lunes, 11 de noviembre de 2013

Caminos de Santiago: Pasó por tu puerta...



Cuando al subir y bajar el Alto del Perdón su mítica fuente está seca, puedes decir que llevas un día de perros. Largo, rompesuelas, de viento mil veces cambiante. Y la sed, el peor enemigo, encendiéndote las sienes como un faro de alarma. Si además de eso bajas hacia una extraña neblina de media tarde, el humor no mejora mucho. Neblina porque es un valle como una artesa, una rastrojera que sisea amenazante ya recogidos los trigos y las balas de paja. Parece el batir de muchas alas a ras de suelo, un crujido reseco que recorre la llanura. ¿Es calima, o es la niebla que brota de lugares húmedos tras su quebrada corteza ocre, o acaso es humo, lo que faltaba? 

Calurosa no es la niebla, porque sobre ella no vibra ni ondula el aire creando espejismos remotos. Bajando sales de dudas, aunque la pregunta carece de respuesta: es aire fresco, inusualmente fresco, blanco grisáceo y pesado, que difumina los contornos y se pega al suelo mientras el soplo caluroso sigue flotando sobre él. Recuerdas esas veces en el mar, cuando nadas y percibes corrientes frías y calientes casi al unísono. Maldito día de polvo, y ahora seguro que se me enfría el sudor encima, se me mojan las botas, se me empapan los pies, y sin la menor duda encuentro lo que voy buscando cerrado a piedra y lodo mientras estornudo y me paso la manga (el brazo, va a ser) por las narices, que ya se me acabaron los pañuelos de papel.

Me estaba comportando como un agorero molido. Hombre de poca fe. Lo que buscaba estaba ahí abajo, en donde había estado durante los últimos ochocientos años. Pero en la luz que precede al ocaso parecía brotar de la misma niebla, quieta y escondida, camuflándose entre el color dorado oscuro de las rastrojeras. Firme y achatada, objeto de muchas páginas y no menos especulaciones, Nuestra Señora de las Cien Puertas empezaba a marcar una larga sombra hacia levante, como la que proyectaría un indiferente reloj de sol. Había esperado muchos años para llegar hasta Muruzábal. Desde que por primera vez deseé pisar aquel lugar hasta el momento en que me acercaba a él, un cuarto de siglo. A veces esas cosas pesan, y sólo te das cuenta de ello cuando llegas a ver lo tantas veces deseado y soñado.

Que iba a estar cerrada a piedra y lodo lo daba yo por cantado. Incluso esa piedra en la que puede leerse: "…y desde aquí, todos los caminos se hacen uno" se ha colocado en otro lugar. A veces, también, recuperas la fe de golpe y estás por pellizcarte a ver si deliras, o es cierto. No estaba cerrada. Ante ella vi un inconfundible teodolito, y una furgoneta grande y el resto de instrumentos del oficio, y cuatro personas jóvenes bien quemadas ya por el sol. Se me olvidó el moqueo, el agotamiento y la sed. Que carallo, la ocasión la pintan calva: pasó por tu puerta, dos veces no pasa.

Bendita topografía: porque topógrafos eran, cuatro teutones de posgrado en prácticas, que además de saludar me dieron agua nada más verme, dos veces benditos. Y tras los comentarios de rigor pregunté yo si podía entrar a la ermita, y aquellos que sí, claro, podía. Solté bordón, mochila y sombrero y me metí dentro a buen paso, no fuera a cerrárseme la puerta en las narices como pasa a veces en los cuentos.

Habían retirado bancos, o sillas o lo que hubiere, para colocar su material. Así vacía no parecía grande, porque no lo es, pero si mucho más acorde con su época. Miré y miré y miré, y anduve, y veía que se iba retirando el sol y se me ocurrió lo de ahora o nunca. Otra puertecilla abierta. Hala, arriba. Arriba por una escalera muy estrecha y en muy mal estado, para despeñarse entre lo asimétrico de los peldaños (¿cuántos pies atareados en un lugar diminuto hacen falta para tanto desgaste?) y las cagadas de las palomas, que convertían lo ya peligroso en una pista de patinaje. Arriba se remata en una torrecilla poligonal con su ventano para ventilación, imaginas, porque no está en lugar tan elevado como para servir de atalaya. Bueno, no es eso lo que imaginas, sino otras cosas. Mucho más tarde, que ya casi habían  acabado de recoger, les di las gracias y seguí la media legua escasa hasta Puente la Reina. Pasaron muchas más cosas extrañas ese día y esa noche. De veras extrañas.

Pero el colmo de la extrañeza fue encontrarlos de nuevo más adelante, en Torres del Río, y tener la misma oportunidad. Tal vez, con muchísima suerte y quedándome un día más en ambos pueblos, removiendo Roma con Santiago, buscando a la santera o al cura y hasta llorando, o haciéndome el beato, hubiera podido echar un piadoso vistazo de cinco minutos con el de la sotana pegado a los talones, más vigilante que una gárgola, pero no así. A mi aire. Solo.

Claro que podía haber resbalado y haberme roto la crisma, o una pierna, o hasta haberme quedado atorado en alguna estrechura (¿Quiénes andaban por allí? ¿Enanos mineros, gnomos bajitos o contorsionistas profesionales?) Pero lo mismo pude despeñarme en otros muchos sitios, o llevarme un camión en el arcén de la N-VI, o vaya usted a saber. No sucedió nada de eso, de modo que ¿Para qué preocuparse?  Y la moraleja o lección, que ya la sabía yo, se quedó bien ratificada. No dudes. Entra. No lo intentes, hazlo. Pasó por tu puerta: dos veces no pasa.












Imágenes: (Alto del Perdón y Eunate) Wikipedia/Flickr, bajo la misma licencia del blog.

2 comentarios:

  1. Tuviste mucha suerte. Y no dejaste que se te pasara. Me ha interesado mucho.

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  2. Muchas gracias por tu comentario. Sí, tuve mucha suerte: demasiada como para dejarla pasar XD

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