martes, 17 de diciembre de 2013

Un jardín entre líneas (II)



La policía decidió que no había mucho más que ver por lo que hizo más grande el perímetro de seguridad, y allí  sólo quedaron ellos y los bomberos.

Era mediodía cuando llegó al parque, se sentó en un banco, sacó el libro y se puso a no leer, mientras intentaba descifrar lo que él le había contado en su cita.

Habían hablado de cosas intrascendentes durante la cena, hasta los postres y los cafés. Ya entonces eran viejos amigos. Acabada la cena, hubiera tomado la primera y última copa en su casa, pero contrariamente pasearon media noche por la ciudad y sus lugares favoritos. Él le había resumido su historia: profeta en tierra extraña, había dado clase en varias universidades europeas, se especializó en historia antigua y medieval,  uno de sus hobbies era el arte del perfume por lo menos ante los más ortodoxos. Amante de los libros, cuanto más antiguos y extraños, mejor.

Cuando él habló de libros y perfumes pensó en alquimia y en las historias que había leído sobre los que se habían iniciado en aquella senda. Acaso  sería uno de ellos…

Levantó la vista de la página que no había ni siquiera mirado. Sintió hambre y pensó en comer algo, sus pasos le acabaron llevando al lugar donde habían cenado. Se sentó y pidió, todavía no se creía lo que  sus ojos habían visto. Cuando se dispuso a pagar, la camarera que la había reconocido le acercó la cartera de su “compañero”. Al parecer se le había caído al salir del restaurante. Ella le dio las gracias, la abrió y lo primero que hizo fue buscar su dirección. Si estaba aún con vida la única manera de saberlo era visitarlo.

No quedaba demasiado lejos. Guardó la cartera en su bolsillo, ya se imaginaba los consejos de las tres terapeutas que tenía como amigas. Decidió no contarles nada, sería una pérdida de tiempo.

El  portal estaba abierto y no parecía haber moros en la costa. Subió las escaleras, todavía a nadie se le había ocurrido acercarse a la casa.
Se dispuso a llamar al timbre pero entonces se dio cuenta de que la puerta estaba abierta. Echó de menos su paraguas, sacó el pañuelo y abrió la puerta.

Caminó despacio y casi a tientas, ya que las persianas estaban bajadas. Cerró la puerta tras de sí y avanzó hacia lo que pensó era el salón. Olía a sangre humana, y de eso sabía ya que su padre, al que sus amigos apodaban el carnicero, era cirujano y de niña había visitado hasta el último rincón de los quirófanos.

-      Torres, sé que está aquí, Soy Rivera. Le traigo su cartera, se la dejó la otra noche en el restaurante. No es por meterle prisa, pero posiblemente en un rato tenga aquí algunos amigos queriéndole hacer preguntas.

Se encendió una luz y lo vio sentado sobre varias toallas en el sofá. Diez minutos después salía del portal y cogió un taxi que la acerco a unos grandes almacenes y allí se reunió con sus psicólogas particulares con las que pasó toda la tarde.


Al día siguiente los periódicos hablaban de la desaparición del Profesor Hugo Torres. Nadie supo nada más de él, mientras que Diana Rivera acabó en tiempo récord su tesis y un mes después, al igual que su amigo, desapareció para todos sus conocidos. 



Fuente Imagen: Wikimedia commons articulo libro user: Docu, licencia la misma que en wikimedian commons. 

6 comentarios:

  1. buena pregunta :) tocara esperar como en las buenas historias.

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  2. Yo como el eco. ¿Y que pasó luego?

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  3. y yo como quien contesta al viento, espera un poco mas que lo bueno a veces tarda en llegar.

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