jueves, 2 de enero de 2014

Caminos de Santiago: Jabón de sosa.



Olía a jabón de sosa,  ese blanco hecho en casa. Tengo buen olfato. Y sus ropas también.  La mañana era joven, aunque bajo la bóveda en sombra verde de una corredoira, un túnel de hayas apretadas y oscuras, no penetra mucha luz.

Se oía correr agua entre piedras formando vados improvisados. Agradables en verano, con su burbujeo adormecedor, el  siseo de los helechos, el eco ilocalizable.  Hay que imaginar las mismas piedras en invierno, resbaladizas de hielos. O bajo largas lluvias, como un barrizal sin fin. A veces algo chapoteaba.  Ranas, supongo. Y otro olor lo presidía todo. El del musgo viejo, muy oscuro. El de maderas que se pudren y brotes verdes que buscan un rayo de sol para poder crecer.

Se llamaba María Antonia. Era vaquera. Una docena larga de vacas y terneras la seguían pacientemente, chapoteando a veces y otras marcando huellas en la tierra fresca. Terneras rojizas, ya mayorcitas, con un hocico pálido, las orejas atentas y ojos negros enormes y curiosos rodeados de pestañazas. Para mí el viento soplaba a favor, por eso había olido el jabón de sosa y un hálito más imperceptible, el que deja una plancha anterior a las de vapor cuando ha pasado y repasado muchas veces sobre ropa de faena gastada. La vaquera iba enlutada, con un enorme delantal limpísimo y tieso, color sufrido, gris panza de burro. Más o menos gris. Lo único blanco era su estirado moño cogido con horquillas negras, oculto bajo un sombrero de paja.

Nos saludamos, el peregrino madrugador y la vaquera. Iba a picar el sol, aunque tal vez por la tarde girara el viento, nunca se sabe del todo. Un buen día para caminar aprovechando las sombras, el mucho sol nunca es bueno. La vacada era suya, sí, gracias a Dios. Vivía con un hijo mozo viejo, era viuda y no tenía nada de lo que quejarse.

Los peregrinos vienen y van desde que hay mundo. De todo hay, nunca se sabe, pero a lo más alguno se le había entrado por el huerto en vez de pedirle unas manzanas o un trozo de pan. Eso sin duda no le gustaba nada a María Antonia. Que se le metieran por las bravas en vez de pedir.

Tenía mucho que contar, no era una señora reservada. Mientras ella hablaba yo le rascaba el hocico a las terneras y la frente a las vacas. Les soplaba distraídamente las narices, me iba apoyando en ellas. Me lamían las manos y yo les hacía el tonto con una ramita de arroyo recién arrancada. Para que sacudieran la cabeza y me dieran discretísimos topetazos, como quien dice hay que ver que dospatas más pesado.

No duró mucho. Quizá quince o veinte minutos, lo que dura una conversación educada y ligera al borde del alba. Ellas tenían camino hasta cierto prado, y yo hasta el siguiente hito del Camino. Ya en el turno de despedida, María Antonia comentó que siempre es buena gente aquella a la que las vacas aceptan, porque las vacas saben más que muchas personas. Posiblemente. Al menos saben si están a gusto o no, y si quien se apoya en ti es tu enemigo o tu amigo. Le deseé por mi parte buen día, y antes de volver la espalda me fijé en mi ternera favorita, una de morro blanco y pelo rojo, con unos ojos como pozos, muy afectuosa.


Entonces le vi grapada en la oreja una destellante etiqueta de plástico amarillo. Ternera gallega. Denominación de origen. No me volví ni una vez más, ni mudé el paso ni abrí el pico,  ni improvisé un discurso absurdo. Sólo me sentí culpable. 


Imagen cortesía de una compañera de Camino.


8 comentarios:

  1. Tierno relato con final inesperado. Me gusta hablar con las gentes del campo, que me cuenten cosas del tiempo, de las cosechas, de los animales domésticos. Y, cuando oigo sus voces me parece estar escuchando un discurso antiguo extraído de mis propios genes porque, al fin y al cabo, sólo hasta ayer hemos vivido en la ciudades apartados de la naturaleza.
    Un beso

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  2. Tienes razón, Carmen. De hecho, a mí suelen interesarme más esas conversaciones que otras muchas. Gracias por tu comentario, un abrazo.

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  3. Cuando nos fijamos en esas cosas nos hacemos muchas preguntas. Enhorabuena.

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    1. Era una señora muy agradable: de esas que saben latín y griego, como se suele decir XD

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  5. Respuestas
    1. Sí que lo era: guapa, sabia, brava y buena mozabuela.

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