lunes, 2 de septiembre de 2013

La sombra se cierne sobre nosotros.


Siendo niña recuerdo los sermones del padre Brown desde su púlpito, sus manos blancas moviéndose y su voz profunda resonando en toda la pequeña iglesia. A los más pequeños nos sobrecogían aquellas historias, y aunque solíamos asistir  a la escuela parroquial, en ocasiones junto a nuestros mayores escuchábamos aquellos discursos que ponían los pelos de punta. 

Años después recordaría un domingo de tormenta y el sermón cuyo título era la sombra se cierne sobre nosotros. Hablaba sobre el mal que habitaba entre los hombres y que debíamos guardarnos de él, y de los pecados con los que el maligno nos tentaba  cada día, que nos llevarían al infierno. Mientras la tormenta fuera llegaba a su cénit él hablaba sobre los horrores y los castigos que recibían aquellos cuyas almas se condenaban. En un momento dado una nube cubrió el cielo y la oscuridad se hizo entre nosotros y un trueno iluminó la imagen del padre, sobre todo su rostro que pareció formar parte de los diablos que moraban en aquellos lugares y aplicaban torturas a las desdichadas almas.

Muchos años después recordé aquellas imágenes y aquellas palabras que salían de lo más hondo de mi mente volviendo  al recuerdo, y me hicieron estremecer. Ya no era una niña, ni eran las tierras de Irlanda las que recibían una tormenta.
 
Ahora vivía en Australia, a muchas millas del hogar de mis padres y mis ancestros. Tenía una familia y un negocio, y habían pasado muchos años desde aquella tormenta y aquel fatídico sermón.

 Amaneció un día soleado algo frío para lo que estábamos acostumbrados en aquellas fechas. Robert, mi marido, había salido de madrugada hacia Darwin con el propósito de hacer negocios y traer varios recados.

Mis hijos Sofía y Argus estaban conmigo, además de María y Esteban que trabajaban con nosotros. Vivíamos en tierra de nadie, teníamos el servicio de correos y de telégrafos además de una pequeña taberna que abría tan solo de día. La fiebre del oro había traído años atrás mucha gente en busca del preciado metal, y nosotros éramos algo así como un oasis en un desierto de soledad. Además de nosotros  vivían también dos familias nativas  de Australia.

Todo se quedó en silencio como si algo que no fuera de este mundo se cerniera sobre nosotros. Los pájaros enmudecieron y  nos quedamos mirando hacia el cielo. Las nubes taparon el sol, y la claridad del cielo azul se convirtió en nubes que parecían cemento  que cubrieron la bóveda  celeste.

Robert regresó cuando creímos que había llegado  la noche, nadie sabía nada con exactitud en Darwin, y el miedo y la incertidumbre se convirtieron  en compañeros de nuestros días y nuestras noches.

Regresamos a menudo al pueblo para saber de las noticias que traían los que venían del mar. Todo era demasiado confuso, algunos hablaban del fin del mundo, otros de monstruos marinos.
Al fin comenzaron a llegar noticias sobre un volcán, el Krakatoa, la desaparición de la isla en la que estaba, y de toda la gente que en ella vivía. Fue una época muy dura para todos, aquella sombra se había establecido entre nosotros. El sol se dejó ver vestido de color verde, acompañado de largos crepúsculos y de noches de luna azul sin estrellas.

   El invierno fue frío, algo raro en aquellas latitudes, no llovió en verano,  subsistimos con lo que teníamos almacenado,  ayudando a los que más lo necesitaron. Los mineros buscadores de oro vivían vidas  solitarias, y en este tiempo mucho más. En ocasiones, sobre todo con hombres con los que habíamos hecho amistad, cabalgamos durante grandes distancias para saber si aún seguían con vida.

No siempre tuvimos suerte. Al viejo Marlond lo encontramos dos semanas después del comienzo de todo aquello. Nadie lo había visto en mucho tiempo. Lo encontramos a la entrada de su mina con los ojos vueltos hacia el cielo y con cara de pavor.
Rose, una vecina nuestra, salió una mañana en busca de su marido que se había embarcado hacia el  viejo continente días atrás. Su madre y  sus hermanos, que vivían con ella, la buscaron pero  no apareció nunca más. Su marido murió también, ahogado en el barco que lo llevaba.

Estuvimos incomunicados  por mar, volvimos a vivir como algunos años atrás cuando nos establecimos por primera vez en aquel lugar. Nuestros amigos los nativos hablaban de sus propias creencias, y de errores por los que estábamos pagando.

Cada cual escondía sus mayores temores para sí aunque en ocasiones aparecieron en aquellos largos meses. El mar fue devolviendo piedras flotantes a las costas y cuerpos desprovistos de carne, muchos barcos encontraron en él su último lecho, como si la desaparición de aquella isla y  de sus habitantes buscaran a quienes los acompañaran. 

Una mañana que mis hijos salieron a jugar fuera volvieron con algo entre las manos, ya no había tanto polvo y parecía que los campos reposaban en un deseado ensueño. Entraron en la casa alborozados con tierra fresca en las manos. La primavera había vuelto y con ella los primeros brotes. Me sacaron fuera entre gritos y danzas, en uno de nuestros pequeños parterres había nacido la primera de las flores después de mucho tiempo.

Al igual que en aquella mañana de misa Dominical, el más bello de los arcoíris se mostró a la salida de la iglesia, aquella flor, el viento y el sol en su esplendor fueron la parte que no se cuenta en los libros ni en los sermones.

Fuente Imagen: Wikipedia creative commons, volcán Piton de la Fournaise, User S3b.





8 comentarios:

  1. Y pensar que todo eso pasó de verdad...Muy bueno, Leonor.

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  2. Pues si la primera vez que lei sobre la explosión del volcan y la desaparición de la isla Cracatoa, era muy joven y me dejo bastante impactada. Gracias Presentación cada dia aprendemos algo nuevo.

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  3. Gracias Juan Marcos, sigue habiendo sucesos que no puede cambiarlos el ser humano y eso algunos se les olvida. un saludo.

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  4. Desde que lo leí por primera vez e pareció que tenía un tono visual, como muy 'cinematográfico'. Sigo pensándolo. Me gusta.

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    1. gracias majo, va la respuesta un poco tarde pero mas vale ahora que nunca. un abrazo y a mi también me gusta lo que escribes. buena estrella.

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  5. Transmite miedo, en serio. Cuento de miedo, me gustan esos.

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    1. Las historias de miedo a mi me gustan también quizá en su día no la tome como tal pero si es cierto que tiene tintes bastante negros. un saludo Juan y buen finde.

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