domingo, 23 de marzo de 2014

El incendio de Santiago.





La casa estaba vacía. Una morada decente, no tan pequeña para un hombre solo, a cuatro pasos de la obra. De la catedral. Ya estaba vendida a un azabachero que buscaba ampliar taller. Lo habían puesto por escrito, de buena fe, acordando precio y plazos. Tres días a contar desde que se firmó la venta. Le sobraban dos. La tarde anterior cobró los muebles que se llevaron. Todos. El arca y el colchón, la mesa y sus taburetes, las trébedes y arneses de la cocina. Había dormido en el suelo liso y desnudo, gastado por muchos pies. Los suyos no tuvieron tiempo de dejar huella.

Echaría algo de menos. Dos tallas en las jambas de piedra, la visible y la casi borrada. La que todos veían era un apóstol de la escuela antigua, un Santiago ya muy pulido por vientos y lluvias, exiliado de alguna ermita caída. La invisible la había rozado cada noche mientras sacaba la llave de hierro y atinaba con el engranaje para abrir. También venía de otra parte aquella piedra de brillo gris azulado, con su doble espiral.

Apagada la chimenea y sin leña en la casa, consideró seguras las bolsas de cuero con sus pertenencias que había ocultado en el tiro, colgadas de clavos. Respiró hondo. Oía como el crecer de la marea las voces y los gritos que le llegaban, antes de rayar el día, desde la obra. Desde la catedral.

Abrió la puerta. El recadero venía hacia él saltando el albañal, zigzagueando como una liebre sobre los cantos rodados. No había llovido en más de una semana, y el viento que empezaba a arreciar al alba tampoco traería nubes. Iba a sonreír mientras sacaba la gran llave y seguía jugueteando con su piedrecilla favorita entre los dedos cuando levantó de golpe la cabeza, al mismo tiempo que el muchacho jadeante se detenía a su lado. Había girado el viento con un crujido y un susurro. Oía mejor las voces de la gran plaza. Y olía ahora lo peor que un maestro de obras puede oler. Humo. Fuego.

-El maestro Esteban te llama.
-Respira, zagal. He de cerrar la puerta.
-Date prisa.

Se dio demasiada prisa. La piedra se le escurrió, rebotó sobre los cantos mientras él metía la llave en el engranaje y oía correr el hierro en sus pasadores. El niño le mostró dos pedazos negros en la palma de la mano.

-Lo siento.
-No ha sido culpa tuya. Quédate con uno. Dicen que da suerte, y puede que hoy necesitemos mucha.


Esteban parecía a punto de estallar. Nadie se entendía entre los gritos de los compañeros de los gremios, los de los burgueses apedreando las puertas del palacio del obispo Gelmírez, la huida de las gentes del mercado, las amenazas sofocadas de la guardia de la reina Urraca y las noticias contradictorias que cambiaban como el viento mismo.

-No te separes de mí, Juan. Te pisotearán sin remedio.
-El maestro Esteban quería ajustar cuentas con el de los carpinteros por no haber quitado los andamios altos.
-Ajustando cuentas no se apaga un fuego. Y el maestro carpintero hizo lo que debía hacer, esperar a que todo estuviera seco y asentado.


Todavía podía tener remedio, si dejaban de gritar y hacían algo más que blasfemar en diez lenguas y darse de puñetazos. No lo tuvo. La reina, el obispo y la guardia huyeron a través del claustro hasta la torre de campanas y se encerraron dentro. Por los ventanales llovieron saetas. Abandonado el palacio entraron en él con fuego, unos apoderándose de cuanto valía algo y estaba ante sus ojos, y otros incendiando. Huían también peregrinos: lloraban como si se acabara el mundo, como si esperaran el castigo de los cielos. Al humo se desbandaron los animales que en el mercado iban a ser vendidos o comprados, arrollando a su paso a cuantos no encontraron cobijo. 

Cuando los compañeros entraron en razón, o comprendieron el peligro en que se hallaba la obra, era imposible hacer una cadena de hombres y cubos que llegara hasta la gran fuente de la plaza. Entonces le arrancaron al niño agarrado a su mandil, lo levantaron como paja y se lo llevaron de mano en mano hacia la torre que seguía ardiendo. Cogió el grueso bordón de un peregrino. Con él entre las manos se fue abriendo paso primero a palos, hasta que el sonido del bastón girando bastó para que se apartaran. Tarde. Con gran orgullo, guiñando los ojos, un hombre le dijo que el pequeño sí cabía a través de un estrecho hueco en la base de la torre, y que le habían dado una vez entró dos buenas antorchas para que hiciera bajar al obispo, a la reina, a la guardia y al mismo Santiago que está en los cielos como se sacan las liebres de la hura, con fuego.

Era posible que el muchacho obedeciera. O no. Había fuego suficiente para todos a medida que madera y techados de paja seguían ardiendo y el viento llevaba las pavesas de un lado a otro. Lo seguro era que buscaría una salida. Por los tejados del claustro y no hacia el palacio, también incendiado. Un chico listo encontraría por dónde descolgarse. Mientras avanzaba de nuevo vio entre el humo a la reina Urraca, sin su guardia. Si había salido así, medio desnuda, con los ojos rojos, la torre ardía muy en serio. Vio como la zarandeaban, le escupían, le gritaban y le arrancaban los jirones de las ropas. También vio a una vieja que clamaba venganza. La reina fue empujada al albañal y cayó de bruces en la porquería. Entonces la vieja cogió una piedra y se le echó encima dispuesta a matarla. Un burgués le detuvo la mano, y mientras la mujer arrugada se defendía y lo llenaba de maldiciones, él interpuso el bordón y gritó que nadie osara llegar a más, que hicieran sitio y dejaran que saliera la señora Urraca. La miró un instante y continuó su camino, de nuevo a bastonazos. De Gelmírez, ni rastro.

Todavía quedaban resplandores y humo en el cielo cuando cayó la noche. El cuerpo superior de la torre norte, apoyada en parte en el muro de los andamios, había cedido. Las campanas se desplomaron sobre la plaza, causando muertos y heridos antes de quebrarse. A la guardia se la daba por aplastada o huida. Tampoco había seña de la reina. Y con antorchas, armas o aperos de labranza bien afilados en las manos se buscaba casa por casa, en cada rincón o ruina quemada, al obispo.

El desastre del mercado le sirvió para aprovisionarse de comida. Había recogido a Juan en el tejado del claustro, sin herida alguna. Cerró la puerta de la casa vacía. Nadie había entrado, todo lo suyo seguía colgado en los clavos dentro del tiro de la chimenea.

-Me voy ahora mismo. ¿Quieres que te acompañe a la obra? Ya has tenido bastante por hoy.
-No. Yo también me voy. No seré un estorbo.

No era momento de hablar. El hombre no dijo nada. Se quitó el mandil, cargó con las bolsas de cuero y sopesó el bordón de roble. Luego cerró de nuevo y fueron hasta la cercana calle de los azabacheros, donde tardaron mucho en abrirles. Entregó la llave al comprador considerando cumplido el pacto y la venta.

Cuando la reina Urraca sitió Santiago y entró en ella dispuesta a hacer justicia y tomar revancha, el niño que quemó la torre y el hombre de bordón eran ya sólo palabras. Ninguno tenía nombre. Ni rostro.



Bibliografía conjunta.





Las revueltas compostelanas del siglo XII.


Rebeliones en Santiago de Compostela.

El incendio de Compostela de 1117.

López Ferreiro, A.: Historia de la Santa Iglesia de Santiago de Compostela



Imagen: Wikimedia Commons. 

21 comentarios:

  1. Lo fue, Merit. Los detalles están sacados de la Crónica Compostelana. Quien la ordenó escribir y la supervisó, el obispo Gelmírez, sale en ella muy bien parado (¿qué cabría esperar?) pero hay bastantes cosas que suenan ciertas: la plaza repleta, los animales del mercado, el niño al que hicieron entrar por un agujero de la torre, el incendio, el desplome del cuerpo de campanas y los muertos...incluso la anciana que quiso matar a Urraca con una piedra (y de dejó para siempre una cicatriz en la mejilla).

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  2. Guau, no tenía idea de que rebeliones de tanta magnitud pudieran haber tenido lugar con una consecuencia tan grave como el incendio de la catedral de Santiago. La represión hubo de ser enorme, me temo.
    Un saludo

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    1. Saludos, Carmen. La rebelión más 'famosa' (más cercana, con mayor documentación) es la de los Irmandiños...pero a Gelmírez ya era la segunda vez que le quemaban el palacio cuando el incendio de 1117. La reina Urraca sitió Compostela, Gelmírez fulminó contra ella la excomunión canónica, y al final la ciudad capituló. Les costó caro, aunque no cambiaron de opinión. Si quieres saber más, te recomiendo "Las revueltas compostelanas del siglo XII", un artículo de 17 páginas que puedes leer en https://dspace.usc.es/bitstream/10347/4814/1/pg_089-106_semata1.pdf

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  3. Que los multaron, les hicieron pagar los destrozos...a los más significativos los desterraron (lo que significaba incautarles antes todos sus bienes, muebles e inmuebles), y les dijeron que se podían dar por felices con que les levantaran la excomunión y no hubieran rodado cabezas. Lo que pasa siempre, Andrés. Eso sí, ahí no acabaron las revueltas, hubo más.

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  4. No hay de qué, Alodia. Me alegra que te haya gustado.

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  5. Tenía mi idea antes de escribir esa parte del relato. Sobre el joven Juan, y sobre e maestro de obras sin obra propia, siendo el 'segundo' del gran maestro Esteban (quien existió). Será cosa de contarlo ¬¬

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  6. Hasta calor me ha dado. Como si hubiera estado allí.

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  7. Eso es señal de que te ha enganchado XDDD

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  8. Un relato histórico. Me gusta muchísimo.

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  9. A Noia van esos, me lo apuesto. Fascinante.

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