miércoles, 10 de septiembre de 2014

En verano no pasa nada (II)




Buscó la escasa sombra del mediodía bajo los álamos blancos de una plazuela ya cercana a casa. Menudo agosto, le dijo el kiosquero que echaba el cierre, jurando no recordar otro igual desde 2003, cuando estuvo en Burgos visitando a su madre a 41ºc.

Jacobo prefería no saber la temperatura. Metió la cabeza bajo los escasos chorros de la fuente adosada al muro, un viejo abrevadero reconvertido. Había recorrido media ciudad a pie aquella mañana. Se desabrochó las sandalias y chapoteó. El chico de las clases de conversación prometía. Se iban de vacaciones, pero su madre pagó agradecida las seis semanas debidas y le pidió que volviera en septiembre, para el curso completo. Buena noticia. Era una mujer educada, agradable, tímida, que siempre parecía no saber qué hacer ni cómo hacerlo. Supuso que había ensayado incluso cuando inició una conversación confusa brillante de sonrisas, viniendo a decir que, tras la limpieza anual de armarios, tenía ropa de la cual deshacerse. Le evitó el resto del mal rato. Luego hizo  separación una vez estuvo en la calle, y dejó lo que no usarían en una tienda de trueques. A cambio de la ropa se llevó un abrelatas para zurdos, dos bufandas y una funda rígida de móvil color azul oscuro para Estela.

Eusebio Trías, alias Tardóniz, era otra cosa. Siempre perdía la cartera, extraviaba el talonario, se volvía inútil para algo tan sencillo como sumar o recordaba otro precio distinto al ajustado. Lo intentaba en cada encargo hecho. Y eso que Jacobo, curtido de sobra, con más tiros en la culata que la escopeta del general Custer, lo había olfateado a la primera. Le pidió a un amigo su minigrabadora de periodista hurón y grabó con disimulo la charla y el pago y plazos acordados. A Tardóniz quiso darle entonces un arrebato de ira, pero se quedó blanco de miedo al oírse. Los hombres de negocios y las grabadoras dan por resultado cagalera, le había dicho su amigo. Jacobo no indagó más. No le interesaban esas cosas.

Aquella mañana Tardóniz tenía ojeras, miraba hacia todos lados, fumaba empalmando un pitillo con otro y se sirvió un dedo de whisky solo antes de las once. Al parecer en su urbanización con cámaras, porteros y vigilancia habían limpiado el portal número uno en julio, y el dos ayer mismo. El suyo era el tres. Tiró de amigos en la policía, pero ninguno tenía la menor idea. Entraban de noche, piso por piso, sin violencia; sabiendo perfectamente qué llevarse. Y los inquilinos, incluso los perros mascota, se despertaban con la cabeza pesada sin haber oído ni visto nada. Lo peor era que no se trataba sólo del centro, al parecer era la moda desde la pasada Navidad. No había barrio en el que no hubiera sucedido, por eso no trascendía. En cada zona distinto modus operandi. Suponían, claro. En verdad, ni la menor teoría sobre cómo, o quiénes.

Las cosas que le encantan a la señora Joaquina, pensó Jacobo mientras Tardóniz perdía la cartera otra vez, la encontraba para darse cuenta de que sólo tenía en efectivo más o menos las tres cuartas partes de lo debido, abría cajones con mano nerviosa, daba con el talonario y firmaba. Jacobo le indicó que se había equivocado, había escrito cien euros de más. 

Sin duda Tardóniz estaba fuera de sí aquella mañana, porque le regaló una de sus sonrisas lobunas, lo consideró un aguinaldo de vacaciones y para remate le trajo dos botellas de albariño. No le gustaba. Y todo lo que se queda en la despensa se lo lleva mi ex, suspiró, citándolo para el quince de septiembre. Mucho trabajo, ya verás, le dijo. Y cerró la puerta tras Jacobo con todos los cerrojos, cadena y calzo de madera.

Jacobo dejó que los pies se le secaran al viento de fuego que se arremolinaba en la plazuela. Una buena cosecha. Camisetas y jerséis para Estela, unos botines a estrenar, una falda larga tipo ibicenco y unos vaqueros con peto. Él se había quedado jerséis también, por suerte su alumno era alto y recio. Y unos naúticos domados, pero totalmente presentables. Volvió a calzarse, fue al banco a cobrar el cheque, hizo sumas mentales en montoncitos, ingresó parte en la cuenta de los dos y, capeando el sol, se metió en la Plaza de Abastos. Perdió el autobús, bebió agua en el pipo de otro parquecillo y eran casi las dos de la tarde cuando llegó a casa. Sudando como un galeote y con la frente y las mejillas ardiéndole, por cierto.

Desde el suceso que Joaquina tenía escrupulosamente archivado como ‘Caso Li Feng’  -con el subtítulo ‘Asesinato de un vecino honrado’- la mujer se había convertido en una figura cercana, sin duda su única amistad dentro del bloque. Podría ser la madre de cualquiera de los dos, pero Jacobo no percibía la distancia de edad como un obstáculo. Era estimulante, discreta, aguda, realmente inteligente. Quizá su aspecto y el conocer a todo el mundo hacían que recordara a la inevitable Miss Marple, aunque con la  mente rigurosa de Holmes. Cierto que se cruzaban casi a diario en el rellano, pero a la vez mantenían su independencia.


Comieron los tres, hilvanando teorías posibles. Desde luego, era estimulante. Más tarde le enseñó a Estela la ropa, un pase de modelo privado que vino a acabar más o menos como aquella canción de Mecano. Sí, esa, la de ‘bajo el ventilador’ y Hawaii y Bombay.

Cuando lo recordaba, Jacobo se reía a medias. Nunca le habían gustado mucho las aventuras urbanas, lo suyo era más bien de mochila y de lugares abandonados, de leyendas, nieblas y montes. Terminó creyendo a Estela, a Joaquina y a Tardóniz. Existía una banda organizada de revientapisos tan silenciosa como los muertos, muy eficaz. Era algo para tomar en serio. Aceptó observarlo todo, fijarse en los detalles. Hasta la noche del apagón, cuando empezó a rebosar el gigante conectado a la general del agua y Rober bajó a cortar la luz antes de que alguien se electrocutara, y Estela y él subieron a la terraza a tiempo de ver a un intruso que manipulaba el enorme bidón de agua, y  que se escurrió entre los dos huyendo escaleras abajo. Entonces la miró, y vio frustración y cólera en sus ojos encendidos.

-Súbete a mi espalda, deprisa.
Lo hizo sin vacilar, alumbrando ante ellos con la linterna.
-Cuanto más pesas, menos resbalas.

Bajaron, Jacobo bien aferrado a la barandilla, apoyando sólidamente un pie tras otro. Abajo se oía ruido. De una caída aparatosa.

-Menudo sartenazo –comentó ella, con sorna- Fin de trayecto.
-Un buen golpe. Mantén enfocada la linterna.

El resto se parecía tanto a una película irónica de polis que Jacobo tuvo que aguantar la risa para no meter la pata. Los que esposaban y decían las frases de guión eran los munipas, con el Rober entre ellos en pose de: ‘Por mi madre que salgo en la foto’. Hasta hubo fotos, las que hace  la policía, no las que aparecen en primera plana. Y sanitarios con camilla. Y el sospechoso en su papel de tipo duro y callado. Lo hacía bien, con una fractura abierta en la pierna quedaba muy profesional.

Luego la adrenalina se evapora y se pasa la risa. Hubo explicaciones por parte de Joaquina de sus teorías, que resultaban más inquietantes y le devolvían a lo cotidiano su alargada sombra oscura. No vemos lo que no nos interesa ver, así de simple. Y luego pensaron en irse un fin de semana largo a una cabaña de esas que alquilan algunos campings en lugares tranquilos.

Pero por primera vez Jacobo le comentó a Joaquina, al despedirse:

-Echa un ojo por esa mirilla mágica que tienes, ¿Te importa? Nunca se sabe.
-Nunca se sabe. Descuída. Y olvidaos de todo menos de traerme algo típico y barato. Pasadlo bien.





Imagen: Wikimedia Commons, user Marbregal.
                           http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Torre_de_don_Miguel_abrevadero_1.JPG

12 comentarios:

  1. Muchas gracias, Ana. Me alegro de que te gusten.

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  2. Vaya...conste que la señora Joaquina es mucho más un personaje ideado y creado por Leonor que por mí. Digamos que en esta 'serie' yo hago más bien los coros. Pero gracias en nombre de ambos, Fearn.

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  3. Ese Tardóniz va a ser pariente de uno que conozco yo.

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    1. Creo que tod@s conocemos al menos a un/a Tardóniz...XDDD

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  4. Creo que Tardóniz se está haciendo popular XD

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