viernes, 3 de enero de 2014

Caminos de Santiago: De pícaros.





Seguro que habéis oído nombrar el sitio. Villava, a tres tiros de bombarda antes de Pamplona. Sí, donde nació Induráin el ciclista. Allí corre un río, y sobre él se acomoda una ermita, La Trinidad de Arre. Junto a ella, el albergue de peregrinos. También hay en el pueblo una casa de comidas, que al menos en verano ofrece cena tempranera (antes de que el sol se ponga) a caminantes, por un precio digamos muy caritativo.

Si alguno es tan devoto de Tolkien como yo, el lugar  resulta impagable. Largas y bastas mesas de madera, largos bancos, y por techo una cúpula de árboles a través de la cual se filtra el sol y vuelve la luz verde, fresca, cambiante, mágica, o irreal.

En la mesa estaba una de las criaturas que ni el mismo Tolkien hubiera soñado. Era peregrino. Vestía a retazos un poco al estilo de Ernesto, alias Che Guevara, otro tanto de monje huido de convento, y lo demás era mucho hurgar en mercadillos. Antes de que trajeran las jarras de vino peleón, a jarra por cada cuatro comensales (o sea, para beber poco y que no haya pendencias) el paisano llevaba ya entre pecho y espalda la escritura de siete viñedos. Pero era un pícaro simpático. Casi me recordaba al personaje de Salvatore en El nombre de la rosa, porque hablaba mil lenguas, y ninguna. Puede que yo sea bastante malo, sin duda. Pero el pícaro simpático siempre es peligroso. A nadie ofendía. Ni a mujeres ni a hombres; contaba sus cosas de peregrino, comía y bebía tras haber conseguido que lo invitaran. No fumaba. Era pulcro, educado, perfectamente encantador.

Yo comí poco. Porque soy de poco comer y porque si bien soy omnívoro, como todo humano, no me gusta la carne. Lo miraba. Y como  también bebía del brebaje común, no sabía ya si soñaba o atinaba. Una pena, suele saberse tarde. El menda estaba vivo, bien vivo y coleando, a juzgar por lo que tragaba y bebía; sin embargo, por alguna razón, me parecía un muerto. Alguna vez se había perdido en el Camino, y ahora lo repetía eternamente, como un buen pícaro. No quería cruzar con él la mirada: pícaro descubierto, pícaro peligroso. El sol ya bajaba, y ya el techo de hojas se oscurecía y tomaba una apariencia remota. Como el postre era cuajada y no puedo comer eso, me despedí entre muchos buenos deseos y sonrisas. La luz se iba, soplaba un aire frío, y el agua bajo el puente traía ecos inquietantes.


A la mañana siguiente el Pícaro Peregrino ya no estaba, y faltaban muchas cosas que se llevó. Nunca volví a coincidir con él. Tampoco sé cómo se llamaba.


Imagen: Wikimedia Commons.

4 comentarios:

  1. Eso pensé al principio. Pero no estoy ta seguro. En cierta manera cumplía su rol: enseñarte, muy al comienzo, lecciones valiosas.Yo no iba ni a ducharme sin la bolsa impermeable con todo dentro, y me creía malvado desconfiado. Otros lo aprendieron de otras maneras. El Pícaro cumplía, digamos, su papel.

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  2. Creo que era mejor verlo así,Presentación. El pícaro se parece a esas casillas-trampa del juego de la Oca. Cuando juegas, sabes que están ahí y que se puede caer en ellas.No vale quejarse si no haces caso de lo posible. Gracias por tu comentario.

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