domingo, 8 de septiembre de 2013

Dommoc la sumergida.



Dommoc era una ciudad anglosajona. Famosa en el siglo VII por albergar la primera sede episcopal de Anglia Oriental, se convirtió en un puerto de notable importancia dedicado al comercio, la pesca y la venta de productos locales. No sólo comerciaba. Construía barcos codiciados por su calidad, y llegó a tener casi la misma población que Londres en aquel entonces. Su nombre se convirtió primero en  Donewic, y luego en el que aún conserva: Dunwich. Según el censo británico de 2001, cuenta con 84 habitantes. Pero su historia fue muy otra antes de que el mar se la tragara.

Existen razones para pensar que Dunwich fue en origen un fuerte costero romano, una atalaya con su guarnición, ocupado permanentemente. Azulejos y teselas romanas se han hallado como material de acarreo, reutilizados, en dos iglesias medievales de la población. No cabe duda de que fue también un centro religioso relevante para los anglosajones, incluso durante la época de las invasiones vikingas. Pero su despegue económico se produjo a partir del siglo X, directamente relacionado con la construcción naval, el comercio del Mar del Norte y la pesca del arenque junto con sus industrias derivadas del ahumado y la conservación. Antes de la conquista normanda ya aparece  como una de las cuatro villas de la isla que posee mercado propio por concesión real. Y en el Domesday Book (1086) se considera, a efectos fiscales, una de las diez mayores ciudades del reino. Prueba del vigor y el crecimiento de Dunwich es el gran número de parroquias, iglesias y monasterios que llegó a albergar dentro de sus muros.

Al comienzos del siglo XIII era tan grande como Londres en extensión y habitantes. Contaba con dieciséis edificios eclesiásticos, un Priorato dominico y una Preceptoría de la orden del Temple, de los cuales aún subsisten las ruinas de dos: El monasterio de los franciscanos, y restos de la capilla de Santiago, que formaba parte de un hospital para leprosos.

El mar no se tragó Dunwich en una noche, aunque hubo una fecha decisiva en la que podría casi decirse que fue así. Desde mucho antes la erosión costera había venido arrebatando tierras. En el catastro fiscal del Domesday Book se indica el descenso de parcelas cultivables sujetas a impuesto. La erosión hizo desaparecer un número significativo de tierras de cultivo entre 1066 y 1086. Para intentar detener el mar se construyeron diques de arena compactada y más tarde de piedra. Se abandonó la primera línea costera, cuyos lotes se convertían en demasiado salinos para el cultivo. Reforzaron la parte norte de la ciudad, la que contenía el puerto, las atarazanas, los almacenes y, en la colina más alta, los secaderos de arenque y las carpinterías en las que se fabricaban los toneles para el pescado seco y las cajas destinadas al ahumado. A comienzos del siglo XIII fue necesario apuntalar el convento de los franciscanos, demasiado cercano a la ladera que retrocedía a ojos vista. De esa época conservamos registros fiscales que hablan de la pérdida significativa de tierra de labor, del nuevo abandono de otros lotes a causa de la creciente salinización, e incluso de pequeñas granjas y cobertizos que el mar se había llevado en alguna tormenta. Sabemos así que Dunwich seguía siendo muy próspera: lo bastante como para afrontar gastos elevados de reparaciones y tareas de consolidación frecuentes.

Dos tormentas ciclónicas se reunieron en septiembre de 1286 en el mar del Norte. Los vientos huracanados, la lluvia torrencial y un oleaje de gran altura arrasaron el puerto y lo cegaron en parte. El río Dunwich se salió de su cauce y se colmató. Nunca se supo con toda certeza el número de muertos y desaparecidos. A efectos fiscales, pasado un año, sabemos que entre 600 y 800 viviendas fueron destruidas, arrasadas hasta los cimientos o tragadas por el mar. Incluso las sólidas iglesias y monasterios sufrieron muy graves desperfectos, algunos estructurales. Las pérdidas incluían la flota pesquera amarrada, los talleres, almacenes y carpinterías, así como el ganado y la cosecha del año, ya recogida y guardada en los graneros. Sin embargo, Dunwich se repuso y volvió a gastar en obras que comenzaron por dragar el puerto y el río. Tanta tenacidad, lamentablemente, no tenía nada que ver con el cambio climático al que llamamos “pequeño invierno medieval”, que se iniciaba entonces.

Las tormentas ciclónicas se repitieron con idéntica violencia en 1328 y 1347. El puerto quedó inservible. Coincidieron con una época de crisis general en todo el país. Las lluvias llevaron a una gran hambruna entre 1315 y 1317, de la cual la población no pudo empezar a recuperarse hasta 1324. Dunwich había perdido gran parte de su población cuando llegó la siguiente tormenta. Y tras la tercera, la de 1347, la Peste Negra alcanzó Inglaterra. Ya en el siglo XVI, la reforma de Enrique VIII acabó con los monasterios que aún subsistían.

En 2008, bajo el patrocinio de la Universidad de Southampton, el profesor David Sear comenzó una serie de trabajos de arqueología subacuática captando imágenes con sonar. La mayor dificultad de una exploración directa estriba en la falta de visibilidad en las aguas poco profundas junto a Dunwich (entre 3 y 10 metros) a causa de la gran cantidad de lodos y barro en suspensión que contienen. Dunwich es la mayor ciudad medieval sumergida del mundo, y la presentación del trabajo ha mostrado los límites precisos de la villa, el trazado de sus calles, el puerto,  el núcleo urbano fortificado, ocho iglesias y ruinas de edificios. Asimismo, la precisión de los planos obtenidos servirá de gran ayuda para continuar inmersiones de submarinistas orientándose gracias a las cuadrículas delimitadas. No se esperan tesoros, pero sí un profundo conocimiento de una ciudad perdida e intocada y de su vida cotidiana.





Bibliografía.






Imágenes: Wikipedia, Creative Commons.

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