viernes, 13 de septiembre de 2013

Nunca fue verdad (I).



Asedio de la fortaleza de Arsuf, mayo de 1265.



- Está loco.
- Yo no diría eso. Comemos, tenemos agua y esperamos.
- Esperamos ¿Qué? No vendrá nadie. Ya estamos muertos, y el comendador loco de atar.
-  Pues escapa. Huye, si puedes: llega a Acre, denúncialo y pide socorro. Tú sí que estás para ponerte mordaza y cadenas. Nos van a matar. Saberlo debería calmarte.
-  ¿Calmarme? Nadie saldrá vivo de aquí.
- Tampoco te dolerá mucho. Las cimitarras cortan cuellos como si fueran la espuma del mar. La cabeza gacha, un silbido, y ya está.

El sargento se puso en pie desplegando su manto negro y levantando polvo, con las mejillas rojas.

- Nos van a matar.
- ¿Y te alistaste sin saberlo? Señores de la media almendra,  servís a plazo por un voto. Juraste que servirías un año y luego a casa cumplida la hazaña, a casarte y a contarlo en cada reunión hasta que seas viejo. Pues te ha tocado la piedra negra. Y yo soy el oficial de sargentos.  Hazme enfadar.

- Eres un hombre del común.

- Soy quien te da órdenes aquí, y ahora. No eres tan bueno. De hecho, eres un insensato y un mal soldado. Ahora id, señor hermano, a las vísperas. Te relevo de completas: preséntate ante mí, cenado, sobrio y tintada la cara de negro para hacer de vigía. Si no estás aquí antes de que caiga la noche, te moleré a palos. Lo haré, puedes estar seguro. Espabila, y reza. En unas semanas estaremos muertos.

- Muchos ya han muerto. Por eso aseguro que el comendador está loco.
- Y tú serás el siguiente loco o el siguiente muerto, con el miedo nunca se sabe- el sargento lo miró como quien deja resbalar un vistazo sin darle importancia alguna- Escucha cuando nos leen la Biblia mientras comemos: “Hasta el  necio, si calla, pasa por sabio”.

-  Eso son refranes de pueblo.
- Eso es del santo libro de los Proverbios. Los que no sabemos leer tenemos buena memoria. Tras las vísperas, tintado de negro, listo para media noche de vigía. Falla, y verás que cosas son tonterías y cuales se pagan con la vida. Soy un hombre del común. No discuto. Hago.



Sitio de Arsuf, mayo de 1265, campamento de Baibars.

Demasiado tiempo de sitio. Eso lo sabemos, ellos y nosotros. Termina la primavera. Tienen los aljibes llenos, aguantarán. Y para nosotros vendrá el verano. A cambio, son muy pocos. Pensaba   en todo ello cuando me anunciaron a un jinete. Uno solo, con bandera blanca. Un parlamentario.

Eligió el peor momento. O el mejor. Pronto se pondría el sol, de modo que era tan sólo una silueta negra imprecisa sobre el gran caballo de batalla. Avanzó hasta muy cerca, en solitario, alzada su bandera, y desmontó. Sabía que no lo veíamos con detalle. Dejó la impedimenta. Espada, daga, lanza, escudo. Alzó los brazos con el paño blanco entre las manos, y esperó. Si no lo recibía, me deshonraría. Venía desarmado. Envié  jueces de paz a por sus armas, que le serían devueltas, y me tomé mi tiempo. No tan poco como si me sintiera incómodo. No tanto para parecer titubeante o imbécil.

Reconozco que nunca fue descortés. Posiblemente muy apresurado, porque los hijos de occidente son así. Creen que por hablar más rápido tienen más razón. Es instructivo escucharlos en árabe, repleto de relativos. Han de modelar su impaciencia a la lengua en la cual se expresan, y la mezcla resulta interesante. Insisto en que fue cortés, eso es importante. Cuando dos hombres saben que sólo uno y los suyos sobrevivirán, la cortesía alivia la culpa. Y vuelve generoso. Me dijo que dentro de los muros cobijaban a media docena de monjas dedicadas al cuidado de heridos, y que entendía que no serían ofendidas. Eso lo concedí, como buen musulmán. Me dijo que había unos treinta trabajadores contratados, y que si él los dejaba ir libres con su salario pagado sólo eran eso, trabajadores que no merecían muerte ni ser esclavos. Eso también lo concedí. Y le dejé que rezara en una de mis tiendas, sin que nadie lo molestara. Lo invité a cenar con mis privados, a la hora en la que ya no se hacen concesiones. Aceptó. Comió de los platos comunes mostrando que no desconfiaba. Y se disculpó por no tocar las carnes, estaba de ayuno. Nadie podía reprocharlo.

Es mejor no conocer al hombre al que vas a matar. No saber cómo se llama, no haberle visto la cara, no haber cruzado palabras. Que no sea un recuerdo. Que no sea real. La primera parte nos la sabíamos todos. Esperaban grandes refuerzos. Nadie lo creía, pero hay que decirlo. Más tarde aseguró que tenían llenas las cisternas. Eso era real. Muros que aguantarían un asedio. Verdad. Y comida de sobra. También verdad. Yo tenía que decir algo, algo temible.

- Nunca levantaré el sitio. Nunca. Nadie vendrá. Podéis rendiros y pedirme el amán. Juro que nadie será muerto, y que os dejaré ir a pie, con agua y comida, hasta donde queráis.
- Os lo agradezco y reconozco vuestra generosidad, señor Baibars. He pedido el amán para las hermanas, y os he dado palabra de liberar a los trabajadores con su paga y sus familias, confiándolos a vuestra misericordia. Los que trabajan no combaten.

- Ese amán lo tenéis.
- He calculado que no nos rendiréis por hambre ni por sed. Será por mayoría. Sois muchos, aunque no llueva y os sea duro. Podéis minar. Sin duda ya estáis minando. Un trabajo agotador.  Peligroso. Y largo.
- Nadie vendrá.
- Nadie vendrá. Pero estarás mucho tiempo aquí, y tus hombres sufrirán. Tendrán sed en verano, tendrán hambre. Mientras resistamos se sabrá que tú estás detenido, mi señor Baibars, y otros pueden moverse. No podrás hacer nada mientras mantienes un sitio.

Eso podía ser una bravata. Pero podía no serlo. Una vez más debía decir algo apremiante, algo terrible.
- No pueden hacer muchas cosas, comendador. Lo sabes.
- No puedes sostener un sitio y a la vez estar en otro lado. Lo sabes.
- Puedo.
- Con tiempo, tal vez. Te ofrezco una tregua de tres semanas.

Tuve que hacer como que bebía despacio mi vaso de té para disimular. Su acento era el mismo, pero el árabe que hablaba no dejaba lugar a dudas. Había dicho eso. Cortésmente. Tranquilo. Mis privados y consejeros tenían la boca abierta, y no disimulaban. Le sonreí, condescendiente.

-¿Qué necesitas hacer para ganar tiempo?
- Nada. Eres hombre de mundo, sin duda sabes que mi Orden es reputada por sus médicos. Y que hemos aprendido mucho de vosotros y de los sabios judíos, eso no es nada nuevo. Ya no lloverá hasta que pase el estío. Vosotros estáis saludables, pero he visto a los hombres mientras me conducían a tu presencia. No comen fruta fresca. Y había demasiados camino de…las letrinas, disculpadme si la palabra os parece grosera, no conozco otra más educada en vuestra lengua.

Eso también era verdad. ¿Nos ofrecía una tregua? Supuse que para que mis tropas se dispersaran vivaqueando. Pero tampoco tenía mucho sentido. Ellos no podían salir. Tal vez fuera posible que esperaran refuerzos, ganando tiempo. Pero si llegaba el verano y la fiebre menguaba mis hombres, ni mantendría el asedio implacable ni podría socorrer a otros que fueran atacados. El monje seguía siendo educado, cortés, tranquilo. Eso le dejaba como un huésped cabal, valeroso y respetable. Me puse en pie, y todos hicieron lo mismo.

- Valoro tu consejo, porque los médicos juran ante Dios no mentir. Te concedo una tregua de tres semanas. Y no te doy de mis manos la última taza de té porque te mataré con ellas, y si bebieras lo que te ofrezco te salvaría la vida. Espero que no me guardes rencor por ello.

-Ninguno, mi señor Baibars. Son cosas de la vida. Todos moriremos un día.

Así se despidió, y dejó muy buena impresión entre mis consejeros y entre la tropa en general. Yo tuve una mala noche. Eso pasa por verle la cara al hombre al que matarás.



Asedio de la fortaleza de Arsuf, finales de mayo de 1265.


Dos semanas sin las mujeres, monjas o siervas. Dos semanas de rancho abundante y variado. Insípido. Con vino demasiado aguado. Con ropas sin lavar y sin remendar. Un silencio como una losa en lugar de los cantos de faena. Los echaba de menos. Y cuando se rompía el silencio, siete caballeros entonando salmos durante las largas oraciones. Los demás no sabían la letra. Ni él, porque no eran canciones de amor ni rimas de trovadores y porque odiaba el latín tanto como la mugre, el silencio, las órdenes educadas y sus manos encallecidas a medias y todavía a medias despellejadas. Dos semanas sin los duros trabajadores que barrían, cortaban leña para los hornos, sacaban agua, reponían el aceite de los candiles, sacrificaban a los animales que comerían, recogían huevos, amasaban enormes hogazas y aguaban poco el vino. Los que tundían el relleno de los lechos y cambiaban la paja y las hierbas olorosas esparcidas sobre el suelo de piedra cada día. Herradores, mozos de cuadra, guarnicioneros, limpiadores de letrinas, hortelanos. Incluso echaba de menos el alboroto de los niños demasiado pequeños para cualquier trabajo. La fortaleza inexpugnable parecía un cementerio.

Sacudió la cabeza. Lo había comentado muchas veces con los demás sargentos. Los trabajadores y sus familias salieron una mañana antes del alba. Aterrorizados a medias. A medias respirando de alivio. A cada hombre y mujer se les dio un saco grande de harina blanca y otro mediano de cebada. Cada quien recibió su salario. El comendador y los seis caballeros los escoltaron a ellos y a las monjas veladas hasta que una patrulla mameluca se hizo cargo del grupo. Se saludaron, y volvieron.

El sargento más joven, mozo entendido en hierbas que a veces ayudaba en la enfermería, les dijo que a cada uno incluidas las hermanas se les había hecho una cruz en el hombro con la punta de una daga. Les restañaron la poca sangre que manó, les pusieron la pasta de hierbas que todos conocían. Nada más. No hubo manera de sacarle palabra. Ni con vino del mejor, sin aguar. No sobre aquel asunto. Tampoco sobre otra noticia que ignoraban y que les pareció todavía más inquietante. El ayudante había llevado durante algunas noches linternas con sus velas al comendador y los dos caballeros más jóvenes. Los tres iban vestidos con ropa vieja y sucios delantales de cuero, palas en las manos, cuerdas al hombro, garfios y otras herramientas. Le ordenaron volver al dormitorio común  cerrándole la puerta en las narices.  Recordaron que aquella semana, la primera después de quedarse solos, el sargento mayor durmió con un ojo abierto y la gran vela del dormitorio muy bien despabilada para que alumbrara hasta los rincones. Uno pidió permiso para salir a aliviarse a la letrina. Tuvo que usar una bacinilla y volver a acostarse de inmediato. Nadie salió durante aquellos días.

Todo era demasiado extraño. Y ahora también él llevaba herramientas. Cruzó el patio de armas en dirección a poniente, cumpliendo órdenes. La torre del calabozo. Vacía. Con una guarnición de veintiséis hombres nadie iba a ser castigado. Agradeció el frescor que brotaba de los gruesos muros, la sombra de la bóveda sobre su cabeza, muy arriba. Usó la llave para soltar los cerrojos de una  cadena y abrir luego una puerta maciza, estrecha y casi empotrada en el muro mismo.

A la luz de la linterna descendió primero una escalera bien escuadrada, y luego un túnel cavado en la misma roca gris que formaba las murallas de la fortaleza. Miró las muescas regulares de la vela. Ni una corriente de aire. Así calculó que había caminado al menos un cuarto de legua, primero hacia el oeste y luego al norte. El túnel cambiaba. Descendía y era distinto, más tosco. Más antiguo. Dejó la linterna en el suelo, tomó la azada y cavó. Quería ver debajo del espeso polvo y la tierra blanquecina sobre la que no había otras huellas salvo las suyas propias. Eso era todo. Tierra apisonada. Sin lajas de piedra, sólo tierra. El túnel estaba allí mucho antes de que se levantara la fortaleza. La pendiente se hacía más pronunciada, y la roca parecía suave y desgastada hasta media altura. Es una cloaca, pensó. Levantó los brazos agarrando bien la azada. Las cloacas van a desaguar a la playa. Al mar. Dio un golpe seco, y oyó un eco y un ruido familiar, el del barro cocido al quebrarse. Había roto un ánfora, y otra yacía a su lado. Metió la mano en la intacta. Arena. Pero la rota en pedazos contenía otra cosa. Vio el brillo de las monedas. Oro. Mucho. Bastante. Volvió a cubrirla con aquella vieja arena blanquecina. Había consumido media vela. Giró sobre sus pasos y se alejó de regreso al calabozo.


El sargento mayor y el resto de los hermanos parecían esperarlo en el patio. Parpadeó, cegado por la luz de mediodía, y negó con la cabeza.

-  Ningún sonido abajo –dijo-
- Están cavando una sola mina –el comendador sonrió, satisfecho- hacia la entrada misma, por debajo de las dos torres de acceso. Cavan con cuidado, apuntalando, vigilantes, asustados. Rezando por no hacer ruido.
- En turnos de día y de noche –aseguró el sargento mayor- De noche van más despacio. Demasiado polvo, velas mortecinas, silencio. Sacan fuera los sacos de tierra y las rocas y lo esparcen todo a oscuras. Además de oírlos desde los aljibes, se ve el color distinto de los escombros ahora que no queda hierba que los oculte. Una tierra muy blanca.
- No son sólo rocas –el caballero de más edad parecía haber estado reflexionando- hay otras cosas: mármol y sillares, piedras labradas gastadas y rotas. Antes hubo aquí otra ciudad. Antes del castillo de los abasíes.
- Les costará más cavar. Tendrán temor de que algo tan antiguo se les desplome sobre las cabezas si no entiban bien –el comendador sonrió de nuevo- Hace falta madera sólida para los puntales, y hay que traerla de lejos. Pero sobre todo deben tener mucha sed en las minas en las que tantos se afanan. Hermanos, nos queda una semana de tregua y  mucho trabajo.

El sargento que había bajado a la mazmorra lo miró, desolado.

- ¿Para qué?
- Para darles de beber.




Imagen: Ruinas de Apolonia-Arsuf, Wikipedia,

8 comentarios:

  1. Tampoco me había yo parado a leer esto.

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  2. Acabaron mal, seguro..¿Es algo real?

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  3. El asedio, el lugar (las excavaciones del castillo se ven en la fotografía) y el sultán Baibars son historia. Todos los hechos sucedieron, aunque no sabemos cómo. Yo opté por ua opción 'real' en tanto que posible. Y, desde luego, acabaron muy mal.

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  4. Claro que es verdad, la mayoría. Por eso es tan amargo.

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  5. Tenía que ser amargo. Disfrazado de muchas cosas, pero amargo.

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