viernes, 10 de marzo de 2017

Lo que pasa en la milla








Crónica de una noche roja


Un solo trueno certero y ensordecedor gotas de lluvia roja sobre el asfalto. Nadie alrededor en los arrabales de la ciudad del agua. Donde la roja hoy refleja la muerte. Noche oscura amparo de los ofendidos, quienes han perdido al ser querido, buscan venganza, todos se conocen y nadie espera. Los ofensores huyen con lo puesto a las puertas de la ciudad, cualquier camino es bueno. Nadie llora, nadie grita, unos corren, otros saquean, roban y se reparten el botín, víspera de jueves gordo, del lardero, primero se cobra y después velorio.

Al otro lado de la frontera la otra Al Garnata, la de los turistas, la de la Alhambra, la de Lorca. Pasan los bomberos, la policía, una ambulancia. Otro más para la lista. El lado oscuro, el que ni existe ni se nombra, la vergüenza. El monstruo que alimentan unos y otros. Solo será una noticia en una pantalla o impresa cuando llegue el nuevo día.

Tras una agónica noche nace la nueva mañana acusatoria y sin culpables una fina capa roja marca el lugar de la venganza. 


Ainhoa. 






Ojalá vivas tiempos interesantes.



“Ojalá vivas tiempos interesantes”, advierte una maldición china. Apurar las horas con luz, silencio, carga de móvil y ordenadores en una biblioteca pública. No muy lejana, pero sí fuera del barrio a oscuras durante veintidós días, uno tras otro. Mochilas, linterna en el bolsillo, anticipando llegar a una casa pertrechada con muros de 25 centímetros, capaces de absorber el frío con avaricia hasta transformar una vivienda en una morgue. Sin toser ni trincar gripe o resfriado. Los humanos somos duros, mucho más de lo que imaginamos.

Otras cosas jamás las hemos visto. Bajamos del bus a comprar algo de cena caliente. Rápido, hay que cenar deprisa antes de que la morgue y el vaho que sale por las narices te congele. Linternas, pilas, humor.

El humor se acaba pronto. Mucho ruido fuera. Parece ser que alguien acaba de volarle la cabeza a otro alguien. Puede pareceros terrible, ya. Los humanos tenemos piel de elefante, y eso es parte del decorado.

El resto, no. Nunca lo habíamos visto antes. Una nube de figuras negras, enguantadas, con pasamontañas, palanquetas, herramientas. Todos silbando códigos en plan silbo gomero. Corriendo, apalancando, destrozando, robando. La familia ofendida saquea las casas de la ofensora. Saquear es poco. Revientan puertas, cocheras, rejas de ventanas. Entran como la marabunta. Limpian todo, se lo llevan tan tranquilamente. Luego, queman coches. Luego, piden justicia (¿quiénes?). Por unos callejones laberínticos, conocidos para ellos hasta a ojos cerrados, huyen los saqueadores. 

Por los mismos, pero a ciegas y con miedo, los persigue la policía nacional. O los topos, porque no ven cómo se llevan neveras, congeladores, teles de plasma, motos, bicicletas, focos para invernaderos de marihuana y hasta los dientes de Dios. Cómo arden coches, eso sí se ve: más o menos las Fallas de  Valencia estilo poligonero.

Y que nadie espere leerlo en la prensa al día siguiente. “Se han evitado males mayores”, dicen. Lo que pasa en la milla, se queda en la milla.


Guille.


6 comentarios:

  1. Ambos lográis que el lector se sienta como un "voiyeur", no participa en la escena pero siente el odio, el miedo y todos los sentimientos que tan bien plasmáis.
    Besos

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    1. Gracias Ambar en ocasiones la rutina pasa de largo de la vida y es sustituida por otras situaciones demasiado complicadas. Un abrazo y buen fin de semana.

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  2. Cotidiano. Silenciado. Sin grandes titulares. Gracias por tu comentario, Ambar.

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  3. Triste y dura realidad. El hombre es lobo para el hombre.

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    1. Gracias por leernos y compartir nunca nos imaginamos lo que podemos llegar a vivir un abrazo y buena semana, nosmanipulan.

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  4. Gracias por tu comentario, nosmanipulan. Lo más amargo de todo (y lo más sucio) es la impotencia que comparten, disfrazada de resignación.

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