domingo, 1 de diciembre de 2013

Los hijos de Anup.



En el segundo año de reinado, el primer mes de la estación Peret, el día 24 bajo la majestad del rey del Alto y Bajo Egipto Jeperjeperura Ay.


El sol se ponía. Bajo las primeras sombras un siseo recorrió los campos de sur a norte, rozando los brotes verdes de la cebada. Más arriba de los campos negros el viento araba la arena y devoraba poco a poco los acantilados resecos.

Lejos se encendían hogueras. Entre la sombra del valle, niebla morada volviéndose blanca, hacía frío. El cielo pasó de azul a negro. Las estrellas despertaron, y en las cárcavas se alzó el eco de los aullidos de los chacales.

El oficial en jefe echó suertes. Le tocó la ronda a tres veteranos curtidos, de modo que faltaba uno. Se hizo leer la lista. Dos enfermos de fiebres, otro con una pierna hinchada por mordedura de escorpión. Rebajados de servicio. Mierda de asno, pensó, mientras tocaba su amuleto y echaba una ojeada a los barracones. Olía bien: a cebollas, a pan, a carne y lentejas, a cerveza. Llamó al cocinero. Si alguien sabe algo en un puesto de guardia, siempre es el cocinero. Bebieron juntos una jarra mientras los veteranos afilaban sus armas y se abrigaban contra el relente.

-Me falta uno.
-Coge a Khakub el arquero. Los otros tres ya no ven nada. Han visto lo mismo durante demasiadas crecidas.
-¿No es el joven del que dicen que no es egipcio?
-Si el rey dios lo alistó, él sabrá. Y si sus padres están enterrados en Egipto, será egipcio vinieran de donde vinieran hace mucho. Lleva el oro del valor como soldado reconocido. Y les dará mala noche a los veteranos presuntuosos.
-No quiero peleas.
-Tú verás, señor. Con lo que te han enviado las suertes tal vez roben un par de tumbas durante la guardia, y no tendrás peleas, sino un pleito. Si el año próximo no has subido de rango tu mujer te matará, con toda razón.
-No te lo he contado todo.
-Por eso eres oficial. Espera. Sírvete de ese caldero y pon otras dos jarras, yo lo arreglo mientras.
-¿De qué caldero?
-De ese. Y de aquella ánfora. De donde come y bebe quien cocina, que soy yo. Ahora vuelvo.

El cocinero entró en el barracón de guardia con su espetón como un cetro. Nombró a los veteranos llamados, y se congració con ellos dando a cada uno una buena jarra. Luego llamó a voces a Khakub, y en tono justo pero más áspero le ordenó de parte del jefe  prepararse, le tendió un cuenco de lentejas y lo amenazó de muerte si osaba beber una gota. Y mientras todos murmuraban envió a un mozo al campamento de las putas, porque el cocinero nunca decía amigas ni acompañantes, a que trajera también a cierta mujer apodada Naricilla, que cobraba un sueldo como rastreadora. Se dio la vuelta y los dejó a todos comadreando.

El oficial jefe había empezado su carrera militar afilando armas, no era un hombre estirado. Rebañaba su cuenco y había servido las jarras sin darle importancia. Al cocinero le caía bien. Era justo, listo sin demostrarlo y capaz de escuchar.

-Ya está arreglado. Va Naricilla, lo mejor de toda tu tropa. Es luna negra, se verá poco esta noche. Y la estrella del Perro pone a la gente nerviosa, tus veteranos han necesitado un poco de cerveza de más.

-Buena noche para los ladrones.
-Todas lo son. Buena noche para los hechiceros. Más temen los ladrones a las brujas que a los soldados.
-Pues deja cerveza para ellas –bromeó- si tan bien nos sirven.
-Ya lo he hecho.

Los tres veteranos pusieron delante a Naricilla, la rastreadora. Tras ella el arquero, y ellos en triángulo cerrando la marcha. Apenas se oían sus pies sobre la tierra del camino, apelmazada por años de patrullas y cargas. El viento se calmó un rato. Muy lejos vieron el resplandor de un fuego que nadie ocultaba. Pastores en alguna majada. Y cuando tal vez habían avanzado dos mil codos largos el viento cambió y vino de poniente, frío a la altura de los pies, levantando polvo. Naricilla se echó al suelo, olfateando el hálito lejano. Uno de los veteranos bromeó, aunque había inquietud en su broma.

-¿Ya sabes qué es aquel rebaño del fuego, tan lejos?
-No, porque el viento no viene del norte. Pero sé que son cabras, o una guarnición de soldados. Sin olerlos.
-Cuida esa lengua.
-Cuídate el casco, que es del rey. Debajo poco tienes. ¿A quién seguimos? –se levantó- Hay ladrones y hechiceros, tú dirás.
-¿Cuántos ladrones?
-Dos asnos, una luz tapada. Por ahí. El viento ha traído el olor del sebo, de la pantalla de cuero y de los excrementos de las bestias. Saben lo que hacen, han elegido buena noche. Nunca son muchos.
-¿Estás segura?
-De lo que huelo, sí.
-¿Y los hechiceros?
-Un poco más adelante. A pie. Sin luces ocultas.

El veterano carraspeó.
-El viento baja y trae olor, eso lo creo. Pero si los hechiceros están delante no puedes olerlos, Naricilla. Por ahí la calzada se acerca al Nilo.
-Así es. Se separa en tres caminos: éste, el de cargas pesadas para subir piedras y uno que baja de la montaña. Se hace estrecha junto a un muro muy viejo y muy alto, en ruinas. El viento no puede pasar el muro. Vuelve.
-Por el dios de mi pueblo, el Viejo Alfarero, que mereces el cobre que ganas –el veterano rebosaba asombro- Mi amigo Ity y yo sobramos contra los ladrones, y la recompensa la compartiremos. Tú, Djed, vete con Naricilla y el arquero. Un hechicero puede ser muchas cosas, hasta un espía extranjero. Vamos, deprisa.

Djed parecía una estatua viviente de las que salen de los cinceles de los mejores artesanos. Veterano con menos de treinta años, tenía muchos apodos. El afortunado, porque jamás fue herido y ninguna marca afeaba su cuerpo. La abubilla, que de todo se entera y caga a quien se acerca a su nido. La dama, porque se sabía hermoso y sacaba cuanto beneficio podía de su apostura. Y el elefante nubio, por razones que solían omitirse. Sólo las decía el cocinero, zumbón: ‘un día que se levante contento se caerá de boca y lo llamarán Djed el Cavapozos’. El cocinero sabía mucho de lo que decían las putas. Los demás se callaban, por prudencia o por envidia. El oficial en jefe solía sacar el látigo cuando los hombres se desmadraban, y dejarlo caer jurando por el dios de su pueblo que todos ellos eran de la bandera de Ptah, y que si no se honra la bandera no se es soldado. Vivían bien. Cada cosa en su límite, como las crecidas del Nilo. Los latigazos entraban en una inundación excesiva. Y los beneficios, que eran muchos, en una crecida generosa.

Siguieron la calzada en silencio. Como no podían verse apenas, Djed tanteó hasta asir a ambos de los brazos para acercarse mucho y poder susurrarles al oído.

-Si no son espías, ¿Qué hacen hechiceros en ese cruce de caminos?
-Honrar a los dioses –dijo Naricilla-
-¿A dioses extranjeros, para maldecir al rey dios y a Egipto?
-Eso no lo oigo, veterano. Lo sabremos cuando demos con ellos.
-Sería mejor matarlos. Puede hacerlo el arquero. Luego diremos lo que convenga.
-Si son espías y llevan encima algo que lo demuestre sin dudas –susurró Khakub- O si son hechiceros y tienen maldiciones escritas, o si tú mismo sabes escribir y haces aparecer una caja de escriba y luz para falsificar. Si no, habrás asesinado a egipcios sin ningún motivo.
-Muy listo te crees para ser sólo un mozo que nunca mata cara a cara, arquero.
-Muy necio eres, veterano, para estar tan cerca de quien lleva flechas emponzoñadas. Una en la mano, porque no me fío de ti. Diremos que te mató un escorpión si no atiendes a razones.
-Un extranjero y una puta. Buena compañía. No os temo. Vamos, estarán cerca.

Estaban cerca. Un viejo miserable, con polvo de cebada en la ropa que lo cubría, en las manos y el rostro. Blanco. Un  siervo de molino ya sin fuerzas, pensó Djed. Y una anciana, tal vez su esposa, con un bulto entre los brazos. No podía ver con claridad. Entonces la vieja se agachó y encendió una hoguera. Vieron el cruce de los tres caminos. El alto muro en ruinas ocultaba el resplandor del fuego. Parpadearon como lechuzas deslumbradas. Luego la imagen se les hizo nítida.

El viejo cubierto de blanca harina de cebada se apoyaba en un cayado. La mujer llevaba una azada. El bulto era un fardo muy pequeño y bien envuelto, la momia de una criatura. Lino limpio y caro. Djed compuso un gesto conciliador.

-Paz –les dijo- Somos la patrulla de noche, buena gente. Lamentamos vuestro duelo. Sois pobres, pero habéis gastado para que vuestro nieto viva para siempre en los campos de Osiris. Supongo que no podéis pagar una tumba y vais a enterrarlo aquí, cerca de los bienaventurados, en la tierra de Egipto. Eso no debe hacerse, pero no hemos visto nada.

No le respondieron. El veterano calculó que no les quedaba ni un cobre para comprar su silencio. Una hora perdida de la que no sacarían nada. Mejor volver.

El resto duró lo que el paso de una estrella fugaz. La luz de la hoguera y la noche negra hacían ver el movimiento al mismo tiempo lento y rápido, irreal. El anciano se irguió, su cayado golpeó a Djed en mitad del pecho y lo hizo caer de rodillas. La vieja ya estaba en su espalda. Lo degolló con una hoz de sílex. Ni un sonido. Ni un grito. Naricilla cogió la hoz. Lo castró de un solo tajo. Y los ojos de los tres, brillantes como piedras de basalto, miraron a Khakub.

-Podemos golpearte y avivar la hoguera –dijo el hombre- Tus compañeros te verán y te encontrarán sin flechas, sin sentido, inocente. También puedes ayudarnos. O podemos matarte. Elige deprisa.

-Recordaré, y nunca seré inocente. He visto un asesinato.
-Has visto un juicio y una ejecución.
-Aunque eso sea cierto, no tengo a donde ir.
-El Nilo es muy largo y el mundo más grande que el Nilo. Naricilla dice que eres un buen hombre, un extranjero.
-Soy egipcio.
-Eres uno que ya sabe demasiado. No quieres ser mentiroso, eso reduce tus opciones. Un egipcio muerto o un extranjero vivo.

Había un esquife oculto entre los juncos en la orilla del río, bien aprovisionado. Khakub había nacido en el Delta, junto al Gran Verde. A la sombra de los Muros del Rey, allí  donde comienzan los Caminos de Horus. Lo último que vio mientras aproaba el bote hacia la corriente tardó mucho tiempo en desaparecer. Una hoguera alta de llamas azules, y las sombras trotadoras de los chacales, los hijos de Anup.

La lengua de los egipcios es larga como el Nilo, y  nada queda tan oculto que no acabe sabiéndose desde las fortalezas de las cataratas hasta el Delta. El mismo rey dios ordenó un informe y una investigación. Todo se puso por escrito con sus sellos, y a algunos les supuso buena fortuna. Los puestos de guardia del valle se reforzaron. El caso de los hechiceros causó un miedo saludable a los ladrones, al menos por algún tiempo. La versión escrita de los hechos fue que uno o varios nigromantes poderosos e impíos, tal vez a sueldo de jefes extranjeros, deseaban profanar tumbas reales y espiar cuanto pudieran. La rastreadora y dos valientes de la patrulla, Djed y Khakub, de la bandera de Ptah, les hicieron frente. Los hechiceros invocaron una manada de chacales que destrozaron de tal modo a los tres como para que fuera imposible reconocerlos salvo por jirones de ropa y por sus armas. El emisario del rey dios ordenó buscar y reunir los escasos despojos, y los sacerdotes se ocuparon de ellos para que pudieran vivir en los campos de Osiris. El mismo nomarca costeó una tumba común y puso el dinero de las ofrendas. Tuvieron un entierro digno de su valor, con toda su bandera y las gentes de los pueblos cercanos acompañándolos.


En el quinto año de reinado, el segundo mes de la estación Shemu, el día 13 bajo la majestad del rey del Alto y Bajo Egipto Setepenra Horemheb.


Habían dejado atrás la antigua Morada de Osiris, y navegaban por el brazo este del río hacia Tamiat, la ciudad que se asoma al Gran Verde. Cuando el sol llegó a su cénit tocaron los largos muelles, ocupados ya por una disciplinada multitud de estibadores. Había sido un viaje tranquilo, y los dos estaban satisfechos. La suerte cambió para ambos siete años atrás gracias al  sonado Caso de los Hechiceros. Intef era ahora General. Cuando se descargara la nave de suministros y todas las diligencias e informes estuvieran en su poder volvería remontando el Nilo hasta Tebas. El rey dios Horemheb, que había sido soldado antes de sentarse en el trono de Señor de las Dos Tierras, se había interesado personalmente por él. Por los hechiceros, quizá, pero mucho más por la posibilidad de que bajo ese disfraz existiera una red organizada de espías profesionales. Había muchos espías en Egipto, muchas conjuras y amenazas que rechazar. Intef y el cocinero Basa, cuyos informes fueron exhaustivos, minuciosos, sensatos y poco dados a hablar de magia atrajeron la atención primero del nomarca, luego del visir, y por último la del propio rey dios. Estaban satisfechos. Basa se había licenciado con honores y con buen dinero para invertir en sus deseos. Intef fue nombrado segundo tutor militar de los hijos del rey, un cargo que ni su mujer hubiera soñado nunca. Vivirían en Tebas, en el Palacio Real. La desgracia de unos es la fortuna de otros.

Basa se había pasado la vida escuchando las noticias de los muchos viajeros que acudían a Tebas. Como el resto de la tropa aprovechaba sus días libres para ir a la gran ciudad, pero prefería deambular por los muelles, las posadas y tabernas en las que se instalaban comerciantes y gentes de mundo. Vivía bien en los puestos de guardia fronterizos, donde la información era valiosa y donde podían hacerse muchos negocios pequeños y discretos a poco que se fuera listo, ambicioso con medida, inquieto y conocedor de los bordes de las leyes que no pueden traspasarse. También era una vida monótona. Aburrida. Le gustaban las multitudes, el ruido, las voces de la gente atareada, los mercados, las risas. Le gustaba cocinar, organizar, disfrutar de los detalles y que lo apreciaran por sus guisos y sus buenas dotes. Eso es lo que había decidido. Elegir una ciudad activa, discreta pero bulliciosa, y buscar un socio inteligente con gustos semejantes a los suyos, experiencia y clientela. Alguien que tuviera una buena taberna o un buen puesto de comidas limpio, respetable y con futuro. Basa podía hacer el resto, y los dos obtener buenas ganancias del negocio.

Recorrió sin prisa la parte de la ciudad que más podía interesarle. Había dinero en ella, saltaba a la vista. Calles bien barridas y regadas, pozos cuidados, numerosas tiendas con género fresco. Bullicio. Tabernas, casas de putas encaladas con árboles en sus patios y ropa muy limpia tendida. Había sacamuelas, botica, hasta un médico y varios escribanos callejeros. Sacerdotes modestos pero dignos. La gente parecía satisfecha y saludable, los niños jugaban en las calles, las mujeres eran bonitas. Trabajaban, otro augurio de prosperidad. Disponían en cestas recién tejidas pescado seco y salado, formando círculos apretados agradables a la vista. Otras pintaban platos y ollas mientras un par de esclavas hacían la mezcla de arcilla. Observó el pequeño alfar con su horno, la cerámica  de uso diario y la de encargo, los colores, los dibujos y el brillo. Cada dos casas había un estrecho huerto bien cuidado y aprovechado. Tras años de desiertos aquello era como los campos de Osiris. Vio también a las que reparaban redes de pesca, y a las que anudaban cántaros en sirgas para pescar el pulpo, el que vive en el Gran Verde y no en el Nilo ni en los lagos. Miraba una por una casas y tabernas, sonriendo. Había hecho bien yendo al templo y pagando a un sacerdote para que ofreciera sus oraciones a Isis, que pasó por allí mientras buscaba el cuerpo despedazado de su esposo.

Tras el siguiente pozo vio lo que había estado esperando toda la vida, tan claramente como en uno de esos sueños que a veces los dioses envían. Una taberna aislada, con su gran patio y su huerto. Con suficiente espacio como para comprarlo y adosarle su posada. Y entonces, como en los sueños que a veces envían los dioses, su destino cambió igual que gira la rueda de un carro.

Ya se había puesto el sol cuando lo introdujeron como invitado honorable en los aposentos del general Intef, tras los altos muros bien custodiados de la fortaleza de Tamiat. La cena no mereció los elogios de Basa, tampoco su reprobación. Se quedaron solos con buena cerveza, eso sí, y sólo entonces Intef miró sin cortesías a su amigo.

-¿Has visto la marca de las pezuñas de onagro del malvado Set, o la ciudad no era lo que esperabas?
-Estoy pensando.
-¿Durante toda una cena? El cocinero es joven, ya aprenderá más de su oficio.
-Si es joven es razonablemente bueno. Bastante bueno.
-Vamos, Basa. Cuéntamelo.

Lo meditó durante una jarra más. Ninguna de las dos opciones era buena, de modo que tanto daba. Empezó por la taberna y la señora a la que creyó la dueña. La que cantaba una canción que le había puesto la carne de gallina. Una señora de mediana edad, guapa, bien conservada y de muy buen ver. La madre de la propietaria. Había una niña de unos seis años, bien educada y discreta. Y dos esclavas atareadas con rostro alegre y sin marcas de golpes. Un buen comienzo para tratar de futuro y de negocios.

De un modo vago el rostro de la mujer le era familiar, aunque no le dio importancia. Había visto tantas tabernas y tantos rostros que alguno tenía que parecerse a otro. Mientras apreciaba la calidad de la cerveza, al parecer debida a la dulzura del agua de los pozos, entraron dos esclavas más. Casa próspera, había pensado, y mujeres listas de buen sentido. Venían del horno del alfar, pero no traían ollas ni platos, sino figurillas de dioses para ser pintadas. Los marinos son piadosos, enfrentan muchos peligros. Serían encargos, no baratos pero tampoco tan caros como para no poder ser pagados. Excelente idea si se tiene mano artesana. Él mismo hubiera comprado una, si le complacía el acabado final, para dejarla en el templo de Isis.

La dueña, que al parecer era también la artesana, llegó con su marido. Y entonces Basa vio el rostro de la madre tan nítido como el sol que bajaba a media tarde. Balaat, la partera de la casa de putas de Tebas oeste, la hierbera, la bruja. Y vio a Naricilla, cuyo nombre era Merit y al hombre que parecía un patrón de barcos de pesca, Khakub el arquero. Demasiados muertos para un solo trago de su segunda jarra. Maldijo en silencio su suerte y en voz alta carraspeó un poco, sacudiendo la cabeza.

-¿Era el primer trago de la segunda jarra? –Intef lo miraba, entre atónito y preocupado- A veces beber agua de pozos nuevos, por buena que sea, causa extraños efectos.
-Sí, causa diarrea. Pero nadie se ha emborrachado con agua en Egipto, general, no jodas. Tan vivos como tú y yo. Déjame seguir el cuento.

Cuando se destapan los dados ya no hay nada que hacer. Basa estaba seguro de que si no escuchaba a sus anfitriones acabaría en el Nilo, y su muerte se escribiría como la de un hombre acomodado al que asaltaron y mataron marinos extranjeros. O acabaría en una artesa cubierto de sal como el pescado, o con una piedra atada a los pies midiendo el Gran Verde del que dicen que no tiene fondo. No le gustaba la idea. Ni tampoco ver vivos a quienes tenía por muertos, ni por falsos los informes que habían labrado su fortuna llegando hasta las manos del rey dios. Prefería saber. Tampoco había ninguna otra opción.

Recordaba bien a Djed, aquel guapo fanfarrón de muchos apodos. No había nacido con los pies en el barro, pero su padre lo envió con una recomendación a la milicia tras haberse asegurado de que no había otra forma de enmendarlo. Llegó el mozo con cobre en la bolsa, muchas ínfulas y muchas ambiciones. Se fue haciendo su lugar en la tropa a base de trucos y encantos. En principio pareció amigable con la partera Balaat, que ejercía de Madre, o de gobernanta, de la casa de putas. Djed siempre apuntaba alto a la hora de buscar amistades y favores.

Basa imaginó, mientras escuchaba cada vez con mayor atención, que Djed jamás supo que hay muros que no pueden escalarse, ni rodearse, ni derribar, sin convocar el castigo y la venganza. El padre de Naricilla –aunque no marido de Balaat- servía como soldado y rastreador desde hacía más de diez años. Le negó el acceso a su hija, y un día fue acusado de guiar a ladrones de tumbas. Fue azotado y enviado a las minas de cobre del Sinaí. Balaat abandonó la guarnición y trató de huir con su hija. Naricilla, o Merit, fue capturada. Reclamada como experta guía. Era entonces casi una niña, e Intef sacó su látigo y castigó a Djed. Porque sospechaba de él y de sus trucos, no del soldado al que había hecho caer, y porque la hija de un soldado es responsabilidad directa del oficial en jefe hasta que sea una mujer.

Ese fue el plazo. Cuando Merit cumplió trece crecidas Djed esperaba. Acabó en la casa de putas, manteniendo un puesto de rastreadora ocasional. Ni el mismo Basa sabía que más había pasado, pero no era muy difícil imaginarlo.

Entonces le contaron el desenlace. El padre de Naricilla volvió de las minas. Lo echaron de allí. La dureza del trabajo de esclavo y vivir hacinado con prisioneros cananeos hicieron que se contagiara de las bubas de Jonsu, la maldición que vuelve blanca la carne y la pudre en vida, esa que ni los dioses sanan.  Balaat seguía cerca del acuartelamiento, como consejera, partera y sanadora de las tribus que pastorean en las majadas, los que viven en tiendas y no en casas. Sabían que rondaban ladrones, como siempre rondan, e hicieron correr rumores ciertos. Naricilla fue en la batida. Y Djed, que no desaprovechaba ocasión de ganar mérito ni de escamotear parte del botín. Nunca desearon hacer daño a nadie salvo a Djed mismo, al que ya habían juzgado y condenado. El segundo hombre despedazado era el padre de Merit, sin razón para prolongar su maldición una vez consumada la venganza justa. Y los chacales obedecían a Balaat. Porque había convivido con ellos y los conocía bien, porque de veras fuera una sacerdotisa de Osiris y sus hijos, o porque el Dios que juzga a los muertos no perdona. Ese era el cuento. El de verdad.

Intef asintió.
-También había espías y conjuras contra el rey dios Ay por entonces.
-Las había. Por eso ahora su majestad Horemheb prepara la guerra.
-A nadie dañaron, Basa, como has dicho.
-A Djed.
-Eso fue lo que me has contado. Un juicio y una ejecución. ¿De quién era la momia que enterramos con los demás restos?
-De la hija que Djed le hizo a Naricilla la noche en que dejó de estar protegida en el cuartel.
-Quede así, entonces. Nunca repetiré nada de ese cuento.
-Ni yo tampoco. Voy a ser socio de esa próspera familia. Y, a la extraña manera de los dioses, puede que Isis me haya conducido a un buen camino.
-La próxima vez que venga a Tamiat espero ser tu invitado. Luego podré hablar maravillas de vuestro negocio en Tebas, y aumentará la clientela.
-Te lo agradeceré mucho, Intef.
-Sólo una cosa más. ¿Qué canción te puso la carne de gallina, qué cantaba la señora Balaat?


“Concede esto a los hijos de Anup:
aullar contigo, reina Isis,
sobre los miembros despedazados
del injusto.

Volveremos a través del Sana,
desde la leal tierra de los chacales
Para hartarnos con su carne.”



(El poema es parte, modificada, del titulado 'Solicitud de los hijos de Anup a Isis', incluido en la obra de Robert Graves 'La diosa blanca')

21 comentarios:

  1. Me lo he quedado pensando. Y me ha gustado mucho, muy bien ambientado.

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  2. ¿Quieres creer que me ha dado miedo? Primero porque lo leo y todo me parece muy cercano y muy normal. Pero debajo hay cosas que asustan. La canción, los chacales, la buena y la mala suerte, la venganza, la brujeria.

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  3. Tienes razón. Yo quería que quien lo leyera se sintiera 'como en casa', y a la vez que le envolviera un miedo racional e irrazonable. Has sido muy amable comentándolo, gracias por leerlo.

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  4. Pensando como ha dicho Merit por que me parece tan normal tal de todos los dias. No debería.

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  5. Supongo que era lo normal...hace un tiempecillo.

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  6. Los detalles me han atrapado. He leído varios de tus relatos y creo que siempre envuelves muy bien el paquete. Enhorabuena.

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  7. Gracias, Chelo. Tomo como un cumplido lo de envolver bien el paquete. O la momia XDD

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  8. Gracias, Ari. Me alegra que te haya gustado.

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  9. Me recuerda a las peliculas de egipcios que ponian en Semana Santa. Y la historia esta muy bien hilada, es justa.

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  10. Me alegra mucho que te haga gustado, Presentación. Y que te recuerde a las películas de 'egipcios'.

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  11. Gracias, Andrés...¿También te gustan las de egipcios? XD

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  12. Por un rato he vivido en el Egipto del alba de la dinastía XVIII. Supongo que no hay más que decir.

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  13. Ahora me lo he leído. Joer, que bueno es.

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