viernes, 16 de agosto de 2013

Libros prohibidos.





     Había algunos armarios con libros en la casa de mi abuela. Cuatro o cinco. Armarios sencillos con cristales muy brillantes, correderos, tras los que se agazapaban lomos agrupados por colores. Podía descorrer los vidrios, después de lavarme las manos y pasar la inspección, porque las manos de un niño suelen dejar tantas manchas y huellas como para volver loco a Sherlock Holmes. Podía cogerlos. Leerlos.


     Sin cristales protectores, largas filas sobre largas baldas, los había en casa de mi padre. Con otro orden. Con otros colores. En callada posición de firmes, bien apretados uno junto a otro, sin dejar hueco a decoraciones ni objetos que no fueran ellos mismos.  Podía leer gran parte. Otros, no. Pero ni al Diablo le sirvieron nunca una mesa tan repleta de tentaciones, de modo que me fui volviendo sigiloso como un ratón, de oído afilado, y capaz de calcular sin reloj el tiempo de siesta de mi padre. O el tiempo de los libros prohibidos.

     Luego hubo una Biblioteca, la primera, en un pueblo. Comparada con las otras, inmensa. Para quedarte mudo. Claro que allí había personas tras un mostrador como el muro de una fortaleza de alto. O más. Y a cambio de un salvoconducto llamado cartilla de lector, de cartón azul destellante, te confinaban en la sala infantil. Eso me sentó fatal.  Se me olvidaba que era un niño, y punto. A cambio, y me consuelo ahora, no entonces, leí Astérix y Obélix, Tintín, Corto Maltés. Esos me gustaron. Y me sugirieron leer libros con ilustraciones y texto. Por ahí jamás tragué. Los niños se callan, porque aprenden pronto que protestar es inútil. Pero no cambian fácilmente de opinión. Cogía el libro, daba las gracias, y tapaba la hoja de ilustraciones con la libreta de la escuela. Sólo leía la de texto. Así cada cual creía haberse salido con la suya.

     Desde ahí, todo fue remontar. Un internado con mucha solera, orgulloso de su biblioteca. La penumbra de muros tan gruesos que el silencio estaba garantizado. Techos altos, solemnes. Lámparas de lectura. Y desde las dobles puertas hasta donde alcanzaba la vista, severos armarios de madera oscura que olían a pulido y a venerable, y filas y filas de baldas repletas. Ahora había un fichero con fichas a mano, algunas escritas a plumilla. Otro misterio nuevo, el mapa de dónde está cada libro, y por qué. El acceso era también por edades. Me las arreglé para acabar siendo lo que hoy podría llamarse  “becario voluntario que no cobra  por echar una mano algunas tardes”. Echar una mano incluía manejar las fichas de préstamo. Y saber hacerlo bien, para sacar lo que deseara sin que nadie cayera en que no podía sacarlo, por edad. No me quejo. Aprendí que hasta la línea de defensa más estructurada tiene huecos por los que colarse.

     Lo que podría seguir ya es mucho más rápido. Hubo bibliotecas universitarias, algunas hermosas y vetustas, batiéndose en retirada. A todas llegaron unas máquinas bastante primitivas, que (demasiado curioseadas y tocadas) ofrecían una búsqueda y acababan enviándote de vuelta a los ficheros manuales, tras dar a los demonios el MS-II. Luego todo el mundo se puso las pilas. Las búsquedas funcionaban, el sistema cambió, los archivos manuales desaparecieron. En las puertas brotaron arcos de plástico que pitaban si algún vivo se quería llevar un libro. Al inicio de esa fase, por cierto, también te freían la tarjeta del bus y todo dispositivo magnético que llevaras. Luego pusieron taquillas para mochilas, digo yo que para qué, si ya pitaba el arco y te radiografiaba.

     Lo que se vendió como ampliación del acceso a fondos tuvo justo el efecto contrario. Fue mejor eliminar a los sufridos funcionarios que acompañaban al osado abajo, a las criptas, si quería consultar físicamente una obra no anterior a 1800 (máscara y guantes los ponías tú), o anterior a esa fecha (lo mismo, pero el guardián se quedaba a pie quieto detrás de ti,  tras la mesa, sin apartar los ojos de tu cogote).  Hubiera estado bien hasta el estilo usalandio, microfilmas fondos. Pero no fue así.

     Entre medias siempre viven las anécdotas. Vas a ver una biblioteca catedralicia de lo que fue gran ciudad y ahora quedó en pueblo de medio pelo, y en vez de la tecnología das con la pareja de sacristán y sacristana, alias santeros de toda la vida, a los que les gusta hablar y aún se creen un carnet de investigación emitido por una facultad. Afortunadamente, no miran cuando caducó. Sacan las llaves, abren las puertas, y se te cae el alma a los pies. Mientras te cuentan de todo, vivediós que has visto un ratón gris (los ratones nunca van solos) huyendo airosamente entre lomos roídos. Huele a humedad, aunque lo han llenado todo con papel de periódico como absorbente y hay una estufa de butano encendida. Si nos calláramos, oiríamos a las carcomas banqueteando en las vigas, y a los del nido de ratones jugando al mus, y el crujido de los marcos de las ventanas y casi el burbujeo del pergamino convirtiéndose en piel podrida. Lo cuento porque lo he visto.

Posiblemente no somos, ni de lejos, la suma de lo que hemos leído. Pero si no hubiéramos leído, tampoco seríamos quienes somos.


Imagen: Wikipedia, licencia Creative Commons.





11 comentarios:

  1. Yo he conocido bibliotecas algunas de pueblos, otras de ciudades y se que en algún rincón de mi mente tengo una bibliotecaria. Creo que era uno de mis sueños de niñez ahora tenemos la nuestra propia pero como sabes en cuanto hay una biblioteca cerca se nos encienden los ojillos. Gracias por compartir un abrazote.

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  2. No hay de qué. Las bibliotecas, en especial las infantiles, no sólo eran lugares silenciosos, adultos y 'seguros'. Eran un elemento diferenciador y -supongo- es eso lo que marca. Para siempre. Gracias a tí por el comentario.

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  3. "Posiblemente no somos, ni de lejos, la suma de lo que hemos leído. Pero si no hubiéramos leído, tampoco seríamos quienes somos."

    Muy acertada la frase, Thorongil Gilraenion.

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    1. Eso mismo pesé yo antes de escribirla, Juan Marcos. Gracias por leernos, y por tu comentario.

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  4. No lo había leído. Es muy evocador y muy agudo.

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    1. Es un recuerdo sobre la vida de un 'devorador de libros'. Tiene su toque de todo aquello que rige ya pretérito perfecto, aunque no sea (espero) sombrío.

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