
Aquel camino hasta entonces no había sido nunca
transitado por nadie. La caída de un árbol tuvo la dicha o la desdicha de abrir
una nueva vía por donde los viajeros podían andar. Era un lugar tranquilo donde
los pájaros cantaban con gusto, las sombras de los árboles servían de descanso
y los frutos del bosque alimentaban a quien lo necesitara.
Una tarde pasaron por allí los hijos del camino. Entre
ellos había gente con muchos oficios y mucho que ofrecer. Traían nuevos inventos, noticias,
encargos. Eran el correo para muchos y la alegría para otros. Casandra era la
guía de aquella tribu. Ella era la cabeza visible, la que tenia la memoria de
lo que habían vivido y en las noches al amparo de de la hoguera era la que contaba las historias
que recodaba.
Las carretas se detuvieron en un claro cerca del rio, la
rutina era clara y cada cual tenía sus tareas asignadas para que antes de que
llegara la noche hubiera que comer, y los turnos de guardia, para que todos
pudieran dormir con tranquilidad.
Había sido una época buena el verano ya estaba terminando
y volvían con los bolsillos llenos. El otoño y el invierno serian más duros. y
ya regresaban hacia la costa donde el frio no los seguiría y podrían asentarse
por un tiempo en algún pueblo hasta que mejorara el tiempo.
Atila y Troyana los caballos de Casandra se conocían bien
los mejores lugares por donde ir. Nunca les había fallado su instinto hasta
aquella vez.
Anochecía cuando a la anciana se le erizo la piel, el
viento movió sus cabellos canos mientras estaba sentada terminando de preparar
la hoguera de aquella noche. La gente se fue acercando poco a poco, era aquel
momento cuando toda la comunidad se reunía y charlaban del día, compartían sus
alimentos y escuchaban la historia que ella les contaba.
Su voz era clara como el agua de un manantial, el crepitar de la hoguera y los efectos
especiales que ella mezclaba con el fuego hacían que sus historias se quedaran
grabadas en la mente de los que las escuchaban. Siendo tema de conversación al
día siguiente de grandes y pequeños mientras esperaban la siguiente historia.
Esa noche hablo de las diosas y dioses antiguos de como
moraban en todas partes, en los bosques en el agua, hasta a veces se hacían pasar
por caminantes y interactuaban con los humanos. También les hablo del Destino y
de Fortuna dos semidioses que vivían entre los humanos y que siendo pareja
solían en ocasiones divertirse a costa de los humanos y otras veces compensarlos
dependiendo de como respondieran a sus encargos.
Llegó la madrugada y ella seguía al amparo de los
rescoldos como si esperara a alguien. Por un momento los grillos dejaron de
cantar y la hoguera cobro vida. Dos figuras surgieron de ella. Una mujer y un
hombre que se sentaron cerca de Casandra.
Había pasado doscientos años desde que se habían visto por última vez, ella había hecho un trabajo para ellos y como recompensa Destino y Fortuna le
habían dado una larga vida. La anciana estaba preparada, sabia que con
ellos dos la batalla estaba perdida. Cuando los tres fueron abandonar el claro
una pequeña figura salió tras ellos y se aferro a las piernas de la anciana.
La pequeña subía los brazos y le pedía a su abuela que la
cogiera. Mientras lloriqueaba. Aquel sonido no les era agradable a la pareja, e instaron
a la mayor que dejara a la pequeña en el suelo ya que tenían que irse.
Casandra esta vez se negó, su nieta no tenía a nadie más
en el mundo y había dado su palabra de que cuidaría a la pequeña hasta que
pudiera valerse por sí misma.
Durante veinte años una vez al año la caravana hacia
parada en aquel lugar y Casandra y la pequeña Suerte visitaban a la pareja de
dioses. Durante la madrugaba les contaban sus aventuras y les traían noticias y
nuevos inventos de remotos lugares.
El año ventiuno la anciana entendió que era tiempo de comenzar otro viaje, se despidió de su nieta y la invito a que siguiera visitándolos cada año.
A la mañana siguiente se encontraron el cuerpo sin vida de la anciana cerca de la hoguera. La enterraron en la ribera del rio y en ese mismo lugar creció un gran árbol que dio sombra a todos aquellos que la necesitaban.
Suerte siguió la estela de su
abuela siguió transitando los caminos y siendo mensajera de los humanos y de Destino y fortuna que cada año la
esperaban con su abuela para saber que ocurría en nuestro vasto mundo.
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