lunes, 26 de agosto de 2013

Caminos de Santiago. Silo.




     La verdad es que Roncesvalles, el kilómetro cero del Camino para quienes eligen ese ramal y no otro de los muchos posibles, es lugar de bravatas. No debería serlo, por supuesto. El paisaje puede ser majestuoso, pero también intimidatorio. Con una mochila nueva y botas aún sin polvo, la barriga llena, recibida la bendición  (nadie obvia ese rito, crea o no.  Por lo de las meigas, que haberlas haylas) y ganas de paseo a media tarde. Nadie está cansado y todos nos solazamos al fresco, mirando las montañas desde arriba y soñando más que soñaba Don Quijote antes de que, justamente, se echara al camino y empezaran todas sus penas.

     Por otra parte, la oferta es modesta pero variada: aire limpio y árboles añosos para los más "verdes", aroma a buen incienso y devociones para los devotos; mucho arte y hasta un museo para las ratas de biblioteca, y alegre cena para todos. Por haber, hay una caseta de recuerdos, postales y otros objetos al uso, pilas y farmacia para los precavidos. Incluso un paseo nocturno entre viejas tumbas anónimas  (vacías, claro) apropiado para quienes se dan a la meditación o a la leyenda urbana. O de todo un poco, porque nadie quiere aún dormir. Todavía no se está cansado, rugen motores y el entorno se llena de pinceladas de mil sueños antes de caer en notables literas nuevecitas. Sin reniegos, fresco todo el mundo. Limpios y duchados: como patenas. Sin botas que haya que poner aparte porque huelen a campo de batalla.

     Como esa tarde es la de la bravata, más de uno recuerda a costa de los vecinos a Carlomagno y a Roldán, aquel cursilindo carabonita del que había que leer en la escuela, y como llegaron tan frescos y guapos, antes de bajar a pedradas al infierno Roldán y los pares del carallo, y el olifante y las lanzas con pendones. "Mala la hubisteis, franceses, en esa de Roncesvalles"…Y hasta nos reímos entre dientes por lo bajini, que somos muy caínes, y caínes rematados con el vecino de al lado. Vale, ellos no se privan tampoco de meternos las coplillas y el dedo en el ojo. Pero se supone que los peregrinos estamos por encima de eso. Todavía no, que va. Ya lo estaremos: más tarde y bien baqueteados.

     Luego amanece. Con las legañas tenaces, aún tampoco nos hemos hecho a levantarnos de noche. Y el majestuoso paisaje suele estar muy cambiado, envuelto en una blanca mortaja húmeda y desagradable, la espesa niebla fría antes del alba. Lo que ayer eran bravatas se van volviendo interrogantes. Qué remedio. Alguna vez hay que empezar, dar el paso que separa el sueño de lo posible. Y echas a andar.

     Hay un edificio achaparrado. Casi parece estar en cuclillas, callado y gris. Lo llaman El Silo de Carlomagno, ahí es nada. Bueno, en un silo se almacena grano. ¿No? No. En éste se almacenan muertos. Trayéndolo muy muy por los pelos cabría pensar en un retruécano sobre la parábola del grano de trigo, pero para parábolas y exégesis estaba yo, bien calado de humedad ya a los cinco minutos, malhaya mil veces la hora. El Silo, o cripta que es lo que derechamente es sin tanta prosapia, resulta ser el edificio más antiguo conservado del conjunto, del siglo XI. Miras tras los gruesos barrotes de las rejas. Que manía, enjaular a los muertos. En la penumbra no se ve ni carallo, pero llevas linterna. Hala, a estrenar el bagaje estilo Indy Jones. Y nunca mejor dicho, porque enciendes el afilado haz de luz, enfocas, y por todos los demonios que debe haber ahí adentro novecientos años de fiambres. Cadáveres, suena más respetuoso. Ojo, nada de gore: son huesos pulcramente amontonados, secos y amarillos. No huele a nada. No salen ratas ni serpientes ni bichos. Pobres bichos, que iban a comer.

     Luego te enteras de que aquí empieza a aparecer retazo a retazo la leyenda de Carlomagno y sus diversos episodios, que te acompañarán por muchas leguas y muchos paisajes. Leyenda: son los huesos de los gabachos, hala, sirva de escarmiento. De escarmiento te vale cualquiera: viendo tanta gente, empiezas a personalizar las desazones que ayer estaban bien ocultas bajo la bravata. Peor saber la verdad: que es el osario del Albergue de Peregrinos, porque eran legión los que morían tras pasar los pirineos. Carallo, para eso mejor haberse muerto antes y te ahorras el subidón y la bajada. Profético suena pensar eso; en distintos tonos, y de muy variados humores, lo pensarás mil veces según camines. Pero vamos, que lo que se ve  -esto es, lo de encima- es el osario de los canónigos de la Colegiata actual. Imposible no especular hasta cuan abajo habría que meter una vara de metal para dar fondo. Imposible no mirar en torno hasta donde alcanza el haz de luz de la linterna calculando metros, metros cuadrados y metros cúbicos, y cuanto ocupa un muerto desmontado, y qué ejército hay ahí abajo.


     La leyenda de Carlomagno tiene rostros más amables, como cierta frondosa alameda junto a un río de la que dicen que los chopos son los vástagos de las lanzas de los franceses, que echaron raíces en una noche. Pero las capillas funerarias, los osarios, las historias extrañas y los muertos te van pisando las botas durante todo el primer gran tramo del Camino. Si gusta guiarse por leyendas, merece la pena estar atentos. De Roncesvalles a Burgos, trames mortium: los senderos de los muertos.




Imagen: Osario del Silo de Carlomagno, www.labitácoradeltigre. autor Eduardo Larequi. Con licencia SafeCreative (Reconocimiento, Uso No Comercial).

10 comentarios:

  1. Trames mortium. Curioso. Me ha gustado.

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  2. Pues o eres misericordioso con el bajo latín, o te gusta Tolkien, o eres una auténtica sorpresa. Gracias por tu comentario. Juan Marcos es también un buen nombre.

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  3. Tuve que buscar trames en el diccionario. Sonaba bastante ominoso. En realidad, lo leí. Y a Tolkien también.

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  4. Gracias por comentarlo. Supongo que hiciste el Camino de Santiago en 1999, en 2000 o muy poco después.

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  5. Respuestas
    1. Era entretenido leer los comentarios de otros peregrinos, ¿Eh?

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  6. Comentarios sobre los 'Libros de notas' que hay e cada hospedería de Camino de Santiago. Casi todo el mundo deja a diario una nota, un recado, una reflexión, un chiste, un poema, un reniego...y quienes pasan detrás se los leen. O suelen hacerlo, a menos echarle una ojeada. O cotillear un poco.

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  7. En los albergues u hospederías del Camino de Santiago hay 'Libros de firmas', digamos, para que la gente escriba en ellos lo que quiera. Suele ser común hojear el libro antes de escribir...y hasta hay quien pide ver el archivo, los volúmenes de años anteriores.

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