lunes, 16 de septiembre de 2013

La Cruz Blanca.




Ahora en aquel lugar tan solo hay una cruz blanca que atestigua lo ocurrido hace casi quinientos años: un hotel, una cervecería, y al otro lado de la carretera un bulevar donde descansan tomando el sol figuras de metal, las personas más ilustres de la ciudad nazarí.

Una cadena delimita la historia y la realidad, como queriendo separar el presente del pasado y la rutina de lo que ocurrió  sólo una vez en la vida de unos pocos. La cultura popular, más que los libros lo guardan para si en coplas y cuentos.





Las historias se cuentan de mil y una maneras al igual que las leyendas y ésta como otras tiene su verdad y su fantasía. Yo, que he visto el lugar y conozco la historia, puedo tratar de unir ambas y crear algo que os pueda contar.
Era doña Isabel de Portugal emperatriz consorte del Imperio Sacro romano germánico ya que doña Juana, su suegra, era Reina propietaria de Castilla, Aragón y Navarra.

Mujer hermosa donde las hubiera, culta, discreta, amada por su marido, por sus damas y caballeros. Se contaba entre estos a don Francisco de Borja de quien decían las lenguas viperinas en la corte que amaba a su señora, aun estando casado con la mejor amiga y dama de doña Isabel.

Las ausencias de don Carlos I eran largas y doña Isabel las sufría en silencio gobernando y sufriendo por su delicada salud. Era la soledad su compañera y los cuidados de quienes la querían su cayado y sustento.

La bella Toledo en Mayo de  1539 albergaba la primavera y a la corte y la reina esperando en reposo la llegada de un nuevo hijo. Murió doña Isabel de sobreparto estando tan solo en su cuarto mes de embarazo, se fueron madre e hijo.

Don Carlos, no pudiendo soportar tanto dolor se retiró al monasterio de Santa Maria de la Sisia. Puso al frente de la comitiva fúnebre a su primogénito don Felipe y a don Francisco de Borja.

Fue el viaje de Toledo a Granada largo y triste, recorriendo los caminos que 33 años antes ya había recorrido una reina desdichada acompañando el cuerpo de vida de su marido al que se negaba a abandonar.

El séquito dirigido por Don Francisco de Borja viajó durante días, sin apenas descanso con el deseo de llegar cuanto antes a Granada. Nadie quería abandonar a su señora, pero la naturaleza seguía su curso y haciendo su trabajo.

Llegaron damas, caballeros y frailes a donde ahora se yergue la cruz. Como era de ley, antes de entregar el ataúd a los monjes que custodiarían a la reina hasta su última morada en la Capilla Real, hubo de dar testimonio de que aquella que allí se encontraba era doña Isabel de Portugal.

He traído el cuerpo de nuestra Señora en rigurosa custodia desde Toledo a Granada, pero jurar que es ella misma, cuya belleza tanto me admiraba, no me atrevo. [...] Sí, lo juro (reconocerla), pero juro también no más servir a señor que se me pueda morir”

Quedaron  para la posteridad tales palabras que unos escribieron y otros cantaron. Se llevaron los restos mortales de tan bella reina y quedaron pesarosos y tristes.

Ahora en aquel lugar queda una cruz como recuerdo de lo que allí aconteció, varias veces  reconstruida por los vecinos del barrio en el que se convirtió aquel lugar andando el tiempo. Para que no se olvidara esta historia, y permanezca en nuestra memoria. 

Fuente Imagen: Wikipedia articulo Isabel de Portugal, user Escarlati. 
                           Imagen de la cruz, propia bajo la misma licencia que el Blog.

10 comentarios:

  1. La levedad de la vida y el olvido de la muerte acometen a todos los seres humanos por igual, incluida la bella emperatriz.
    Un saludo

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  2. Sin duda, curiosamente en baladas y poemas y en romances y leyendas el amor y la muerte son los principales temas, por lo que creo que el olvido que la muerte otorga, en ocasiones es sustituido por el recuerdo de los que cantan y leen y cuentan.

    buena semana.

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  3. De eso no sabia nada de nada. Como de tantas cosas.

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  4. Dicen que no nos acostamos sin saber algo mas, Eso es lo que nos gusta hacer aquí que ademas de disfrutar con la magia de los relatos que todo aprendamos algo nuevo, un saludo

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  5. ¿Tenías que 'dar fe' abriendo el ataúd?

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  6. Si tenias que dar fe de que los restos mortales eran los que traías desde Toledo eran los mismo que entregabas. Se que suena como si fuera lo mismo que si entregaras un paquete. Pero algo parecido se hacia en los partos, sin ir mas lejos en la corte castellana había como testigos, gente del pueblo, corregidores, gente de corte, para dar fe al pie del lecho de la parturienta que nadie daba el cambiazo de la criatura que nacía. A las madronas que atendían normalmente el parto, se las hacia desvestirse y un cacheo para que no entraran nada en la regia habitación y cuando salían se hacia lo mismo para que no se llevaran nada. A la pobre reina le veian las partes pudendas muchas personas....

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  7. un poco de historia de la que nos cruzamos a diario. gracias Merit.

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  8. Muy descarnado, directo, sin concesiones. Me gusta.

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    1. me alegra que así sea, buen fin de semana, a disfrutar.

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