domingo, 20 de noviembre de 2016

La madrugada.




Para bromas estaba yo. Hacía un frío del carallo, aún era de noche. Cuando se está acostumbrado al silencio absoluto como disciplina y ley, hasta un susurro te despierta. El de una radio a pilas de aquellas de petaca, que tantos hombres se pegaban a la oreja los domingos para escuchar el fútbol. Radio de petaca, si: hasta un chaval medio dormido razona que de madrugada, en 1975, nadie jugaba al fútbol.

Para bromas estaba. Tenía catorce años en un internado con 107 inquilinos más, y acababa de enterrar a mi padre. Mala suerte. Otra madrugada (sin radio a pilas) en la que pasos susurrantes de zapatillas de adulto me despertaron, me dijeron algo así como que hay que ser fuerte y resignación cristiana, y que sin hacer ruido -107 compañeros más- y a oscuras me aseara, vistiera e hiciera el petate para un viaje de muchísimos kilómetros. Mala suerte. Ahora dieron las luces, y nos contaron que se había muerto el caudillo y generalísimo de los ejércitos, el padre de la patria y qué se yo. Alguien murmuró, lo bastante alto como para que pudiera oírlo que genial, al menos una semana de vacaciones. Hoy me reiría con ganas.

La única diferencia esencial entre aquel entonces, tan lejano, y hoy que soy capaz de evaluar como real es que los nenes (menos quien dijo yujuuuu, vacaciones) captábamos la sensación, no la idea, de que ya nos habían jodido. Soy consciente de que queda fatal, pero quince días antes fue lo primero que pensé cuando murió mi padre. Soy menor de edad, soy un niño, y este marrón me lo como yo sin saber cómo defenderme, porque no tengo herramientas para defenderme. Lo de Franco me dio igual, bastantes problemas personales tenía yo. ¿Se murió ese viejo? Ahora verás qué movida. Durante el verano anterior ya comentaba mi padre (supongo que calibrando nunca decir de más a un crío, porque los críos son metepatas por definición) que el viejo no se comía las uvas. Tampoco se las comió él. Me aburrí hasta el asco durante días de luto oficial, me pregunté cuando se acaba el gafe por mis problemas, claro: al militar ese que lo enterraran, y ya vale.

Oí duelos, quebrantos y paranoias, persianas bajadas, susurros, rencores. Por supuesto que no los entendía apenas. Estaba egoísta y lógicamente centrado en mí mismo. Lo recuerdo todo como un gran teatro de músicas fúnebres, rezos, miedos, miradas de soslayo. El mundo giraba y mi tragedia personal ya no valía nada. 41 años más tarde reconozco que eso me enseñó mucho. 




Imagen propia, bajo la misma licencia que el blog.

4 comentarios:

  1. Perfecta manera de describir esos sucesos que , con catorce años, solo se entienden bajo el prisma de la repercusión que van a tener en uno mismo de manera inmediata. La infancia y la pubertad se caracterizan por la incapacidad de pensar en un futuro a largo plazo. El futuro es mañana o la próxima semana o como mucho el próximo verano.
    He disfrutado la lectura de tu entrada.
    Un abrazo

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  2. Gracias, Ambar. Eso quería contar, y hacerlo así. Por entonces, para mí 'política' era tan sólo una palabra de origen griego. Lo normal.

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  3. Todos en algún momento de esa edad del pavo y en otras ocasiones nos centramos en nosotros nuestro dolor. Años después miras hacia atrás y te das cuenta de que aunque no fuéramos conscientes del todo si que formábamos parte de alguna manera de lo ocurrido. Un relato redondo, gracias por compartirlo.

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  4. Muchas gracias. Después de todo, era bastante sensato que todo me importara una mierda salvo yo mismo XDDD. Luego aprendes.

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