí. Ni  a su madre. Cuando lo vi por última vez era ya serio, severo y alto. La sombra de su abuelo lo acompañaba, como el molde en el que se verterá metal fundido. Se le parecía tanto que me desasosegó. Ahora debe parecérsele más. Y un día será su abuelo vuelto a la vida para seguir con todos sus designios inacabados, para que gire desde el inicio la vieja rueda. No se mata a un Rey Ungido, eso es lo único que detiene la mano de la regente. Hasta se lo alimenta bien. Matar de frío, o dejar morir de mal de pulmones, le viene largo a Isabel.


No recuerdo mis sueños, pero el último ha sido distinto. Me calentaba junto a una chimenea, me desentumecía. Era cierto. Habían encendido el fuego. Me escoltaron hasta la capilla, preparada para el día festivo de la Natividad de la Virgen. Una misa larga sin posibilidad de distraerme siendo el único asistente. Cuando volví a la cámara el ventanal estaba abierto, con dos guardias apostados ante él. Se había limpiado a fondo, hasta los rincones. Habían traído un arca, cambiado los tapices, hecho la cama con buenos  cobertores. Subían agua caliente para el baño. Y hablaban. Comadreos, bromas, rumores. Noticias. Hice como que no atendía a las criadas ni al porte de estatua de los guardias. Pero lo oí todo, todo lo vi como si fuera nuevo. Voces humanas. Miré por encima de sus cabezas, a ningún sitio, como solía hacer mi padre.



Cerraron el ventanal tras la limpieza, pero no volvieron a  clausurarlo. Sólo han cambiado la guardia. Eduardo se casará en enero. Con otra capeto, eso era previsible: pero si tiene edad para casarse, la tiene para reinar. Isabel ha buscado a una sobrina de trece años. Uno menos tenía ella cuando se casó conmigo. Quiere entretenerlo para seguir gobernando, ella y Mortimer. Un matrimonio puede ser un buen entretenimiento, y sin duda ya ha pensado en cómo disponerlo todo. Isabel es así. ¿Qué lugar desempeño yo en sus planes? ¿Le estorbo más vivo, o muerto? ¿Por qué ahora proporcionarme un alojamiento cómodo, buena comida, vino, incluso lectura y un laúd?


Está cebando el cerdo para el cercano San Martín.  Intentaron liberarme antes: muchos se escandalizaron de mi aspecto, un prisionero andrajoso con mejillas de hambre, aquello se supo. Me está cebando. Isabel no teme al infierno, no teme nada que no sea perder el poder y a Mortimer. Cree que puede manejar a Eduardo, doncel o casado. Pero para que esté en sus manos, yo no he de estar.

Exigirán ver mi cuerpo. Muchos. Hasta el mismo Eduardo, por verdadera o conveniente piedad filial. No puedo parecer un mendigo hambriento, sucio y enfermo. No puede hacerme ahorcar, apuñalar o decapitar. Me envenenará. No en vano el hermano de Isabel, el rey de Francia, tiene por suegra a una envenenadora tan profesional como Locusta. Se dice que sus venenos dejan el cuerpo sereno. Pese a las sospechas, ningún médico ha podido nunca demostrar otra cosa que una dulce muerte inesperada. Muerte natural, la que Dios envía a todos. Tengo más de cuarenta años, ningún testamento que hacer ni ninguna cuenta que me sea posible saldar. Los guardias son dos estatuas mudas, la chimenea calienta y el vino es bueno. Tampoco puedo pedir más.


Blaidd vomitaba, con la frente viscosa de sudor y las venas del cuello azules por el asco y el esfuerzo. Los oficiales de guardia se miraban entre ellos, inseguros. Acobardados. Vieron entrar al capitán Blaidd y a dos veteranos curtidos, de los recios como un tronco. Alun se había desvanecido en el mismo umbral del cuerpo de guardia, y no despertaba ni bajo las bofetadas que le estaban dando con un paño empapado en vinagre. Donan, que medía seis pies largos, parecía haber bajado al infierno. Se bebió de dos tragos una jarra de vino de iglesia, pero el color no aparecía en su rostro. Blaidd dejó de vomitar. Se lavó metiendo toda la cabeza en el tonel de agua y luego se sacudió como un perro. Las bofetadas y el vinagre habían despertado por fin a Alun. Otro con la cara del color de la ceniza blanca del carbón.
Donan volvió a la barrica marcada con tiza, la del sacerdote y la misa. Nadie dijo nada mientras llenaba tres jarras para él y sus dos compañeros.


Los oficiales seguían mirándose. Habían oído los aullidos, los gritos de agonía más largos que jamás escucharan. En la guerra se muere deprisa. Aquello era otra cosa. Ni súplicas ni palabras humanas, ni blasfemias. Un grito tras otro, el mismo grito que rebotó en los muros y se mezclaba con el eco de los anteriores. El carcelero mayor dijo, como quien recita una orden:

-Los tres debéis esperar aquí. Puede que tarden. Es hora de cenar. Aquella jarra que he roto no debe salir del castillo, la enterraré más tarde. Ni la toquéis, ninguno. Cenad o quedaos aquí. Os traeré una bolsa con ropa nueva para una vida nueva. Como queráis.

-¿Qué demonios ha pasado? –preguntó el oficial más joven-
-El rey ha muerto de mal del costado. Es muy doloroso.
-Mi madre murió de ese mal. Le dieron amapola y vino con semillas negras. No gritaba así.
-El rey ha muerto. Dios envía la muerte. Que se apiade de su alma. Eso dirás, si quieres vivir. Tú no has visto nada, pero te llamarán para que seas testigo cuando lo laven, lo amortajen y lo velemos. Entonces dirás lo que hayas visto con tus ojos.


Cuando el cuerpo de guardia quedó vacío, Blaidd se puso su guante y olisqueó la jarra rota.

-Cicuta.
-A buenas horas –Donan llenaba de nuevo las jarras con el el vino de misa-
-De parte de Lord Mortimer. Era una buena idea.
-¿Y la otra idea?
-Llegó a uña de caballo un mensajero de la reina regente. Con la vieja asta de uro bruñida, y la barra de cobre. Sólo traía una orden. Cuando desee sentarse porque se le enfrían los pies. Entonces.

-Estamos condenados –Alun bebió- Al infierno. Hemos puesto la mano sobre el Ungido del Señor.
-Un verdugo recibe perdón, ese es su trabajo. Condenados están la loba y su perro. Callaos, alguien baja.

Recibieron una buena bolsa cada uno. Alun, dijeron, se internó en los montes y se hizo ermitaño. Donan compró una posada en Tyburn, cerca de Londres. Se casó bien y fue un hombre respetable. De Blaidd nunca más se supo. Cuantos desearon ver al rey dieron testimonio de la paz de su rostro. Los testigos juraron que ninguna marca había en su cuerpo cuando lo desnudaron para lavarlo y vestirlo de mortaja. Los médicos declararon muerte natural, sin duda por el mal del costado, que deja como secuela una sutil inflamación de vientre. Ya no había médicos judíos en Inglaterra, de modo que nadie pudo dar una segunda opinión. Y lo llevaron a enterrar con respeto y decencia, pero de prisa. El mal del costado acelera la putrefacción.





Bibliografía.



http://www.tiempodehoy.com/cultura/historia/la-peor-muerte-para-el-rey

http://amodelcastillo.blogspot.com.es/2012/12/asesinatos-1-eduardo-ii-de-inglaterra.html








26 comentarios:

  1. Pone los pelos de punta.No sabía lo que he leído en la bibliografía.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, Len. Intenté que no fuera gore: creo que es mejor lo sugerido que lo mostrado.

      Eliminar
  2. Impactante. No el relato, que hasta parece tranquilo o sólo sospechoso en laprimera parte. La segunda, y los textos de biiografía. Me gusta muchísimo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, Merit, por tu comentario. Fue bastante impactante, ciertamente.

      Eliminar
  3. Muy sutil poner la acción en boca del que van a matar, no de los asesinos. Enhorabbuena, Thorongil.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Las conspiraciones son interesantes, pero poco literarias en relatos tan breves, me temo. Muchas gracias, Lucas.

      Eliminar
  4. Gracias, Juan Marcos. Tienes razón, da para pensar algunas cosas.

    ResponderEliminar
  5. Como la víctima de un sacrificio. Un punto de vista de lo más interesante.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Mira, no había pensado yo en ese punto, el de la víctima sacrificial. Gracias por tu aportación, Paz.

      Eliminar
  6. Respuestas
    1. Verlas desde otros ángulos. Tengo cierta debilidad por mirar así, Sota.

      Eliminar
  7. Va a ser que sí, Sebastian: gracias por un comentario tan físico: frío creo que da.

    ResponderEliminar
  8. Respuestas
    1. Esa era justamente mi intención, Aur. O, al menos, una de ellas. Gracias.

      Eliminar
  9. Hay que ser ingenioso para contar esas barbaridades sin que de asco.

    ResponderEliminar
  10. Mala muerte le dieron. Conste que la idea de la cicuta fue una licencia poética por mi parte: el resto, tal y como suena. Gracias por comentarlo, Alodia.

    ResponderEliminar
  11. Hay que ser, sin pedir perdón, cabronazos.

    ResponderEliminar