domingo, 24 de noviembre de 2013

Caminos de Santiago: Teseo.




De veras se encuentran cosas raras, lo que se dice  extrañas, en el Camino de Santiago. Incluso personajes que parecen salidos de un cómic con colores chillones. Otros, grises como la niebla, vestidos en diversos hábitos monacales, tanto de órdenes reconocidas como imaginarias (o desfasadas). Hay modelos de marcas de diseño junto a quienes hicieron su guardarropía en un mercadillo o en varios, y a fuerza han de irla renovando asimismo en los variopintos mercadillos que atraviesan.

Están también los conjurados: los que evocan aquello de que Rodrigo Díaz juró no cortarse las barbas, y otras gentes no mudarse de camisa hasta que se cumpliera esto y aquello otro. Vamos, quienes llevan las ropas hasta que se les caen de encima. Están los torvos, aunque sea verano arrebujados en sus aguaderas -modernas, de plástico, clásicos de tela de distintos pelajes-. Y los veraniegos, que van en tirantes así los calen mil aguaceros. Los hay muy limpios y muy sucios, de todos los colores. Hasta algunos de tal manera caracterizados que si te los topas entre la niebla o la engañosa luz del alba o del ocaso, dan escalofríos. Y ganas de salir corriendo.

Con mucho, la palma, el primer premio y hasta el Oscar se lo llevaba uno que reunía en sí tantas rarezas como para acabar pareciendo él real, y el resto fantasmas aficionados. Iba vestido de peregrino: vamos, de postal roñosa. De esos hay bastantes, y al final te haces a verlos. Pero lo que descolocaba absolutamente era hacia dónde iba: contracorriente.

La sensación más extraña del mundo. Incluso desasosegaba. Todo el mundo hacia el Oeste, y él al revés. Sobra decir que nada me atreví a preguntarle. Parecía pisar lo bastante seguro como para no ser el más despistado del mundo. Tenía aspecto cansado, y no en el cuerpo. Por el contrario, su forma física parecía tan envidiable como la de un enjuto atleta callado y envuelto en su aguadera. Lo vi sólo una tarde-noche. Hablaba muy poco. Era amable, eso sí, con quienes le dirigían la palabra. Parecía inmerso en un esfuerzo tan invisible como real.


Más adelante me dijeron - me ahorro mencionar con quienes tuvo lugar aquella conferencia- que andaba el "despistado" en una hazaña para muy pocos. Llegar a Compostela y al Finisterre, y desandar el Camino hasta su propia casa. Confiaba lo bastante en quienes hablaban y en cuanto oía, aunque más me vale confesar que entonces no entendí sino las palabras, y de los trasfondos me quedé a dos velas, como suele decirse. Más tarde,  ya de regreso, estuve comentando con otro que había peregrinado y también lo había visto. En la charla vino a relucir el gran Laberinto o Juego de la Oca que llena una plaza de Logroño, y la cosa derivó hacia laberintos; entre ellos al inevitable de Chartres, el llamado La Legua de Jerusalén. Los laberintos me han interesado siempre, pero ahí quedó el tema. 

Años más tarde, viendo uno concreto asociado a la historia de Teseo, di en la cuenta que lo de entrar y guiarse y hasta llegar al centro, e incluso dar muerte al temido Minotauro era lo decorativo,  no el meollo.

El meollo era el hilo de Ariadna y el pánico y el trabajo de hallar la salida con todo ya cumplido, en mitad del vacío que sobreviene una vez se gasta la adrenalina, convertidas ya las hazañas en pretérito perfecto. Teseo ha de encontrar su lugar en el mundo una vez el telón ha bajado y se han acabado las grandes músicas, la sangre y los efectos especiales. Tenía motivos para estar serio aquel que deshacía el ovillo de su laberinto personal. Ya lo creo que los tenía.


Imagen: Wikipedia Commons.

6 comentarios:

  1. La verdad es que sí fue bastante impresionante, al menos para mí.

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  2. Es como si continuara la pelicula una vez ya has visto el final feliz y se han apagado las luces.

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  3. La parte de la película que no suele verse, sí.

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  4. Muy inquietante. Sobre todo porque me parece que lo inquietante era el cebo del relato, y no lo que querías contar, Thorongil.

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    1. Lo inquietante formaba parte del relato, y sin duda puede ser un cebo literario. El resto es lo sabido: sólo escribimos sobre nosotros mismos.

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