domingo, 20 de agosto de 2017

Sueños usados.






Abrí los ojos de golpe. Cabezada de diez minutos. El sol ya no arañaba el color de las cortinas, ni pintaba lanzas de polvillo impalpable atravesando el salón con saña de semanas. Maldito verano eterno. Me puse en pie. Las treguas son lo que son y valen lo que valen. Ella apartó la vista de la televisión. No, no había sido una pesadilla. Un sueño impersonal, imágenes vistas desde fuera a las cuales no perteneces. Telarañas grises con luces y sombras afiladamente vivas. Películas en blanco y negro. Le ofrecí un paseo deseando que no lo aceptara. Si algo nos sobra es malhumor. Pol estaba sobre sus cuatro patas, de guardia en la puerta con la correa en la boca, en silencio.

-Te dije que iba a venir Kili. No la aguantas.

Claro que eso no era cierto. No del todo. Pero mejor asentir sin más. Durante un segundo me miró de otra manera.
-Daos una vuelta, que Pol se canse. Está muy nervioso.
-De acuerdo.
-Y, si no te importa, fíjate en los anuncios que veas pegados por ahí.
-Lo sé. Se nos acaba el tiempo.
-¿Estás bien? -sus cejas se levantaron juntas.
-Claro que no. Habrá sido la cabezada.
-Un sueño usado.
-¿Qué has dicho?
-Te has cruzado con el sueño usado de alguien -volvió a mirar la televisión- Pasadlo bien.

Pol quería correr, y yo cualquier cosa que me alejara por un rato. A mucha gente les fascinan las ciudades vacías en agosto. Los cierres bajados, los toldos subidos, los carteles de cerrado por vacaciones. Creerse dueños de enormes avenidas abrasadas bajo un sol de horno, callejear rincones a menudo atestados con el único eco de los propios pasos. El mundo parecía contener la respiración. Ahora un rayo blanco partiría el cielo: empezarían a caer gotas muy gruesas siseando en las grietas resecas de las aceras, y una chica se quedaría mirando hacia arriba antes de echar a correr tapándose el peinado. 

Sucedió exactamente así. Lo que había soñado. Pol tiraba de la correa. Directos al parque. Lo solté. Las gotas eran ahora un espeso velo frío que arreciaba y lo cambiaba todo. Cayó el polvo de hojas y troncos revelando el verde intenso del estío, las formas de las cortezas, los colores agrisados en los parterres. Olía intensamente a barro, el estanque repiqueteaba, todo se llenó de charcos. Habría un vagabundo blasfemando, dos prudentes ancianas con paraguas. El guarda con la espalda pegada a la caseta de los urinarios, cerrados muchos años atrás.

Todo estaba en su sitio. Incluso Pol, embarrado hasta el último pelo, con la lengua colgando, absolutamente feliz. Tan feliz como para olvidar su mutismo educado ladrando y persiguiéndose la cola antes de ser más rápido que el mismo rayo. Todos tenemos un punto de locura, hasta los perros. De un brinco se tiró al estanque volviendo a su vez locos a patos y cisnes. No los tocaría. Aún así apreté el paso hacia el guardia.

-No les hará daño. El verano lo ha vuelto un poco impulsivo, es un perro de aguas.
-Como para no volverse loco. No pasa nada. Ganas me dan a mí de tirarme, ahora que lo han dragado y está recién limpio. Si hasta se nos han muerto patos pequeños, mierda de verano del infierno.

Volvimos bajo la lluvia. Volaban algunas hojas tempranas y partes de periódicos ya tardías. Fui a darle una patada a un folio, y me detuve. Estaba en el sueño, empezando a emborronarse, detenido en las patas de una papelera. Lo cogí.

Entramos por el patio, donde Pol aceptó un baño con jabón y manguera, se sacudió mucho y me esperó mientras yo hacía lo mismo. La única ventaja del patio era su total intimidad tras el alto muro de hormigón gris. La ropa estaba tendida a cobijo de una chapa de uralita. Saqué el móvil de la bolsa de plástico, horrorosa pero útil cuando ya has perdido uno por culpa del agua. Y llamé.

Kili seguía en el salón. Las voces sonaban animadas con la televisión como fondo. Saludé sin que me costara sonreír. 

-Os habéis empapado.
-Empapados y limpios, con alguna aventura. Ya era hora de que lloviera de una vez. ¿Queréis que cenemos chino? Tengo buenas noticias.
-¿Cuales? -la voz de mi compañera cambió.
-Un anuncio- le tendí el folio emborronado- Acabo de llamar, nos citamos a mediodía.
-Qué suerte -Kili rebosaba alegría sincera.
-Me he cruzado con el sueño usado de alguien que no necesitaba el folio, o no lo recogió. Ella te lo explica mientras reviso la cocina y voy a por la hoja del chino.



Imagen propia, bajo la misma licencia que el blog.


2 comentarios:

  1. Un bonito relato para entrelazar con los días de estío que este año tanto nos estas jodiendo. un abrazo hermoso.

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