viernes, 16 de agosto de 2013

La Bruja de Endor (I).




Cuantas veces, aún en invierno, he recordado el sol clavado en el cielo igual que en los días de Josué hijo de Nun. Detenido, sin prisa, dando luz a mis batallas. Pero hoy las sombras se alargan, negras alas de cuervos. La luz huye, el día se acabará temprano. Y, haga lo que haga, la tiniebla que crece me roza los pies.

Me han traído al miserable aguador. Un hombre de las tribus. Postrado en tierra ha contestado a mis preguntas. Es mejor que disimule, que sea irreconocible. No, no debo llevar un animal para hacer un sacrificio, no me pedirá sangre. Tampoco he de llevar oro ni plata, ni metal alguno. Ni hablar hasta que se me dirija la palabra, ni mencionar el nombre del Señor. Al menos ahora sé cómo se llama la bruja. El aguador me ha mirado como se mira a un necio, parpadeando. Heba. No sé por qué se lo he preguntado. Yo soy Saúl, el rey, y ella sólo una mujer. No le daré nombre.

Mi señor Saúl me ordenó que fuera a una aldea cercana llamada Endor, en busca de una mujer de las tribus que era conocida como vidente. No pude verla. Me habló a través de una colgadura y me dio repuestas a cuanto le pregunté. Era una casa de  piedra, que parecía lo bastante grande y cuidada como para ser respetable. Pero no se verían en ella, me dijo. Lo que mi señor Saúl pedía sólo podía hacerse en el monte que llaman Atabyrio. Me dijo que más detalles nos daría un cierto aguador al servicio de mi señor, y que él lo guiaría, y que –si valoraba en algo su vida- siguiera sus consejos sin olvidar ninguno. Y volví con el recado ante Saúl, mientras el viento frío del invierno me seguía los pasos y se me metía a morderme el alma.

No había luna. Envuelto en burdas ropas de lana sin teñir, oscurecido el rostro con hollín, nadie me reconocería. El ruin aguador trepaba como las cabras la ladera del monte, un sendero que sólo él veía. Curvas apretadas de uno a otro lado, subiendo, jadeando, tanteando con los pies. Me dolía el pecho al llegar arriba. Un círculo de piedras viejas como los dientes de una anciana, a medias caídos. Viejas piedras romas. Olían a musgo, a frío y a invierno. Más atrás una piedra mayor, la vi como se ve bajo la luz helada de las estrellas invernales. Y una sombra.

La bruja de Endor sabía de sobra quien soy. Esperaba oír de su boca un tono de burla, o de victoria. No fue así. Me dijo que era yo quien iba a traicionar a mi Dios, no ella, y que aún podía bajar de nuevo al llano, regresar a mi campamento y prepararme a mi manera para la batalla de mañana. Si daba un paso más, no habría retorno. Ya no había retorno. Di un paso más.

Me llevó entonces a un lado del círculo de piedras, donde medio se tenían en pie partes de un lienzo de muralla. La toqué para guiarme entre las sombras. Estaba fría, era húmeda. Repulsiva. Guiándome de ese modo, como un ciego, sentí que el suelo se endurecía.

La bruja de Endor encendió un palo resinoso y me mostró el inicio de una escalera. Bajábamos hasta el vientre de la redonda montaña, yo apoyado en la pared. Abajo, tan abajo como en el infierno, hacía más frío. Y había otras estacas de resina clavadas en el suelo. La bruja se alejó unos pasos como quien ve en las tinieblas, y volvió hasta llegar a mi lado.

Ahora podía fijarme bien. Una figura alta, delgada, sólida. Envuelta en negras ropas, con la cara y las manos pintadas de blanco. Como una leprosa. Como una calavera. Me indicó con el pie un punto en el suelo de tierra roja bien apisonada. Un hueco estrecho y hondo. Sacó de algún lugar una gran copa repleta, y vertió unas gotas en el agujero. El resto me lo ofreció.


Bebe despacio, Saúl –me dijo- y enciende las luces una a una mientras bebes. Cuando lo hayas visto todo y hayas obedecido el pacto, volveré. Y lo que has pedido se te concederá.





Imagen: Ruinas en la cima del Monte Tabor. Wikipedia, bajo licencia Creative Commons.

8 comentarios:

  1. Me ha impactado mucho. Enhorabuena, es un relato inquietante.

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  2. Gracias, Andrés. De veras.. A prori no era un tema interesante, porque ni por cultura se lee la Biblia XDD

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  3. Resulta inquietante de principio a fin. Cuenta lo que se cuenta más escuetamente en la Biblia, pero de un modo que hace que parezca natural verlo dentro de un mundo mucho más antiguo, mágico pero con una magia despiadada.

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  4. Saúl, incluso en la Biblia, es un personaje ambiguo, atormentado e inseguro. Por decirlo educadamente. Está dispuesto a trasgredir sus propias leyes, tal vez porque las ha otorgado de mala gana, y a pactar con quien sea para salvar su obra.

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  5. Te has basado como poco en Robert Graves, pero hay más en tu relato. Inquieta.

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  6. En todos los relatos está la vida de quien los narra. Dosificada, según el momento, el entorno, el contexto y los lectores posibles.

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  7. Me gusta y no se por que. En realidad no se (o si lo se, es raro) de qué hablan.

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    1. Me gustaría leer tu punto de vista. Y gracias por haberlo leído, y comentado.

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