viernes, 16 de agosto de 2013

Hipótesis forenses sobre la muerte de Rodrigo Díaz (I).





Los muertos hablan. Sus huesos. Los menores restos. Incluso las improntas que dejan en determinados enterramientos dibujan una historia. Pero lo que cuentan es cada vez menos audible cuanto más han sido manipulados, trasladados de una tumba a otra, alterados. Coleccionados como reliquias o trofeos. La voz de los huesos va desvaneciéndose.  Acaba convirtiéndose en un susurro que ofrece más dudas que certezas.

También depende de quien fue en vida el muerto. Y de qué buscamos. Si se trata de una mujer ante todo nos fijamos en su edad, en si fue o no madre, y en cual pudo ser la enfermedad o la suma de años y razones posibles que la mató. Si fue un religioso, las preguntas varían poco. Puede haber o no respuestas concluyentes, pero suelen bastar para evaluar aproximaciones racionales que terminan formando parte de una estadística. Muerte natural.

Para que un muerto cuente su historia es un verdadero problema haber sido en vida alguien famoso. Si lo eras, sin duda se esmeraron enterrándote. Te manipularon muchísimo más que a otros. Te lavaron con muchas aguas, intentaron ponerte lo más decente y guapo. Incluso es posible que trataran de embalsamarte con mayor o menor éxito. Que te probaran varias ropas. Que te peinaran y perfumaran y hasta maquillaran para que no estuvieras tan pálido ni tan macilento. Y si pintaron bastos y moriste en verano, puede que te echaran encima un dineral en aromas. Para no ofender el olfato de la multitud que fue a presentar sus respetos en tus exequias.

Nuestro muerto de hoy lo tiene todo en contra. Fue mucho más famoso en vida de lo que lo es a miércoles 10 de julio de 2013, cuando se cumplen los 914 años de su óbito. Sin duda hicieron con él cuantos ritos cabe suponer, porque era verano en Valencia y porque era el señor de la ciudad y había de sobra para pagarlo todo a la grande. Ya no era joven. Nadie sabe cuándo nació, pero tenía entre 55 y 58 años, afinando. Del siglo XI. Eso equivaldría a día de hoy a un hombre de unos mediados 70, que hubiera sido para entendernos un deportista de alto riesgo, con una buena lista de lesiones viejas pasando factura. De modo que lo desnudaron y lo lavaron a conciencia con varias jabonadas de hierba saponaria y muchos enjuagues. Y como queda dicho que era Valencia, con aguas de olor de las mejores según el estilo musulmán. Y lo vistieron de mortaja y de bonito, lo peinaron (el pelo si le quedaba, y las barbas); le pondrían algo de alheña y de color no se viera pálido, lo colocarían bocarriba en catafalco bien decente y estirado, y lo velarían entre gruesos cirios, más sahumerios, olor a hierbas quemadas. Una humedad relativa para que sudaran hasta los muertos mismos, y ese calor de costa.

De fijo sabemos que lo llevaron a enterrar a la entonces catedral, que era la que había sido mezquita aljama. No lo sabemos, pero podemos suponer que el gran funeral ‘de Estado’ lo ofició el obispo Jerome, un tipo que en realidad se llamaba Jerónimo de Périgord y se había apuntado a su manera a la ‘cruzada’. Cuando había tela se vestía de cota de mallas y salía el primero espada en mano, y luego era lo dicho, obispo de Valencia y cantaba misas y réquiems. Y, además, era buen amigo y colega del difunto. Qué menos que hacerle los honores.

En su tumba quedó nuestro muerto hasta 1102, cuando Alfonso VI de Castilla (y muchos más títulos, pero abreviemos) no pudo sostener la ciudad que defendían la viuda del difunto y su yerno. Como los muertos famosos no suelen pagar peaje, entre las maletas de quienes tuvieron que marcharse iba Rodrigo Díaz. Su cadáver, por supuesto. Imaginando un entierro como el apuntado, un clima concreto con sus detalles, y una caja sencilla de buena madera (o buen cuero, la otra opción de la época) si le damos tres años de tiempo, podemos considerar que cuando echaron mano al traslado se daría una segunda manipulación. Tres años en un clima húmedo –según la estadística forense- suponen una esqueletización avanzada pero no completa. No quedarían tejidos blandos internos. Es posible que sí quedaran algunos residuales. Aún estaría buena parte de los ligamentos, no habría fisuras de secado en huesos, no se habrían desprendido piezas óseas grandes. Es decir, existiría una forma  compacta, con textura más grasa que quebradiza. Si todo eso hay que meterlo en un arcón y en carreta o a lomo de bestia, hay que manipularlo. Esta vez ya sin lavados ni aromas. No he mencionado la probabilidad de necropredadores, roedores o insectos, porque en verdad nadie sabe cómo eran las tumbas de la mezquita aljama convertida en catedral. Y si algo no se sabe, mejor no incluirlo ni tan siquiera entre las hipótesis.

Oponiéndose a lo dicho está la leyenda. Es cierto que Jimena Díaz –no por llevar el apellido del marido, sino porque su padre también se llamaba Diego- regresó a Castilla y recaló en el monasterio benito de San Pedro de Cardeña, en Burgos. Ella y su marido habían sido generosos amigos del convento, de modo que allí lo hizo enterrar por segunda vez. La leyenda dice que el muerto estaba embalsamado (aún eso podría ser, desde luego, una opción más) y dice también que lo sentaron en una cátedra o escaño en la capilla funeraria. Eso ya no se sostiene. Un muerto insepulto era una ofensa, un pecado, una paganía y una aberración en la cultura de la época. Y en un monasterio de frailes benitos, sería irracional.

Y así quedó nuestro muerto de hoy –enterrado, no sentado- hasta la francesada o Guerra de Independencia. Entonces se profanó su tumba. La suya y la de muchos otros, les dio por ahí a los vecinos. Uno más piadoso o más honorable, un tal general Paul Thiébault, recogió los restos –tercera manipulación- y los hizo enterrar de nuevo en un monumento conmemorativo. Pasada la guerra regresaron los huesos a Cardeña, hasta la de Mendizábal en 1842. El Ayuntamiento se llevó entonces todo a su capilla en Burgos. Y en 1921 fueron trasladados una vez más hasta donde hoy siguen, en el crucero de la catedral de Santa María. Por si tantos traslados fueran pocos, hay que hacer notar que juntos (y, en este caso, revueltos) están los restos de Rodrigo, de su esposa Jimena y del hijo mayor de ambos, Diego.

Eso es lo que sabemos. Pocos detalles más. Algunos sí, pero ya irrelevantes a tales alturas de manipulación, contaminación y múltiples traslados .Por supuesto, no es un juicio moral. Excepto los franceses cuando les dio la locura y desenterraron ‘héroes’ a mansalva, el resto siempre trató de soterrar cuantas veces hiciera falta a un muerto con respeto.

¿De qué murió Rodrigo Díaz, ya viejo y no en batalla?
Debió ser un tipo duro. En su época había dos grandes momentos iniciales a los cuales sobrevivir. Al parto mismo, a nacer sin que se te anudara al cuello el cordón umbilical, o sin que entre respetos y demoras las matronas dejaran sin atender una larga lista de detalles mortales. De hecho, sobrevivían y eran bautizados muchos más bebés de personas comunes que de nobles. Si esa la saltabas, y fue el caso, te quedaba la segunda. Ser destetado. Podía amamantarte tu madre. No era nada común. Una dama debía parir muchos hijos, de modo que si no amamantaba volvía a ser fértil mucho antes. No sabemos, ni jamás lo sabremos, si Rodrigo tuvo o no hermanos y hermanas, ni cuantos. Pero sobrevivió al destete, aunque tuviera un ama de cría, en la imprecisa frontera de los tres años. Cuando se decía que el señor Santiago venía, en la fecha de su fiesta (julio) a tejerse una corona de ángeles que llevarse. O cuando se decía, tal vez alguien haya oído aún la otra versión: “Ya viene el señor Santiago: angelitos al cielo, y trapitos al arca.”

El resto podemos saltarlo. No se mató de mozo, no se mató de adolescente. Creció y aprendió bien un oficio que incluía llevarse muchos palos, caídas, moretones y lesiones. Lo que sucedió luego basta con mirarlo en una  biografía. Todo eso puede indicarnos que se trataba de un hombre lo bastante entrenado como para evitar la muerte en combate. No para jamás ser herido. No para no ser herido nunca.


Fotografía: propia, bajo la misma licencia que el Blog.



Nota: pinchad aquí para ir a la segunda parte del artículo.
http://todoloquetienenombrexiste.blogspot.com.es/2013/08/los-muertos-hablan.html

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