viernes, 16 de agosto de 2013

Pasar por la piedra.




Mi nombre es Muza. Muza Chaprut. Moisés hijo de Jacob, de la familia de Hasdai Chaprut el de Jaén. De oficio, médico. Tengo que escribirlo así. Quien soy, dónde vivo, por qué se me ha llamado a este reino. A qué reyes atendieron antes mis antepasados. También he de escribir que mi mujer se llama Débora, y que hace las mezclas de remedios bajo mis órdenes. Que mi hija se llama Ana, y cultiva, recoge, clasifica y dispone el herbario. Que tengo dos hijas más, ya casadas con comerciantes, que no se dedican a otro oficio que el cuidado de su casa. Y que ahora Débora, Ana y yo estamos en Tudela, en la judería, alojados en casa de Jacob el Tejedor. El señor rey Sancho, séptimo de su nombre, me ha hecho llamar a su reino de Navarra. Como médico. Ha garantizado mi seguridad y la de mi familia, me ha tratado honestamente y paga nuestro alojamiento y manutención. Si queda satisfecho de mis cuidados y servicios me hará rico, eso dice. Y si la voluntad del Señor dispone otra cosa y no sana, mantendrá su palabra. Abonará mi salario y hará que regresemos a salvo allá donde queramos ir, mi familia y yo. Lo ha puesto por escrito, y lo ha jurado por Dios y por su honor con la mano sobre El Libro.

No desconfío de Sancho. Desconfío de los buitres que se reúnen siempre cuando un gran señor enferma. De los que pretenden sacar provecho. Tampoco me preocupa que haya hecho llamar a un cristiano,  no ha convocado a un necio. A puerta cerrada hablamos como sanadores. Nos entendemos. Y a los dos nos da miedo la comisión de clérigos que ha de supervisarnos. Falta uno, pero todavía no ha llegado. Berengario Media Cara, lo llaman. Un monje de los del Templo. Por rareza médico también, aunque ese no suele ser su oficio. Dicen que tiene más de cincuenta años, es ya muy viejo. También dicen que en el asunto del que tratamos es maestro experto y de sabiduría. Sancho no desea ser sometido a la vieja prueba, ni que se sepa. Pasar por la piedra  es deshonroso, fuente de habladurías. Malos vientos para un rey. No sabré nada más hoy, y se me cansan los ojos. Espero en el Señor, rezo, y quiero ver el caso. Antes que nada, soy un Chaprut. Un médico.

Empiezan a llamarme Sancho el Encerrado. A buenas horas. Encerrado he estado siempre. De niño no me acuerdo, pero en cuando dejé al ama de cría y empecé a espigar, era diferente. Tenía que mirar hacia abajo. Siempre he tenido que vivir así, bajando la vista para ver a quien me habla. Dejándome medir dos veces para hacerme ropas o botas, o guantes. Mirando dos veces los caballos, para que fueran rápidos y fuertes. Haciendo suspirar a los carpinteros que me labraban una cama, o una tabla para comer, o un escabel, o una silla de tijera. Y otras dos veces para que construyeran una mesa para tomar lección y escribir. Dos más para calcular mi sitio de sentarme en la iglesia. Y lo mismo para que los guarnicioneros me hicieran sillas de montar. O una espada. Hasta una corona .Soy tan alto como hombre y medio de los bien tallados. Por eso me he pasado la vida bajando la vista. Me he pasado la vida siendo un gigante de los cuentos que se cuentan junto al fuego. Maldita la gracia que tiene.

Si eres hijo de un rey al que llaman El Sabio, empiezas mal. Cuñado de Ricardo de Inglaterra, Corazón de León. Peor asunto. Casado con una hija de los de Tolosa. Con la que está cayendo, que si son cátaros y herejes, que si la cruzada de Francia. Qué sabrán esos de cruzadas. Lo de la de Tolosa lo arreglaron, nunca estuvimos casados. Ya. Luego hilaron más fino, cásate con la hija de Federico Barbarroja el Emperador. Cásate. La cosa va de cantar la misa, que es lo que hacen. Luego me toca a mí mirar hacia abajo, muy hacia abajo, a ver si veo la cara de la doncella. Una cara espantada, claro. Haciendo sus cuentas, si algo le contó su madre o le contaron sus criadas. No me gusta mucho el vino, otra rareza. Con vino o sin vino, con bendición o sin ella, es como para no ponerse a tono.

No tengo heredero para el reino. Dicen de mí que soy un putero con muchos bastardos. No es cierto. Me descasaron, de modo que era soltero. Tuve una mujer con la que jamás podría casarme, y tuve dos hijos. Los dos están muertos, como su madre.

Al menos, he hecho algunas cosas respetables. No me he matado con mi pariente Alfonso el de Castilla, a su vez casado con otra hermana de Ricardo Corazón de León. Alfonso no es tan frío como otros de sus antepasados. A veces nos hemos llevado bien, y hasta puedes fiarte de él a medias. Eso es bastante.

Tampoco me he matado con mis parientes de Aragón. Ese mozo Jaime me cae bien, aunque está más loco que su padre, y ya es decir. Supongo que si bien se mira, todos los reyes estamos locos. Al menos, un poco locos. Por eso escriben de nosotros.

Lo mejor que hicimos fue buscar un enemigo común. Alfonso, que ya tenía la barba blanca entonces. Y Pedro el de Aragón y yo, Sancho, los dos de edad mediada. Sopas con honda le dimos a Miramamolín en Las Navas. Mis parientes, los otros dos reyes, decían que era un buen respiro. Yo estaba seguro de que el tiempo de la media luna encogía, y de que jamás volverían a cruzar la nueva frontera. Cosas que se piensan, aunque aciertes. Se piensan muchas cosas. Pero aquella fue la buena hazaña, esa que se recordará.

Ahora estoy en mi castillo de Tudela. He convocado a tres médicos: un judío del cual me han contado muchas maravillas, como que su familia ha servido bien a reyes desde hace siglos. He creído las cartas credenciales, son ciertas. A Miguel de Estella, hijo y nieto de dos notables médicos reconocidos. Y he convocado a un fraile, también por muy cabales referencias en carta. Los demás han venido solos. Ya. Como vinieron a casarme y descasarme. No deseo en modo alguno ser pasado por la piedra, porque eso se sabe. Estoy esperando. Y he procurado que sirvan a placer a los que han venido solos. Puede que tanta comida y tanta borrachera les enturbie el juicio. Los canónigos son como barricas sin fondo.


No sirve de nada negarlo. Era el alba cuando aporrearon la puerta, y el sonido hizo que todos saltáramos de la cama. El fraile. A saber cómo había entrado en la judería antes de que se abrieran las puertas. Eso sí, se disculpó y pidió perdón por la molestia, y traía buñuelos de miel para desayunar a cambio de haber sido importuno. Y se quedó en la misma puerta hasta que salió Jacob el Tejedor, ya con el alma dentro del cuerpo y más sosegado, le dio la bienvenida y lo autorizó a cruzar el umbral.

Tras darnos la paz y desayunar juntos los dos fuimos a la habitación privada. Allí se bajó la capucha el monje. Berengario Media Cara. Soy médico, de modo que lo miré directamente, y cuando hube mirado y razonado, le hice un par de preguntas. La primera, si conservaba alguna sensibilidad en la parte devastada. La segunda, qué médico lo había tratado.


Me sacaron de la cama los canónigos antes del alba. Era inevitable. Han cantado una misa, me han oído en confesión, me han mojado los labios con una copa de vino y me han dado un trocito de pan. He comulgado, estoy en paz con Dios, ya puedo morirme. He sido un gran rey hijo de un gran rey. Fui un campeón, como los del Libro, en Las Navas. Maté sarracenos. No engendré heredero, pero eso es voluntad del Señor. Como mi enfermedad. Ahora he de llamar a los escribientes, hacer mi testamento, y dejar el reino a mi sobrino Teobaldo el de Champaña. Dios lo quiere. Yo, no. Tengo otras ideas.

En buena hora se fueron, al almuerzo. Ya avisé al copero de que les diera lo mejor y lo más subido, que el Diablo ha emborrachado a muchos santos. Me duele la pierna, es un suplicio caminar, hasta con una cayada de mi tamaño. Pero camino. Ya deben estar esperando el mejor médico cristiano de Navarra, Chaprut el de Jaén y, con suerte, Mediacara el del Templo. Que coman hasta hartarse los legados, negros clérigos. Van a ver los esbirros lo que vale un campeón parecido a los del Libro. O veré yo lo que valen tres espías con hábito una vez los haga lanzar a una sima. Desnudos y bocabajo. Que los reclame Satanás, si los reconoce.

Creía que Berengario Mediacara hablaría. No fue así. A las preguntas del rey me señaló con la mano, y dijo que sobre esa enfermedad nadie sabía tanto como hebreos y musulmanes, porque habían convivido con ella durante siglos. Y escrito sobre ella, y tratado a muchos que la padecieron. De modo que como compañero médico me cedía la palabra, pensando que era yo el más capaz. Y si algo se ponía en duda, ya intervendrían el cristiano de Navarra o él mismo. A lo cual nos sentamos todos según pidió Sancho, y yo carraspeé un poco, y hablé.

Muza el de Jaén me dijo que podía estar tranquilo. Que mi mal no era lepra, sino llagas que traen la edad, las viejas heridas y la estatura. Que mudando lo que como, poniendo en alto la pierna, haciendo que me den eso que llaman masajes, y cuidando la herida, cerrará. La edad no tiene cura, claro. Soy viejo. Ni pasar por la piedra ni cauterios ni locuras. Cuidados. Menos comer carnes y más verduras de huerta. Y frutas y hierbas. Y pescados. Tosió. Los hebreos tosen cuando piensan una cosa y temen decir otra, eso lo sé. Los hebreos, y todos los hombres. Le repetí que tenía mi palabra jurada sobre la de Dios. Tosió otra vez, pero me dijo que sería mejor pasar por la piedra. Ante los invitados no llamados. Le di las gracias y le pedí que fuera a comer algo, ya se hacía tarde. Volvería a llamarlo cuando fuera necesario. Y  Entonces miré a Miguel, el cristiano. El Navarro.

Miguel dijo lo mismo, y nada más. Se fue con mi licencia y su paga, como quien huye. Es joven. Tiene miedo y no sabe de quienes, ni por qué. Tal vez de su inexperiencia, aunque sé que goza de excelente fama. O de quedar marcado como quien no supo curar a su rey. Disculpo con facilidad a los jóvenes, yo también lo fui y tuve miedo.  Quedaba el hermano Mediacara, con su capucha puesta. Ante todo dio la razón a Miguel y a Muza, me aseguró que cuanto habían dicho era sensato, acertado, y acorde con su oficio de buenos médicos. Luego me pidió que me desnudara completamente. Eso no me lo habían pedido nunca. Pero Mediacara insistió. Me dijo que si yo temía ser leproso, como era el caso, debía poder verme entero.

Me desnudé. Pensaba que me tocaría, que me haría sentir aún más humillado, más vulnerable, más derrotado. No lo hizo. Me miró mucho rato. Me olfateó. Y dijo que me cubriera. Para mirarme se había quitado la capucha de  monje. Su media cara sí era espantosa.

Fue severo, y a la vez cortés. Me pidió permiso para hacerme una pregunta. Lo concedí. Me preguntó si me importaba más la vergüenza que el reino. Yo no era leproso, dijo. Pero si me negaba a ser pasado por la piedra, perdería poder. Si me sometía a ello y las cartas juramentadas salían de Tudela, podría hacer con los emisarios lo que deseara. Sería desagradable, no doloroso. Más dolorosa fue su segunda pregunta. Su voz era fría, pero no lo era su ojo. El que conservaba. Me preguntó qué más quería saber sobre mi salud, si es que quería. Sí, quería. Y entonces me recomendó un baño frío, tomar un tentempié de fruta, y que Chaprut el de Jaén también estuviera en la conversación. Estuve de acuerdo. Y me alegré de haber despedido en paz a Miguel de Estella. La medicina es una cosa. Las intrigas que oye un mozo son una carga para él, y un peligro para todos los demás.

Lo de pasar por la piedra ya no se hace, le dije a Mediacara. Ahora sabemos mucho más de la lepra, no es necesario. El monje asintió. Y yo seguí hablando. Están locos. Creen que el Señor, bendito sea su nombre, maldice al leproso. La lepra es una enfermedad, no una maldición. Si has estado en lo que llamas Tierra Santa, tú lo sabes, fraile. El fraile asintió. Lo sabía. Y el miedo me enfriaba la espalda, si Sancho el rey desea saber… Debió notárseme. Mucho. Tanto que Mediacara me miró con su ojo, y me dijo:

-Sosiégate, Moisés de la casa de Chaprut de Jaén. Porque Sancho te ha creído como médico, y si temes por tu mujer y tu hija, no imaginarás que un viejo como yo ha venido solo. Puedo garantizarte la escolta.

Eso lo creí. Demostramos a Sancho que su temor era infundado. Sentía hasta cuando le apretamos los dedos del pie de su pierna enferma. Sentía el calor de una llama, sentía una aguja que pincha. Aparte de aquella gran úlcera no tenía marca alguna, ni la menor huella de las que indican el mal. No es lepra. Pero quería saber más. El monje se encaró con él como si Sancho no fuera un rey que podía ordenar quitarle la vida sin más preguntas ni más responsabilidad. La úlcera no lo mataría. Era el heraldo de la muerte, no la muerte misma. La muerte sería por veneno en la sangre, a costa de esa úlcera. Septicemia, dijo Mediacara usando las palabras griegas. Y lo repitió en árabe, en hebreo, en latín, y en la lengua romance que hablamos cada día. Sancho, el séptimo de su nombre, bajó la vista para encarar nuestros ojos y me preguntó a mí. Respondí la verdad. Era un buen diagnóstico, yo no daría otro. Le ofrecía tiempo, para ajustar sus asuntos mundanos, sus cuentas con el Señor, y disponerse a morir. Con el cuidado prescrito, podía vivir incluso algunos años más.

Lo repasé todo cuidadosamente. Quienes primero me advirtieron del mal aspecto de mi llaga, de mis fiebres intermitentes y del frío de mis manos y pies fueron clérigos. Los mismos que concertaron y luego deshicieron mi casamiento, los mismos que me amenazaron sin rebozo alguno en los malos tiempos, cuando combatía contra el viejo Alfonso de Castilla. Los que llegaron a decirme que, aunque me casara con la madre de mis hijos, ellos eran bastardos, y el único heredero para mí habría de ser el hijo de mi hermana, Teobaldo. Hice llamar a los legados, y con aspecto penitente les hice saber que me sometería a pasar por la piedra, con dos condiciones que no negociaría en modo alguno. Primero, que el comendador Berengario y el maestro Muza formaran parte junto con ellos de la prueba. Segundo, que sus informes médicos se incluyeran con los de los clérigos y el sanador que los acompañaba, y se enviaran por medio de mis correos reales. No les gustó, pero tampoco tenían otra opción que ofrecer.

No fue doloroso, ni tan incómodo. Quizá una buena manera de coger una pleuresía por el frío de la losa helada y las horas tumbado desnudo sobre ella. Afortunadamente nunca fui débil de pecho, ni padecí de tos en invierno. A diferencia de Muza y Mediacara, ellos si me tocaron y me hicieron darme varias veces la vuelta mientras su médico no dejaba rincón del cuerpo sin revisar. Al día siguiente estaban escritos los tres informes, firmados y listos para ser leídos dos veces en voz alta. Lo hice yo mismo, atento al asentimiento casi imperceptible de la capucha del fraile. Firmé a mi vez, hice poner mi sello, y despedí a los legados con buenas palabras y una escolta a la vez que ellos veían partir la posta real.

Nos despedimos del rey, que me entregó una carta suya alabando mi servicios, y salvoconductos. La bolsa era mayor que la prometida, así se lo hice saber, pero él se río respondiendo que dotar a una hija cuesta dinero, y mucho más si es doncella experta en artes de sanación y se le busca un digno marido. Así nos fuimos de Tolosa, seguros con la escolta de Mediacara, agradecidos y satisfechos.
Luego supe que los legados nunca llegaron a su destino.

Cuando todos se perdieron de vista regresó el correo real. Me entregó los informes. Aprecio el buen pergamino, pero no lamenté lanzar aquellos a la chimenea hasta que quedaron reducidos a cenizas. Tengo otros planes. Y no soporto, ni jamás he soportado, a mi sobrino Teobaldo.



Nota: Entre las muchas explicaciones sobre el origen de la expresión ‘Pasar por la piedra’ se cuenta la del profesor Reverte Comas, del Departamento de Medicina Forense de la Universidad Complutense de Madrid. Para él, proviene de la famosa prueba de la ‘Piedra de mármol', a la que eran sometidos los sospechosos de padecer lepra. La prueba consistía en tumbar al paciente sobre una losa de mármol previamente enfriada durante un lapso de tiempo (incluso horas) para que la vasoconstricción aumentara la visibilidad de las lesiones cutáneas producidas por la enfermedad.

Para saber más: https://es.wikipedia.org/wiki/Hasdai_ibn_Shaprut




Imagen: Fuente del León en Caldes de Montbui (Barcelona). Balneario termal desde el siglo I. Wikipedia, bajo licencia Creative Commons.

22 comentarios:

  1. Me ha impactado, porque ya se que no, pero parece que puedes viajar en el tiempo. Gracias por escribirlo.

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  2. Muchas gracias, Encina: todos podemos viajar a través del tiempo, verlo ni mejor ni peor que los que fueron contemporáneos. Hacerlo más o menos creíble en literatura es una técnica. Hacerlo 'real' es un don...que todo el mundo posee.

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  3. El marco general es historia: la estatura del rey, su edad, su (o sus) úlceras en las piernas, que no tuvo descendencia legítima y que sus hijos habían muerto antes que él. Los Chaprut, médicos reputados, son historia. También la prueba de la lepra, o el 'pasar por la piedra'. Y que el rey no soportaba a su sobrino Teobaldo. El resto es lo que se llama 'rellenar huecos' con cosas que pudieron suceder o no.

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  4. Puestos a rellenar huecos, podría haber sido un Hospitalario. Pero los antepasados de Jaime I tenían sus querencias. Y yo también.

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  5. He tardado en leerla, porque algunos textos piden esfuerzo y asi a la hora de café nos gusta algo más directo, más sin tener que pensarlo. Entiendo que eso debe decepcionar un poco. No lo había pensado. Y me gusta, es muy bueno. Gracias, Thorongil Gilraenion, que bien escribes y cuanto sabes.

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  6. Un lector nunca tiene por qué disculparse, Merit. El autor siempre ha de agradecer. Y sé lo que debo saber, lo que por oficio es obligado que sepa un medievalista, de modo que tampoco es para tanto. ¿Te ha gustado? Gracias, de eso me alegro muuucho XD

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  7. Yo también he tardado. No me había dado cuenta de que quien habla es un médico con familia, asustado, humano. O mas claro, había pesado que era, al leer el principio, una de guerras y de tíos. Me equivoqué.

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  8. No era de guerras, sino de médicos XDD...y sí, era más bien de tíos porque salen tíos. Gracias por no quedarte en un prejuicio, has sido muy amable, Chelo.

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  9. Tantas preguntas...Mediacara no es un leproso, aunque queda como figura inquietante. El único no histórico. ¿Por qué es un 'experto' en la materia? ¿De dónde viene?

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  10. Mediacara no es un leproso (si lo fuera, estaría en la orden de San Lázaro)...Pensé que habría sufrido un grave accidente, gajes de oficio, relacionado con aceite hirviendo o con fuego griego, por ejemplo. Un buen motivo para tratar con sanitarios y, digamos, reorientar su carrera profesional. ¿De dónde viene? de un lugar de lo que hoy es frontera entre Navarra y Francia. O, al menos, allí remató parte de su formación.

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  11. Un largo linaje de médicos...a ver si te sirve ésto:

    http://es.wikipedia.org/wiki/Hasdai_ibn_Shaprut

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  12. Creo que me hago una idea sobre Mediacara. Curioso.

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  13. Puesto que se hablaba de 'pasar por la piedra' (lo que se ha citado en biografía), y no de nada concreto sobre personajes ficticios, no hay que revelar más fuentes. Técnica y legalmente. Buscando en la citada, la del médico que habla del dichoso asunto de la piedra, por el hilo se saca el ovillo. Si se desea jugar a Sherlock Holmes con un relato, que, por cierto, puede ser hasta divertido XDD

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  14. Ya me leí lo de los Chaprut, pero e caso es que me sigue sonando de algo...

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  15. Se los menciona al menos en un libro que yo sea capaz de recordar ahora: un relato histórico a medias ensayo (más o menos) de Juan Eslava Galán.

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  16. Más templarios (que buena es ésta, genial).

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    1. Ciertamente, Migue. Me alegra que te guste, es de mis favoritas.

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  17. Muchas gracias, Juan. A mí también me gusta XDDD

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